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A principios de los años sesenta del siglo XX
Europa se preparaba para revolucionar el
mundo a través de propuestas culturales que
rompían con el rancio olor decimonónico
que aún invadía la atmósfera. En España nos
conformábamos con Marisol y Lola Flores,
quizá por eso, en una cantinela que se repite
de generación a generación, nuestra plaza
Real tenía fama de ser un tugurio inapropiado,
refugio de jóvenes inconformistas que
preferían el jazz y otro tipo de diversiones incómodas
para el Régimen. Entre sus locales
más representativos estaba el Jamboree, donde
solía pasar más de una noche María del Pilar
Alfaro Velasco, de 32 años y con una marcha
increíble que le costó la separación de su
primer marido, un fotógrafo cansado de sus
infidelidades con el que tuvo dos hijas. Adquirida
la libertad conyugal, María decidió
pasárselo en grande en compañía de varios
americanos que compartían con ella gustos
fiesteros y musicales: Stephen Johnston, un
profesor de idiomas al borde de la treintena;
John Joseph Hand, de 38 años y desempleado,
y James Wagner, desertor del ejército norteamericano
en una base alemana, sin ningún
conocimiento de castellano. La necesidad
les había impulsado a perpetrar una argucia
que abrió la puerta para delinquir. María, que
unía a todos ellos y tenía un lío con Stephen,
conoció a un vecino, Jaime Rovirosa, propietario
de un taller de lámparas en la calle Aragón
136, esquina con Villarroel. La chica intimó
a propósito con el maduro empresario y a
mediados de 1961 decidieron pasar un fin de
semana en la idílica montaña de Montserrat.
Cerca de Olesa un hombre les paró, sacó una
pistola y les robó todo el dinero que llevaban,
diez mil pesetas que sirvieron para montar
esa misma noche un guateque de primera en
el Jamboree. El atracador era Stephen, brillante
ejecutor del plan de María, quien no
contenta con lo obtenido cuenta a sus amigos
la costumbre de Rovirosa de acudir cada sábado
después de comer a su negocio para revisar
la contabilidad. La idea tarda en madurar
y se ejecuta el sábado 17 de noviembre de
1962. La chica y su amante estaban en Ibiza
desde unos días antes para tener una coartada
y encargan el robo a Wagner, a quien avisan
de la peligrosidad del atraco, como si tuvieran
miedo a fracasar en su intento. Armado con
un cuchillo y unos alicates fabricados en
EE.UU da con el local gracias a un detallado
mapa; ve el cierre metálico levantado a medias
y encuentra al lamparero revisando facturas,
lo amenaza con su arma y le insta a darle
la combinación de la caja de caudales.
Sorprendentemente halla resistencia y en el
forcejeo recibe una leve herida; finalmente
domina a su víctima y le asesta múltiples y
mortales cuchilladas. Sale del establecimiento,
se olvida una revista Time y sube a un coche
donde le espera John Joseph Hand, quien
le proporciona algunas prendas para cambiarse
y no levantar sospechas antes de comprar
un billete para el primer barco que zarpe
del puerto.
Pasados diez minutos, un amigo de Rovirosa
acude al lugar de los hechos y advierte a
la policía. La suerte les sonrió en forma de
carta amorosa de María. La localizaron en Ibiza
con Stephen y en el interrogatorio se derrumbó
y confesó la trama. Algunas versiones
comentan que en su pasaporte guardaba una
copia del mapa que dio a Wagner, mientras
otras simplemente mencionan que se cubrió
el rostro y cantó la lúgubre verdad.
En marzo de 1964 el crimen ocupó mucho
espacio en la prensa internacional. Una miríada
de periodistas británicos y estadounidenses
acudieron al juicio. El fiscal hablaba
del caso como el crimen de los existencialistas,
aunque es muy probable que el grupo
poco o nada supiera de Sartre y Camus. La
plaza Real fue tildada de lugar turbio y confuso
para los vive como quieras, y los acusados
recibieron merecida condena. Wagner, 30
años; María, 23; Johnston y Hand, 21, y sus esposas,
consideradas cómplices, 12. El mismo
año se juzgó a María por el delito de parricidio
y homicidio en grado de tentativa en la
persona de su marido, Joaquín Ramírez Picas.
Los planos que la mujer hizo del estudio de su
ex en Sant Boi de Llobregat no sirvieron para
incriminarla. El fotógrafo la exculpó por el
recuerdo de su antigua felicidad conyugal.
Recuerdos.
Dibuixos: Nil Bartolozzi // bartolozzinil.blogspot.com
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