BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 89 | September 16, 2010

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Illu: Sara_Dice


Los dos zorros y el jabalí

by Simón Lorenzo Ortiz

El otro día me habló el ratón lleno de hollín que vive en las vías de plaza España. Siempre que me ve grita: “¡Oso, oso!” Y yo le sonrío deseando no tenerme que parar tres puñeteras horas. Al ratón que vive entre las vías de plaza España le gusta demasiado su propia voz. Ese día el ratón estaba especialmente charlatán, saltando de un tema a otro: que si la juventud de hoy en día, que si el mejor queso era jenesepa, que si el mundo se estaba volviendo loco, que si las mejores playas se encontraban al norte de Mataró. Y así saltó de uno a otro hasta llegar a uno de sus favoritos. Cuando vi que lo rodeaba, justo antes de asaltarlo, empalidecí. ¿Por qué no me despedí? Podría haber inventado cualquier excusa. O haberlo hecho desaparecer de un zarpazo. Pero no se puede, no con el ratón que vive entre las vías del metro allá en plaza España. Te atrapa, desmontando todo plan de huida, y lo hace sin querer. Eso es lo peor, tampoco se le puede culpar, eres libre de estar ahí.

Me contó una broma que había oído hacía años, no la contó así, pero así la imaginé yo.

Dos zorros, padre e hijo, habían montado en un pueblo de mar un pequeño puesto con cosas típicas del país. Esto ocurría, para que os hagáis una idea, al mismo tiempo que nacía del mito erótico de las morsas suecas o aquel invento que rogaba Spain is different. Era una época en la que aún no había Wacdonalds, las playas eran de piedrecillas y sólo se podía hablar una lengua. Como empezaba a llegar toda aquella masa de carteras repletas de lechugas, todos los animales se arremolinaban buscando sacar el mayor beneficio. Aquellos pobres zorros hicieron lo mismo, compraron la figura de un lince legionario, de un toro vestido de humanero –con su traje de luces y todo– y ceniceros, mecheros y camisetas de muy mala calidad. Lo pusieron todo sobre un tablón que a su vez descansaba sobre dos caballetes y se tumbaron al sol.

No tardó en llegar el primer Hemingway de pacotilla, uno de aquellos jabalís que venían a España para desaparecer de la modernidad, a comer migas o gachas y beber vino en las tabernas mineras. Jabalís que caminaban todo el día, en sus botas negras, bajo su sucio sombrero, con sus bigotes de alambre y su piel y su pelo curtidos al sol de muchos caminos. Aquel jabalí que venía a aprender, más viajero que turista.

Sucedió que el forastero se acercó con curiosidad al estante. Observó la cabra vestida de bailadora y el cenicero en el que aparecía gaviota y ancla. Y se decidió a preguntar:

– Sprichst du Deutsch?
– ¿Disculpe?
– Sorry, do you speak English?
– No señó –contestó el zorro.
– Parlez-vous français?
– No, no lo hablo. –El pequeño zorro asistía a la conversación como el que asiste a un partido de tenis.
– Excusa, italiani?
– No, qué va.

El jabalí presupuso que no iba a llegar a buen puerto con esos dos zorros, así que con cortesía se alejó. El padre zorro resopló al recuperar su postura distendida bajo el sol. Pero el hijo zorro seguía rígido observando cómo el robusto puerco se alejaba más y más hasta ocultarse tras una esquina.

– Vaya, papá, qué maravilloso debe ser eso de saber muchos idiomas.
– Buf –contestó–, para lo que le ha servido a éste.

Pude al final deshacerme del ratón sucio de hollín, coger el metro y bajarme en plaza Catalunya. Ya había anochecido. Yo iba rumiando la historia, sacándole sentidos ocultos. Me daba pena aquel jabalí. El tema al que yo tanto temía en boca del ratón que vive entre las vías del tren era precisamente ése, el turismo. Para él, era el peor mal de esta ciudad. Decía que por su culpa los precios estaban por las nubes, la ciudad sucia e intransitable y el mar caliente. Para el ratón el turismo tenía la culpa de que el Barça no ganara, que lloviera o que hubiera sequía. El ratón hiperactivo de entrevías era un poco xenófobo.

Observé a mi alrededor y vi a todos aquellos cerdos. Puerquitos rosados enrojecidos al sol que necesitaban una urgente capa de protector solar factor yeso. Ahí estaban, con las pezuñas metidas en sandalias –con o sin calcetines–, bajo sus sombreros mejicanos, completamente depilados, cocidos a sangrías y cervezas. Cantaban cogidos aquella canción que empieza: “¡Oink oink!”.

Oteé aquellas tiendas de souvenirs, vacías de zorros, regentadas por serpientes y alimañas que cobraban increíbles cantidades de lechugas por figuras del Drac de Gaudí, castañuelas y guitarras de plástico. Ceniceros, mecheros y camisetas de muy mala calidad. En la puerta un cartel en todos los idiomas posibles menos en el nuestro propio.

Por un momento imaginé estar en aquella Barcelona prenoventa y dos. Con su Maqui Navaja, su rumba minoritaria y la autenticidad que tanto gustaba. Soñé una ciudad vacía de cerdos, de vendedores ambulantes, de moqueta de flyers en las ramblas. Sin sombreros mejicanos, sin cientos de camisetas deportivas, sin la luz de abierto veinticuatro horas, sin los sportbars. Sin cerdos con sombreros mejicanos.

Por un momento pensé que el ratón tenía razón. La ciudad había perdido parte de su esencia. Se había abierto al mundo, gritando fuerte, creando un resort animal para que los cerditos se encontraran como en su casa, emulando sus bares, copiando su música, despachando el alcohol que ellos beben. Nos hemos vendido, pensé. Justo después recordé aquellas morsas suecas y cómo, durante la dictadura del Pájaro Carpintero, ayudaron sin saberlo a la obertura mental y fronteriza. Cómo se inmiscuyeron sus bikinis, junto con su manera de ver el mundo, en toda la sociedad que es esta gran granja que habito.

Me senté en un banco de las Ramblas, junto a un buen grupo de cerdos italianos. Reían y gruñían como lo hacen todos los animales a la edad de merecer. Cortejaban a una bella garza catalana. Tanto insistir, uno de los cerdos se llevó una fabulosa y sonora bofetada. Cerca, al pie de uno de esos enormes árboles que custodian las Ramblas, dos lagartos comentaban la jugada, riéndose como críos. Uno dijo: “Estos italianos son igual que los argentinos, con lo cantarín de su idioma se acaban llevando a todas las hembras”. Lo decía indignado, casi.

“Bueno”, les dije entrando sin permiso en su conversación, “para lo que le ha servido a éste.

Foto: Kevin Hutchinson




Los cerdos de George Harrison y la sociedad catalana:

Una profecía

by Jean Martin du Bruit

Mare de Déu, cridà el gos a la guineu un matí d’aquells on l’estiu desitja morir i la tardor jura amor de puta a la puntualitat britànica. Sonà el despertador, era tard i el president Montilla convocava eleccions. De cop i volta trucaren a la porta. Un home sense calçotets volia vendre’m calçots. Cridava i la força dels seus cops m’espantà. El silenci tornà fins que una nota lliscà veloç fins als meus peus. El remitent era l’associació catalana de pernils i atzavares. Em pregaven en nom de Madolf Jitla que llegís atentament el contingut del sobre. Vaig obrir-lo i el text parlà clar i castellà.

Querido Jean Martin,

Es un motivo de Honda y Yamaha satisfacción escribirte para que difundas el hallazgo de una profecía esencial para la situación política de Cataluña antes de la inminente consulta electoral que elegirá al próximo presidente de la Generalitat. Corren malos tiempos, pero nosotros vivimos en el regocijo de haber derribado el mito de Nostradamus. El verdadero oráculo de nuestra época es George Harrison, que en paz des-canse, el único que con pocas palabras abarca toda la dimensión de nuestra inevitable tragedia. En 1968 compuso “Piggies”, una canción con un tono muy de su estilo, con el guitarrista predicando como un dios enfurecido, siempre sentencioso y soberbio pese a su poco tiempo trans-currido en el planeta. Vayamos al grano. Leyendo atentamente la letra hemos comprendido, como en Abbey Road sabían el destino del Principado y la sumisión de sus ciudadanos a la burguesía que nunca se cubre de mugre porque la propaga. Sus acciones siempre quedarán impolutas y Convergència ganará holgadamente porque nadie parece preocuparse de su burla corrupta, compartida, como bien sabe usted que ha sufrido en sus carnes cómo se recauda dinero a costa de bolsillos modestos, por la municipalidad socialista. En fin Pilarín, resulta que George, el Beatle silencioso, lo plasmó para el mundo hace ya 42 primaveras. ¡Un hombre de Liverpool preocupado por la cita con las urnas de 2010! Fascinante. El tema empieza con una dulzura turbia que la música incrementa, con el bajo simulando gruñidos y tape-loops ciertamente cerdunos. El tono es de fábula barroca, nos van a contar un cuento, y la referencia animal bebe de Orwell y su mítica Rebelión en la granja. La humanización de estos mamíferos introduce al oyente en una atmosfera donde las cosas no son como parecen. Have you seen the little piggies crawling in the dirt? And for all the little piggies life is getting worse, always having dirt to play around in. Los pequeños cerditos, nosotros, nos arrastramos por la mugre. No importa que todo vaya de mal en peor. Siempre tendremos la mugre para jugar, para ahondar la herida del sueldo de barreño, las facturas, la incapacidad del Estado para tomar medidas, la precariedad y las continuas frustraciones diarias. Siempre queda la mierda, microscosmos para la mayoría impotente resignada a tragar lo impuesto.

La segunda estrofa nada hacia la diferencia. De lo pequeño vamos a lo grande, y es curioso resaltar cómo aquí el más es oligárquico y el menos engloba al pueblo. Have you seen the bigger piggies in their starched white shirts? You will find the bigger piggies stirring up the dirt, always have clean shirts to play around in. Los de las camisas almidonadas remueven la mugre y nunca se manchan porque su reino no es de este mundo. Pueden saquear el Palau de la Música, financiar ilegalmente partidos y ser muy chorizos con la corrupción urbanística, pero siempre saldrán impunes y con la mejor de sus sonrisas para dar una imagen neutra y pestilente, que es su seña de identidad clave. Los grandes cerdos nos han convertido en peones del tablero que tienen en su parque de recreo. Harrison se crispa. Su voz adquiere la textura de un cabreo en el abismo de la indignación. Constata la otredad del poderoso y su desconexión de la realidad. In their styes with all their backing they don’t care what goes on around. Fuentes cercanas a nuestra cúpula se escalofriaron hace poco por la manera en que el sistema manipula la ilusión del común de los mortales con ese encuentro de nuevos catalanes, los inmigrantes, subyugados en el Fossar de les Moreres por la patética figura de Artur Mas. Las banderas y el papel de wáter. Montilla dice que ha construido más metro que su rival. George da puñetazos vocales y alcanza una catarsis de rabia. In their eyes there’s something lacking, what they need is a damn good whacking. Sus miradas carecen de muchas cosas. Usted las reconoce y por eso le hemos mandado esta epístola. Ellos necesitan una buena paliza. Este verso da pruebas de las virtudes oraculares de la decimosegunda canción del White Album. Una buena profecía se debe poder interpretar, no ha de marcar el camino de manera excesivamente diáfana. ¿Qué tipo de paliza? ¿Con fuets Tarradellas en plan flagelación? No, el golpe urge en las papeletas del ciudadano o en su abstención ese domingo resacoso de Barça-Madrid el día antes. Voto en blanco o abstención, dos medidas válidas que pueden suplirse con el voto a un partido desconocido, pues los cinco grandes bloques que suelen tener representación no merecen nuestra confianza. Todo seguirá igual. Canibalismo. Enfrenta a los semejantes y ganarás la partida. Everywhere there’s lots of piggies living piggy lives. No están en Collserola o de paseo por plaza Lesseps. You can see them out for dinner, porque gozan del ocio posmoderno y saliendo del hogar abandonan a sus fantasmas para redundar en el consumismo, with their piggy wives, clutching forks and knives to eat their bacon. Es una masacre. La normalidad debe rebelarse para evitar esta antropofagia y derribar la prepotencia de los cerdos que dirigen nuestro destino desde sus escaños y tejemanejes económicos amparados en una bula papal que nadie recuerda.

Aquella nit vaig dormir, però abans de tancar els ulls vaig pensar en un altre vers de Harrison. And my advice for those who die, declare the pennies on your eyes. Si tot segueix així no podrem complir antics rituals mortuoris. Fareu cas de l’associació catalana de pernils i atzavares? El negre de Banyoles us ho agrairà.

Marxem dels PIGS!

Portugal-Italy-Greece-Spain

by Marcel Pellejà Adalid

Hi havia una vegada un petit país anomenat Catalunya. Era allò que en diuen un estat-nació (que ve a ser com un mateix poble amb el seu propi govern) i de mida mitjana, ni gran ni petit. Ah, i molt ben situat al sud del nord (que vol dir que eren els simpàtics d’entre els seriosos). I com que estaven tan ben ubicats geogràficament (que ve a ser allà on ets respecte dels altres) tothom hi volia passar (d’això en diuen ser un eix de comerç internacional). Tenien un aeroport molt i molt important, el més important del sud d’Europa (que hem dit que eren els seriosos i rics). Però a més a més, tenien dos ports molt i molt importants, els de Barcelona i Tarragona, i vinga vaixells amunt i avall. Fins i tot van construir una via per un tren tan ràpid que es plantava a Paris en quatre hores! I els experts parlaven del pròsper Arc Mediterrani, i que aquell petit país (però no tan petit) era la gran porta d’àsia a Europa (àsia és un lloc molt gran i molt llunyà i amb molta gent que fa moltes coses). I mireu, es veu que la seva economia no parava de créixer i estaven molt contents. Els analistes (que són com els experts) ho havien definit com “El Miracle Català”, ja que la seva renda per càpita (o sigui, quants diners tens per a cada catalanet i catalaneta) s’havia situat en pocs anys a la tercera posició dels països de la Unió Europea (que és un lloc on tothom hi vol ser perquè té molts avantatges).

Però no us penseu que això havia estat sempre així, no. Precisament la Unió Europea, i poder-hi pertànyer o no, havia estat una qüestió decisiva uns anys enrere. I és que aquell petit país tan simpàtic i feliç havia hagut de passar antigues penúries. M’explico. Abans de viure tot sol vivia a casa d’un altre país, i tot eren problemes. Fins que un bon dia va decidir fer-se gran i anar-se’n de casa (d’això els entesos, que són com els experts i els analistes, en diuen fer la independència). Perquè resulta que aquell país més gran que es deia Espanya també vivia a la Unió Europea, però els de la Unió el van fer fora per no sé què de la caiguda de l’euro enfront del dòlar (que són monedes molt famoses) i la seva feble economia basada en el totxo (no, no sé què vol dir, fillets). Total, que els d’aquell petit i simpàtic país van pensar que s’hi estava prou bé a la Unió Europea i que si per seguir-hi sent calia marxar de casa i fer-se’n una de nova, doncs, cap problema. I dit i fet. Va anar tot tan ràpid que al cap de sis mesos les seleccions nacionals (que són els que fan esport) del nou estat ja van poder disputar els següents Jocs Olímpics d’una ciutat que es diu Londres, on hi viu molta i molta gent.

I avui aquest petit país (però no tant, escolta!) és el darrer estat creat a Europa, i també el darrer a entrar de ple dret a la Unió Europea. I ha vist com la seva llengua, el català, és oficial a tot arreu i s’ha convertit de la nit al dia en la sisena llengua més parlada a la Unió. I encara més, el petit país (que al final resultarà que no ho és gens de petit, a veure si ens entenem), s’ha erigit en un model per a d’altres països que venen a conèixer els seus mètodes d’educació, de democràcia, de noves tecnologies i moltes coses més. I sabeu què? Tothom coneix Barcelona com la seva capital. A les botigues de les Rambles (que ja sé que les coneixeu, punyeters) ara ja s’hi poden comprar barretines catalanes. Però també els antics barrets mexicans! En canvi, i això ningú no sap perquè, no hi ha manera de trobar les sevillanes (que serien unes figuretes engalanades que ballen). Ai, i el Barça! El coneixeu, eh, murris? Doncs ara juga a la Lliga Europea, que és com la NBA europea i de futbol. és que allò de guanyar any sí i any també la Lliga Espanyola feia molt de mal, i la mateixa Federació Espanyola (amb el Madrid al capdavant) el va expulsar, tu. I si n’era un gat, si n’era un gos, aquest conte ja s’ha fos.

Tonight...

(a prose poem)

by Straypuppy

I gave the cops a ride home.

I was on my way home, well lit, and about to pass by the MACBA. A Guàrdia Urbana van was parked there with three policemen surveying the remains of the night and shooing away the Pakistani beer sellers. I run my mouth at a certain time of evening, and I stopped to talk to one, a tall redheaded Catalan, about the thievery situation in Barcelona, suggesting that the police begin offering a late-night escort service to help girls like me who are constantly targeted make it home safely. He then offered me a ride, but I declined since I wanted to buy a few street beers at the top of the Ramblas.

Before I reached the Ramblas they drove up behind me and the side door slid open. I was being proffered two bags of beer they had confiscated. I got in and the cop I’d been talking to immediately had his tongue in my mouth and his hands up, down and inside my skirt. We continued that way until we were near my apartment. The complicity of his colleagues was amazing; they parked to wait for him as he walked me home. Inside the building he pushed me against the wall and rubbed me down. He wanted to come up and I said no, but you can have my number, and he wanted a blowjob right there and I said no, but you can have my number, and the next thing I knew he blew his load on the floor right next to the mailboxes. He cleaned it up with a tissue and took my number.

I wonder if he’ll call.

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