BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 92 | December 16, 2010

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Illu: Yanneth Albornoz // shk-studio.blogspot.com


El White Cube

Un hogar para los SDF

by Sonia Fernández Pan

Las mudanzas son un incordio. Aparte de los traslados emocionales con los que nos vemos automáticamente comprometidos, también exigen ocuparnos en cuerpo y alma de todas esas cajas que hay que buscar en el supermercado, desempolvar, montar, llenar de objetos ‒cosas‒ trastos, cerrar, mover, bajar, subir, desplazar, abrir, vaciar, romper, reciclar y tirar tras la enésima selección parcial del utillaje personal designado a conformar una semiótica de lo doméstico. Las mudanzas se parecen a esas fórmulas de física para principiantes del instituto en las que, por mucho que caminásemos, la distancia recorrida siempre era nula, dando como resultado un cero redondo y exhausto.

Las mudanzas son una molestia para los que se trasladan, deshabitantes nómadas habitados por la eterna y dinámica inestabilidad contemporánea que, pomposas verborsidades aparte, dependen del punto de vista del teórico de moda y de los números en su cuenta del banco para poder optar entre las dos opciones que, por ejemplo, se inventa Zygmunt Bauman en su filosofía del licuado social: turistas y vagabundos. Es decir, que si tienes un capital desconsiderado para con los pobres, eres un turista que se mueve maravillado entre los intercambios de flujos de la globalización. Si no tienes un duro, pues búscate unas cajas de cartón y móntate una one night sculpture en algún rincón en el que no estropees la panorámica de tus antagonistas complementarios, los turistas cegados gracias a sus gafas de sol con denominación de origen italiana. La relación bidireccional ente los SDF (sans domicile fix, dicho en francés, que queda más elegante) y los excursionistas urbanos nos recuerdan otra diferencia crematística: si tienes dinero, eres un excéntrico; si no lo tienes, eres sencillamente un “colgado”.

Pero en una mudanza, aparte de los que vienen y van, el espacio es el gran protagonista de esa sufrida fiesta a la que sólo unos cuantos quieren asistir voluntariamente y en la que, colateralmente, se verifican los patrones de esa categoría tan mancillada desde las redes sociales: la amistad. Dejando colegas y amigos de lado, el espacio es el gran protagonista soslayado de cualquier movimiento humano. Incluso para viajar en el tiempo necesitamos del espacio.

Hay casos en los que el espacio puede funcionar como un interlocutor sumiso. Nos escucha dócilmente y acepta todas nuestras imposiciones decorativas y todas nuestras desacertadas experiencias. En coyunturas diversas, el espacio se impone hegemónicamente sobre cualquier otro elemento y nos doblegamos inconscientemente ante él. Son espacios que no admiten cualquier mudanza aunque siempre estén cambiando de objetos. Son espacios que no tienen habitantes porque sólo admiten espectadores o visitantes. Mientras que los espacios domésticos aspiran a ser lugares, caracterizados y definidos por la posibilidad de significación que deriva de arbitrarios usos intersubjetivos, los espacios de exhibición apenas alcanzan un eco de escaparate a pesar de la profunda suficiencia de sus pretensiones. En ocasiones, no hay nada más trivial que lo trascendente.

Uno de los paradigmas espaciales de la modernidad es lo que actualmente se conoce como el “cubo blanco” (white cube en inglés, que queda más profesional y cosmopolita). Realmente el cubo blanco no es un espacio aunque necesite de la tridimensionalidad para existir: es la representación conceptual de una institución, la del arte contemporáneo en este caso particular. Pocas estructuras así de simples han dado lugar a tantos y tan inspirados ensayos por parte de la tecnocracia cultural. Cuatro paredes pintadas de blanco unidas gracias a la perfección geométrica del ángulo más difícil de conseguir en la arquitectura doméstica, el de noventa grados, se erigen como templo de un politeísmo ateo que, a falta de una biblia estándar, traduce la filosofía en lenguaje visual.

El cubo blanco ha sido y es la caja engañosamente neutral que la modernidad y todos sus eructos en clave de “post” se han inventado para guardar celosamente el arte contemporáneo de sus masivos detractores, esos paganos que todavía insisten en visitar catedrales clásicas los domingos por la mañana para apreciar la invasión del barroco en el interiorismo eclesiástico medieval. En cada museo, galería o centro de arte contemporáneo hay un cubo blanco esperando mudanzas subvencionadas desde unos presupuestos más o menos públicos que configuren su identidad siempre por definir. Porque los museos de arte contemporáneo, como el resto de viviendas y locales metropolitanos, cambian de arrendatario con frecuencia y toca reescribir las cláusulas del contrato para poder empezar con la contratación de interioristas freelance que logren hacer que nuestras cuatro paredes blancas sean más atractivas que las del vecino. Claro que, poco hay que hacer para que algo, un objeto aislado o instalado en una secuencia conceptual, resalte entre la asepsia del color más dado a las manchas. De hecho, el cubo blanco tiene la capacidad de convertirlo todo en mácula estrella.

El cubo contemporáneo ha elegido el blanco como pigmento de sus paredes bajo una pretendida neutralidad que la crítica ha sabido desvelar como adulterada con el paso de los años. Y no porque su originaria cualidad lechosa se haya teñido paulatinamente de amarilla, sino porque la neutralidad es una categoría de un pensamiento ya caduco a estas alturas. Como la leche, hay conceptos que apenas duran frescos unos pocos días dentro de la nevera. Y la neutralidad es uno de ellos. Si pervive en nuestro imaginario es por su propia indefinición. Generalmente calificamos como neutro no lo que carece de definición, sino aquello que resulta complicado de definir. En el caso de los colores, el adjetivo de lo neutro se encarga de producir un discurso amparado por la poética de la sinestesia; en el caso del arte contemporáneo, lo neutro se olvida del dispositivo que acoge una determinada productividad (in)material para centrarse en la contaminación espacial que provocan los objetos. El cubo blanco es, precisamente, lo que otorga a un objeto el estatus de obra de arte. El cubo blanco es el conjunto de relaciones que culminan arquitectónicamente en un dispositivo cultural que consigue que un botellero sea un ready-made y que logra que una lata de sopa abandone la geometría mercantil de los supermercados para convertirse en icono cultural de una época que muchos echarán de menos en un tiempo donde todo futuro sucedió ayer.

El cubo blanco es el encargado de vendernos la autonomía de la obra de arte, así como la publicidad se compromete a vendernos la utilidad de los productos que no necesitamos. La intención final de ambos, más o menos facultativa, es sobornarnos con una identidad plausible mediante fórmulas de marketing que establecen un diálogo opaco entre lo racional y lo emocional. Así como nos personalizamos con la mercadotecnia de una época en la riqueza se define por el alto grado de basura que generamos y soñamos reciclar, también construimos nuestra identidad mediante los objetos culturales que piadosamente se nos ofrecen en espacios marcados por el flujo de mudanzas que apelan al epíteto de lo neutro. Porque, aunque seguramente sea absurdo remarcar que la nieve es blanca, no lo sea tanto señalar que el cubo del arte contemporáneo, por blanco que sea, de neutro no tiene nada.

Del cubo blanco se desprende tangencialmente una paradoja: la digestión y asimilación de cualquier tipo de herejía crítica por parte del dispositivo artístico institucional. Porque, si bien es la realidad expandida del arte contemporáneo desde donde arremeten los juicios más políticamente incorrectos, es también el espacio que se ocupa de anular su impacto real fuera del cubo permeable. Si la neutralidad funciona de alguna manera dentro del arte contemporáneo, desde luego no es en forma de sustantivo sino desde la acción del verbo, neutralizando por un error de cálculo todo aquello que pretendía impulsar. El cubo blanco es un espacio al que le gustaría ser lugar, un turista que se viste de vagabundo y una mudanza a la que todos estamos invitados como colegas pero no en calidad de amigos. El cubo blanco es, además, la arquitectura de esa tramposa identidad de moda que opina pero no enjuicia.

by Simón Lorenzo and Sara_Dice (illustration)

¿Nights in white satin?

Nieve, Barcelona, y otros derivados

by Jean Martin du Bruit

Los pueblos mediterráneos tienen una tendencia innata al catolicismo por su plácida climatología. Ello explicaría por qué el papa Liberio decidió construir Santa Maria Maggiore en Roma tras una nevada acaecida el 5 de agosto de 358. Ahora ese templo es una de las cuatro basílicas de la Ciudad Eterna, capital de un país donde el cine ha demostrado al mundo entero cómo nuestra mentalidad enfoca la felicidad mediante epifanías. Y en Barcelona la nieve es una de ellas porque estamos demasiado bien acostumbrados a temperaturas que raramente descienden de los diez grados centígrados. Cuando ello sucede las típicas conversaciones para romper el hielo, quin fred que fa avui y otras clásicas perlas inmortales, ganan legitimidad y se convierten en dignos acicates para alentar la esperanza coital.

Cero metros, cero grados. De repente, el viento cesa y la atmosfera se somete al juego del congelamiento. El reloj se para y los hombres miran al cielo, expectantes y enmudecidos. Leves partículas aterrizan en la superficie. El paso de los minutos las agrandará, y la leve pausa de asunción del milagro dará paso a la algarabía. Las estadísticas y nuestra propia experiencia hablan alto y claro: en Barcelona escasean las grandes nevadas, un poco como las victorias del Real Madrid en el Camp Nou, lo que confirmaría mi primer recuerdo infantil de ambos fenómenos. En 1981 tenía dos años y unas fotos tomadas por mi abuela mientras leía el Ulysses de Joyce en su traducción soviética lo corroboran. La ventana de mi habitación lucía prístina por la irrupción de la cellisca. El niño que era batía palmas sin Carlinhos Brown, anonadado y patidifuso por aquel don caído de arriba. La hemeroteca de La Vanguardia informa que en 1985 se repitió el magno acontecimiento, pero mi mente lo recupera el 2 de marzo de 1993, y lo hace porque en aquella ocasión pude disfrutar de la exclusiva sensación de tirar bolas y hasta de intentar construir un muñeco como los de las películas, con zanahoria y todo el atrezzo adecuado. Ese lunes el adolescente que fui hizo el capullo a lo grande, sumergiéndose en la mera alteración cromática del asfalto, pues créanme, en ningún instante percibí congelación ni abundancia, el suelo se enmarañó y los copos no permitieron trineos ni Curling urbano como en 2010, cuando saqué fotos desde el balcón y procedí a matar mi tarde actualizando cada dos por tres los periódicos, más lentos que Facebook en el aporte directo que los usuarios realizaban para amigos, conocidos y pervertidos de la red social. Otra vez lunes y una metamorfosis revolucionaria. Internet copó el evento incluso antes de la efeméride. Los aficionados a isobaras, anticiclones y Francesc Mauri, aunque las yayas son más de Rodríguez Picó, se reúnen en foros especializados donde comentan anticiclones con entusiasmo desmedido. Es entrañable visualizar a un señor de mediana edad bebiendo una cerveza delante del ordenador, ebrio de satisfacción por intercambiar opiniones de algo que le fascina, sin tener que ir a bares mirando de reojo las facciones de los parroquianos para verificar que quizá sienten interés por oscilaciones térmicas o inestabilizaciones generalizadas del manto nivoso.

1, 2, 3, responda otra vez. ¿Cuál fue la mayor nevada de la historia reciente de la Ciudad Condal? ¿Usará el comodín del público? No, ésta me la sé. 25 de diciembre de 1962. Fum, fum, fum. Ni minyonet ros i blanquet ni hostias. La misa del gallo dio el pistoletazo de salida a un día simbólico que rompía con la zozobra franquista y palió lo precario de unas navidades que ya olían a dinero americano y tecnocracia gubernamental. La dictadura luchaba por modernizarse y la otrora princesa del mare nostrum aplaudió la nieve porque no produjo el caos y sirvió para volver la vista atrás, como bien hizo la teleserie de TV3, Temps de Silenci, que optó por abordar el suceso desde lo trágico con la muerte del hijo de los inmigrantes, papel interpretado por Julio Manrique, actual director del Teatro Romea.

Quien rebusque entre viejos papeles hallará más fechas y podrá jugar a calcular frecuencias. La última década ofrece tres nevadas, pero los medios de comunicación obvian la más trascendental, cargada de vicio y mercado negro. En mayo de 2005 tuve la oportunidad de entrevistar a Roberto Saviano, perseguido por la Camorra tras poner los cojones sobre la mesa con la publicación de su libro Gomorra, donde desgrana sin tapujos toda la perfidia mafiosa del sur de Italia. Durante nuestro diálogo le pregunté sobre lo que iba siendo una constante en mis visitas a los lavabos de los bares de Barcelona: el hallazgo de pequeñas motas de polvo blanco sospechosamente parecidas a restos de cocaína. El napolitano esbozó una sonrisa y respondió satisfecho. Sí, desde 2003 existe en Barcelona una potente alianza entre varios grupos criminales que controlan el negocio de la droga en la zona. Por eso has visto más cantidad, están invadiendo muy sutilmente, y hasta te podría decir dónde opera el sector transalpino, en el Paralelo, y se come muy bien, o eso dicen todos. La nieve viola los principios de Newton, adopta pose de Groucho Marx y del mármol accede a la nariz porque la época prefiere otro tipo de apariciones marianas, relegando el capricho celestial al baúl de lo borroso, espejismo en la uniformada normalidad que aprieta, ahoga y antes concedía respiros cuando la madre naturaleza resucitaba paganismos que hemos sepultado en una lápida sin nombre por el tétrico gusto de aceptar ser esclavos de las múltiples alienaciones que exhibe el escaparate de la posmodernidad.

Untitled

by Simon Friel

From outside the tightly shuttered window a tune drifts up from the street, adding music to the permanent night of candles casting long shadows and unreliable ghosts who dance across the room.

The old lady moves to the window and puts her cheek to the cold pane. Her shallow, warm breath blows ephemeral fractals across the glass. She reaches out to catch the song in flight. It passes unmoved through her fingers. She longs for its broken melody. For the smothered fire it invokes. For the pain of its denial to cease.

She catches her own reflection in the mirror that is hidden in the corner of the room. She lowers her eyes. A figure hovers frozen before her. Locked inside the dusty, gilded reflection, she wonders when it was that her hair became that colour. She notices how the fingers of the person before her shift automatically over the red beads that hang from her neck. And from her mouth murmur words of which she no longer understands the significance.

In a dressmaker’s window, the girl she was gazes at a bone-coloured wedding dress she dreams to wear one spring morning when the war is over. A whistled tune draws her attention to the reflection of a man watching her from across the street. It is the man who her mother has told her she must always avoid. He raises his weathered hat in greeting and bears his gold-capped teeth in smile.

She walks quickly away without turning to face him. The narrow streets of the Raval are crowded and dressed in the heavy grey of a winter’s day. The ground is wet and muddy, illuminated in smatterings of blood outside of the butcher’s doors and in the broken stems and crushed heads of flowers behind the market. She walks lost through winding streets, drawn to the silence and shadows of a part of the neighbourhood she knows she should not visit.

Out of breath, she enters an open doorway and seeks rest in the darkness of a corner. She hears the cries of children, and in the squalid courtyard before her a dying tree sheds soft pink leaves to the ground in the breeze. His smile breaks the half-light of the doorway. As he approaches she sees in his eyes the reason of her mother’s warning.

“Vecino. Vecino.” The old woman pushes the buzzer of the flat opposite her own. It is broken but her familiar cry has brought the neighbour to his door. “Hijo,” she pleads at his appearance.

“No, señora. Yo no soy su hijo.”

Her son left to seek his calvary in the name of another false father. His fate to kill: to be pinned down on a foreign land by searing metal. His last words came, or so it seemed to her, not from his mouth but etched in the eyes she had always tried to deny, “Yo no soy tu hijo, madre. Pero te esperé en la parte más oscura del cielo.”

It is winter just before dawn. The scene is shrouded in the season’s first pristine blanket of snow. Head veiled and bowed she is drawn down through the streets she followed once before. The whistled tune guides her path. Through the open doorway she enters the courtyard. Pink petals fall from the dying tree. She raises her veil, eyes blinded by the dawning light. Thunder cracks from the darkest part of the heavens. The cries of children pierce the stillness of a devastated morning. A lone star signals the advent of the passing. And the earth dies screaming.

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