 |
Rosario Endrinal era guapa, triunfaba; secretaria de
dirección en una cadena de supermercados, se enamoró
de un potentado de la firma, fue rechazada y
abrazó el vagabundeo alcohólico de la desidia.
Ricard, Oriol y Juan José eran jóvenes y ricos. Hijos
de barrio bien, su futuro era plano, sin complicaciones.
La noche del viernes dieciséis de diciembre
de 2005 decidieron salir a tomar unas copas por
Gràcia. Según uno de sus abogados bebieron muchos
chupitos de absenta y, eufóricos e idiotizados,
pasaron por el cajero automático del número 28 de
la Calle Guillem Tell, donde una mendiga llamó su
atención: Rosario.
Era la una y treinta y ocho minutos de la madrugada.
Ricard y Oriol, ambos con la mayoría de edad
recién cumplida, no eran novatos en esas lides. En
octubre de 2005 fueron a las zaragozanas fiestas del
Pilar y grabaron vídeos, que mostraban orgullosos a
sus amigos, donde maltrataban a mendigos. Ese día
querían más de lo mismo. Entraron en el cajero, increparon
a su futura víctima y le lanzaron varios objetos.
La botella de plástico, la naranja y un cono de
señalización no bastaron. Rosario ofreció resistencia
hasta nuevo aviso. Cerró la puerta con cerrojo.
A las cuatro y veinte volvieron a la carga. En esta
ocasión usaron como cebo a Juanjo. Menor de edad,
era desconocido para Rosario, quien le abrió la puerta
sin pensar en el peligro que se avecinaba. Oriol y
Ricard entraron y salieron, le dieron golpes y, después
de subir por un andamio para recogerlo, apuntalaron
su acción rociando a la pobre vagabunda con
un bidón de disolvente, prendiéndole fuego con un
cigarrillo. Rosario, con quemaduras en el 65% de su
cuerpo, murió a las nueve de la mañana en el Hospital
de la Vall d’Hebron.
Las cámaras de videovigilancia grabaron la escena,
lo que permitió detener a los asesinos el diecinueve
de diciembre. Juanjo fue recluido en un centro
de menores donde cumple su pena de ocho años
más cinco de libertad vigilada. El juicio que debe determinar
la condena para Oriol y Ricard se celebró
hace pocas semanas y algunas de sus frases tendrían
que pasar a la antología del disparate. La abogada de
Oriol afirmó que “no se puede culpar al que no sabe
qué va a pasar”. Wittgenstein de la mediocridad. Por
su parte, Ricard dijo que al recordarlo se sentía bastante
estúpido. A buenas horas mangas verdes.
|
 |