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Coughing
La tos barcelonesa
Sense sorroll, si us plau!
by Manuel de Sousa
La voz robótica resonaba en el teléfono como
un vocoder de alguna canción de Kraftwerk
o Daft Punk, o como algún personaje galáctico
de esas series de dibujos animados producidas
por Hanna-Barbera hace algunos
años.
Al final de la llamada, tras darse cuenta finalmente
de que su interlocutor pensaba que
se trataba de una jugarreta ociosa de algún
adolescente, el señor Pons aclaró la situación:
“Dis-cul-pe, es que es-toy o-pe-ra-do de las
cu-er-das vo-ca-les”.
La inquietante molestia auditiva que me
supuso escuchar al aquejado consumidor,
con su tono de personaje de los Transformers,
es quizás el ejemplo más extremo de la agobiante
realidad sanitario-foniatra que persiste
en la Barcelona de hoy.
La relación de los residentes de la ciudad
condal con el tabaco es fatalmente grave.
Mientras la Ley Antitabaco favorece insólitamente
a los fumadores activos y el ultimátum
de Bruselas se extiende hasta el 2012, las consecuencias
de dicha relación son nefastas: los
decibeles de la tos de muchos de los ciudadanos
mayores de cuarenta años son ensordecedores,
mientras que la duración durante
cada tosida del gargareo de mucosa en las entrañas
de los pechos y las gargantas catalanas
es alarmante.
En el caso de muchas de las mujeres
fumadoras, esas que se chupan el filtro en
algún cruce de calle o cotillean en las puertas
de las empresas, la tos es lo de menos, ya
que la contracción espasmódica de su contraparte
masculina es insuperable en términos
de ruido. No obstante, llama poderosamente
la atención el hecho de que las
españolas con una voz dulce y suave son una
minoría, especialmente si rondan los treinta
años, cuando ya hablan como si tuvieran más
de sesenta y su lozanía es historia. Como Ana,
una murciana que aunque bonachona y orgullosa
de su relación con el fumar, cuenta
con una sonrisa y un aliento desafiantes a la
odontología moderna.
No sólo es lo desagradable que resulta escuchar
ese ruido, producto de décadas de
consumo de carajillos de ron o brandy, de cigarrillos,
de una cultura modorra de bares de
tapas ahumadas donde se tiene que comer
respirando humo, de frío, de ansiedad pre y
post-franquista, de frustraciones adolescentes,
de personalidades débiles, de machismo,
de dientes amarillos; sino el daño al futuro
que supone la consolidación del Bar Celona
como el paraíso europeo del tabaquismo alegre,
capital de la concesión cautelosa europea
a favor del lado occidental de Turquía: la
llamada Unión del Mediterráneo y la meca
indiscutible de la emergente industria del
turismo de la nicotina.
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