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Nomenclaturismo Unplugged
No es síntoma de mórbida curiosidad preguntarse
con qué derecho fue inmortalizado el personaje
que denomina la calle donde uno vive.
by Marc Viaplana
Hasta un niño sabe que una de las primeras
ímprobas labores que debe acometer un régimen
impuesto por la fuerza es la de actualizar
el censo, derribar estatuas improcedentes
y rebautizar calles y plazas en todo el
territorio nacional. Y seguir actualizando el
censo –Stalin mandó ejecutar a una legión
de funcionarios rusos que no desempadronaban
tan rápido como él fusilaba.
Cuando el nuevo nomenclátor no se redacta
con pluma sino con bayoneta, no
hace falta preocuparse tanto por la ortografía
o el qué dirán, y así fue cómo Franco nos
regaló un callejero acribillado de nombres
adictos al régimen –a un régimen que ciertamente
enflaquecía más que adelgazaba, y
que estaba reglado con cartilla de racionamiento–,
cuyas páginas fueron aumentando
a lo largo de cuarenta años de miseria
general, generalísima e intelectual. Por cierto,
ésta última, una palabra entonces tan
sospechosa como una barba.
El problema vino después, cuando la siguiente
horda de demócratas recalcitrantes
se las vio y se las deseó para reparar, con
gusto y sin molestar a los votantes, la guía
urbana de cada ciudad. Por supuesto, hubo
más tiempo para ello, ya que primero había
que convalidar cargos políticos, derribar leyes
fundamentales y pedirles a los grises
que hicieran el favor de no traer más a Santiago
Carrillo a comisaría y que dejaran de
llamarlo “rojomasonhijoputa”, singular modismo
franquista que combinaba tres adjetivos
en una sola palabra, que más que pronunciarse
se exclamaba y se acentuaba con
bigote.
En Barcelona, el primer paso fue tan fácil
como encargar mármoles nuevos para las
arterias principales –la Diagonal, la Gran
Vía– que de todas formas nadie nunca llamó
del Generalísimo Franco o de José Antonio
Primo de Rivera, términos ambos no
sólo fachas sino también largos y latosos.
Con ellos fueron derribados otros apellidos
de militares cargantes, como Mola y Sanjurjo,
cuyos nombres habían sido aupados,
con arreglo al criterio único de “¡Arriba España!
¡Abajo Moscú!”, en las esquinas de
cada ciudad por haber sucumbido ambos
en los primeros meses del alzamiento nacional
en un revés aéreo: aquellas máquinas
sí que mataban fascistas, Woody [Guthrie].
Poco a poco se fueron poniendo las cosas
en su sitio, y Barcelona se fue haciendo
moderna, olímpica, turística, hotelera, antitaurina
y, sobre todo, “cívica”. Extraño vocablo
que tanto significa celo por las instituciones
e intereses de la patria, como
cortesanía, comedimiento, atención y buen
modo del ciudadano, y que este nuestro
ayuntamiento emplea desaforadamente
tanto para medir el comportamiento “incívico”
de ciertos okupas que se niegan a desalojar
un edificio que ni siquiera figuraba
en el catastro, como para explicar una anomalía,
con efecto de demora, en el tejido ferroviario:
“Debido a un acto incívico…”,
empezaba en catalán, of course, una grabación
prefabricada que oí recientemente en
la línea 5 y que debía aludir a la obra de un
desanimado que se había tirado a la vía.
En Barcelona ya nada es bárbaro ni atroz
ni gamberro ni salvaje ni sanguinario, exceptuando,
quizá, cataclismos naturales o
casos de terrorismo o fútbol: un resultado
abultado o una cuchillada en el gol sur, por
ejemplo. Una de las consecuencias de este
empeño municipal en que haya “buen rollito
y buen ambiente” es que treinta y tres
años y media docena de alcaldes después
de la barbarie, las atrocidades y el salvajismo,
nuestros regidores y corregidores siguen
rebautizando rondas, callejones y pasadizos.
¿Y cuál es exactamente el criterio? Leo en
la web de l’Ajuntament que las propuestas
de denominación las puede hacer “qualsevol
persona, entitat pública o privada, associació...
i també, és clar, el propi Ajuntament.”
Y que la última palabra la tiene,
faltaría más, el alcalde. Y que para ingresar
en el callejero es preceptivo ser el titular de
un certificado de defunción con un mínimo
de cinco años de antigüedad. Un click más
allá encuentro quien compone el elenco
consistorial que decide qué placa sube y
qué placa baja: un diestro en cartografía,
varios avezados en arquitectura, un ducho
en urbanismo, un par de curtidos en informática,
un entendido en onomástica, otro
que es competente en deportes, una que
sabe de normalización lingüística y otra
que “promou la presència de la dona en els
noms dels carrers de Barcelona”.
Pero, ¿y la Historia? ¿Cómo puede no haber
ni un historiador en la camarilla que
orienta al alcalde sobre quién merece o deja
de merecer una rambla o un bulevar? Tanto
si no encontraron a ninguno como si se les
olvidó o no lo consideraron necesario, esta
aparente anomalía explicaría, pero no justificaría,
una anomalía aún mayor que sólo
habrán detectado los más suspicaces entre
los muy susceptibles.
No es síntoma de mórbida curiosidad
preguntarse con qué derecho fue inmortalizado
el personaje que denomina la calle
donde uno vive: las escasas placas con apellido
subtitulado rara vez incluyen más que
dos fechas y un oficio y que era catalán,
pero si uno acude a la web consistorial, se
llevará una sorpresa, si no una decepción, si
no un cabreo.
Porque por ignorancia o mala fe, y en un
caso así la estulticia es tan indisculpable
como la bellaquería, la breve biografía que
acompaña cada nombre sospechoso sugiere
la pluma de un oscurantista supino,
puesto allí para encubrir, alabear, distorsionar
o embellecer las más siniestras hojas de
servicios. No esperamos que el alcalde esté
de acuerdo con nosotros en que Antonio
López –con plaza y estatua al lado del mar–
fue pirata, negrero y explotador, y prefiera
leer “comerciant, navilier i banquer”, que es
catalán cortés para decir más o menos lo
mismo. Pero es mucho peor que en la plaza
Sant Jaume nos pinten a Baldomero Espartero,
carrer del Duc de la Victòria, como
“Militar i polític”, que “arribà a ser esmentat
com a possible candidat al tron abans que
fos elegit Amadeu de Savoia”, y no nos hablen
de su mayor proeza, conocida por todos:
reventar Barcelona a cañonazos en
1842, con un resultado de 400 casas derribadas.
Veamos otro ejemplo. Dice l’Ajuntament:
Nom: Cardenal Cisneros, Carrer del Descripció:
Gonzalo Jiménez de Cisneros (Torrelaguna
1436 - Roa 1517). Eclesiàstic i polític
castellà. En professar, canvià el nom pel
de Francesc.
Los herederos de Gonzalo, luego Francisco,
deben estar que trinan: el glorioso
historial de su pretérito –más bien imperfecto,
veremos– es ninguneado en dos lacónicas
líneas que parecen copiadas de un listín
telefónico. Y tienen razón. Porque la
clerigalla abundaba entonces, y el politiqueo
era poco menos que entretenimiento
de desocupados, pero Cardenal Cisneros
sólo hubo uno, y si hay que resumir su vida
y obra en un telegrama no es de recibo quedarse
en dos oficios, una denominación de
origen y un cambio de nombre. Para eso no
valía la pena ser martillo de herejes, tercer
inquisidor general de Castilla, ¡nada menos!;
convertidor de infieles; desahuciador
de irreverentes pertinaces; quemador de literatura
blasfema, toda la que oliera a árabe,
en Granada, excepto la medicinal, que
debía guardar para sus ataques de gota;
conquistador de Orán y una porción de gestas
más, todas ellas osadas y abyectas, que
no caben en este sumario.
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