Illustration: Lilli Langenhein
DERECHITO A LA CÁRCEL
Ni Gaudí ni Fórum de las Culturas
by Julián Socorro
Cuando se subió al vuelo de Aerolíneas Argentinas
que lo llevaría a la España de sus
bisabuelos por primera vez, Leandro Pozos,
un músico argentino de 26 años, sentía la
ilusión propia de quien emprende un viaje
especial. Mientras cruzaba el océano Atlántico
a 10.000 metros de altura se embriagaba
con la sensación de libertad que supone
“desengancharse de la rutina y encontrarse
con uno mismo”. Pero al tocar suelo catalán,
el avión no fue el único en “bajar de
las nubes”. La policía de inmigración lo detuvo
y en cuestión de minutos pasó de turista
a presidiario.
Prisión Express
Los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros)
se crearon en 1985, con 6 dependencias
distribuidas por el territorio español,
uno de ellos en la Zona Franca de
Barcelona. Su fin es el de contener a los extranjeros
que llegan o que ya están habitando
en este país sin el permiso correspondiente,
a la espera de su deportación.
El ingreso en una de estas prisiones lo dictamina
un juez, previa detención del individuo
por parte de las fuerzas de orden. Según
la legislación actual el plazo máximo
de reclusión es de 40 días, pero actualmente
se están debatiendo en el Congreso las
modificaciones a la ley de inmigración
(Ley Orgánica 4/2000). Y si se siguiera la
corriente del resto de la UE dicho plazo se
podría ampliar sensiblemente.
La idea es dar tiempo a las autoridades
para expulsar a los reclusos. Ya sea a través
de un vuelo a su país de origen o algún
otro medio al alcance de la mano.
Estos centros se vanaglorian de no tener
un “régimen penitenciario”, como expresa
el Ministerio del Interior. “Pero es una
mera formalidad. En la práctica son similares.
Es una experiencia dura. Se pasa
mal”, expresaba David Casadevall letrado
perteneciente el Colegio de Abogados y
asiduo defensor público de los internos.
Buena cuenta de ello puede dar Omar
un joven boliviano de 22 años que permaneció
35 días recluido en las dependencias
de la Zona Franca. Cuando llegó al CIE, ya
había estado 3 días en un calabozo de la Jefatura
Superior de Policía en Via Laietana,
esperando para comparecer ante el juez.
Tras un breve paso por el juzgado de Santa
Eulalia donde no tuvo oportunidad de expresarse
ante el magistrado, se le dictó
sentencia. Ésta consistió en una orden de
expulsión y una orden de encarcelamiento
preventivo en el CIE barcelonés.
Vida en el CIE
“Al llegar a la cárcel los policías que me escoltaban
entregaron mis efectos personales
que estaban guardados en una bolsita
transparente. Me volvieron a revisar e hicieron
que me desnudara. Luego me permitieron
tomar mi primera ducha en 4
días”, afirmó Omar.
El centro está provisto de dos pisos. En
el primero hay un comedor y una “sala de
recreación” de unos 12 metros por 6. Allí
hay una TV y unas cuantas sillas y mesas
metálicas. Además hay con un baño con 4
letrinas y un patio de tamaño similar a una
cancha de futbolito. “No se podía disfrutar
mucho del sol porque la mitad está cubierto”
aseguró Omar. En el segundo piso se
encuentran las celdas. éstas son habitaciones
con 2, 3 ó hasta 4 literas, y cuentan con
una pica la cual hace las veces de urinario.
Es que “se te permite ir al WC sólo durante
los ratos libres”, sentenció.
A pesar de no tratarse de un régimen
penitenciario como expone orgullosamente
el Ministerio del Interior, “nuestra cotidianeidad
estaba totalmente planificada”,
afirmó Omar. “Nuestro día empezaba a las
8 de la mañana cuando te despiertan los
guardias y te hacen bajar para desayunar
un café con leche y un croissant. Luego a
las 13 horas te dan de comer y de vuelta te
encierran en tu celda. A las 16 horas te
vuelven a bajar para que estires las piernas.
Y a las 22 de nuevo te recluyen en la celda
hasta el otro día”, explicó Denis, otro ciudadano
boliviano que fue privado de libertad
en esta cárcel.
Una historia de abusos
En 1999 recién se comenzó a reglamentar
este tipo de instituciones, casi 15 años después
de que aparecieran a la luz pública.
Durante este período muchas fueron las
denuncias por abusos cometidos dentro
de sus muros. Así lo manifestaron 3 abogados
en un su web Defensa jurídica (www.
nodo50.org/defensajuridica).
En 1989 un abogado “defensor del pueblo”
se encontró con “muchos extranjeros
encerrados en celdas individuales 24 horas
al día y en la oscuridad, incluso haciendo
sus necesidades en ella”. Los abusos incluso
llegaron a oídos del poder judicial
cuando en 1992 “el Fiscal General del Estado
denunció las malas condiciones del CIE
de Málaga”, según afirma dicha web especializada.
Hoy en día las condiciones siguen sin
ser las más apropiadas. Varias ONG como
SOS Racisme, que se ocupa de denunciar y
velar por los derechos de los inmigrantes,
han expresado su “preocupación por la falta
de transparencia y por el secretismo que
no permite la visita de estas organizaciones
de derechos humanos”, según explicó
su encargada de prensa. Además agregó
que no cuentan con la asistencia médica
necesaria para este tipo de centros, lo cual
pudimos comprobar con el testimonio de
Omar, quien fue atacado por otro interno
de origen marroquí.
“Este chico se la pasaba gritando toda la
noche y con mis paisanos le decíamos que
dejara dormir. Entonces uno de ellos le gritó:
‘Concha de tu madre deja dormir’”, confesó
el joven. Al día siguiente y sin previo
aviso este individuo golpeó a Omar en el
ojo y después corrió a refugiarse detrás de
uno de los guardias. “Cuando fui a increparlo
el guardia me habló a mí. Me dijo
que no le hiciera nada que nosotros (bolivianos)
somos buenos, que me quedara
tranquilo. Yo le decía que cómo me iba a ir
a mi país de vuelta con el ojo así. Allí adentro
lo único que me hicieron fue limpiarme
un poco la sangre de la nariz. Pero no
me dieron ni una aspirina. Y me dolía mucho.
Tenía la zona del ojo toda hinchada.
Pedí algún antiinflamatorio pero me dijeron
que no era necesario pedir una ambulancia
porque no tenía nada. Yo le dije que
tal vez para él no era nada. Pero para mí sí
lo era”, explicó sensiblemente afectado por
el hecho.
Los CIE no cuentan con una enfermería
propia y para cualquier emergencia médica
deben pedir una ambulancia externa.
Voluntad política y presupuesto
Los casos de las tres personas detenidas
son diferentes. Leandro Pozos venía de Argentina
con todos los requisitos necesarios
para ser un turista en nuestro país. Tenía
tique de vuelta, casi 2.000 euros en
efectivo y reserva de hotel. Sólo le faltaba
la carta de invitación que le tiene que preparar
una persona radicada en España. De
nada sirvió que en el consulado español de
Buenos Aires le dijeran que la carta no era
indispensable. Fue detenido y posteriormente
llevado al CIE barcelonés. Curioso
resultó el comentario realizado por el oficial
que lo detuvo: “Tienes que tener suerte
también, depende de quién te toque y
del humor con que se haya levantado”, graficando
la frágil situación de los afectados.
Por otra parte tanto Omar como Denis
vinieron con intenciones de quedarse a vivir.
Y de hecho fueron detectados y cuestionados
dos veces antes de caer recluidos.
Pero un error judicial a la hora de detener a
uno y la imposibilidad de retener al otro,
por razones desconocidas incluso por él
mismo, los dejaron en libertad. Y hoy circulan
libremente por la capital catalana.
En cada uno de los casos los afectados
expresaron su intención de cumplir la legislación
vigente y abandonar el país inmediatamente
si así lo requería el Gobierno.
Fue entonces cuando ofrecieron a los
jueces pagarse un pasaje aéreo para volver
a sus lugares de origen. Pero la solicitud
fue rechazada por los magistrados ordenando
su detención obligatoria.
Este hecho fue incluso cuestionado por
el abogado Casadevall quien declaró que
“se debería permitir a los recién llegados
volver ipso facto a su país si se ofrecen a
pagar un billete en el momento. Pero no
hay voluntad política de crear una forma
legal y un procedimiento que lo facilite”.
Fue el mismo jurista quien dejó entrever
otro problema a la hora de dirimir a
quiénes detener por esta causa. “Es normal
que haya delincuentes mezclados con
el resto de inmigrantes porque la policía
está instruida para detener, en lo posible, a
extranjeros en el momento de cometer algún
delito ya que esto agiliza el trámite de
expulsión”. Este punto es muy significativo
ya que “al atrapar a una persona en la calle
sin más, deben identificarlo y muchas veces
no tienen ningún pasaporte y no admiten
su nacionalidad. El Gobierno no tiene
presupuesto para enfrentarse a los gastos
que conlleva el proceso”, sentenció Casadevall.
Esta forma de afrontar la inmigración
ilegal parece viable en un país sumido en
una crisis financiera que además de exacerbar
los ánimos xenófobos también presenta
una laguna de ideas eficientes para
hacer de éste un mundo más justo.
¡Atracador! ¡Piratas!
by Marc Viaplana
No conocemos personalmente a Enric Duran
ni tenemos tratos con los modernos
corsarios somalís, pero los mencionamos
juntos aquí para celebrar sus actividades
como los ataques más eficaces de los últimos
años, perpetrados contra el capitalismo,
y también para admitir que tienen más
agallas que nosotros, que apenas sabemos
escribir. Da igual si Enric está familiarizado
o no con Clément Duval o Vittorio Pini, dos
anarquistas expropiadores que en la década
de 1880 hicieron en París lo mismo que
él aquí: sufragar la causa que defendían con
el producto del robo o la restitución, dos
palabras que a nosotros nos suenan igual. Y
no importa si en Somalia son ácratas o si
sólo piensan en pasarla bien; sus acciones
demuestran que la anarquía no es privilegio
de los anarquistas y que el sentido común
lleva a ella con más precisión que las obras
completas de Proudhon o Bakunin.
Enric ha atracado más bancos (¡treinta y
nueve!) que Durruti, Ascaso, Jover y la banda
Bonnot juntos, pero, no más listo que
aquellos sino más acorde con los tiempos,
lo ha hecho con arma tan corta como un
bolígrafo y papel timbrado, con lo que el
único animal maltratado habrá sido algún
gerifalte (ave rapaz que se alimenta de pequeños
mamíferos, ¡oh, coincidencia!) caído
de la butaca de una sala de dirección.
La estrategia de Duran se nos antoja más
cercana a la ilegalidad pacifista (desplumar
sin herir) de Marius Jacob, otro expropiador
clásico que financiaba la idea desparramando
mansiones de ricos, pero, mejor
aún, Enric está en la calle. Tras dos meses de
detención, no saben qué hacer con él y lo
sueltan. La “prisión provisional” sin fianza
basada en el “riesgo de fuga” no se aguanta,
puesto que se ha entregado él mismo, la
maniobra perfecta. Si ya no se le podía llamar
ladrón porque a un ladrón no se le suponen
cualidades éticas, ahora no se lo
puede acusar de prófugo ni de cobarde.
Igual que los objetores de los años ochenta,
que tras quedar exentos por decreto (había
demasiados) al aprobarse la ley de objeción
de conciencia decidieron re-objetar
para pasar de insumisos a desertores y seguir
poniendo al sistema en un brete, Enric
sabe que la continuación de su obra está
aquí, que su mensaje tiene mucha más
fuerza copiado de la memoria de una causa
penal que divulgado en octavillas fotocopiadas
o a través de la red. Otra vez como
los anarquistas de antaño, cuyos alegatos
en el tribunal (Parsons en Chicago, Kropotkin
en Lyon, Pallàs en Barcelona, Grave y
Faure en París, etc.) hicieron más por la idea
que cualquier manual, con lo que los procesos
anarquistas no tardaron en celebrarse a
puerta cerrada y en ser proscrita la divulgación
del texto de la causa.
En su Abolim la banca afirma que “no
negociaré penas menores para evitar cumplir
condena, ni pagaré una fianza, ni multa,
ni negociaré la deuda”. No pocos han debido
ser los consejos de administración que
se han estrujado los sesos para encontrar la
solución. Los bancos saben que no van a recuperar
sus 1000 binladens, o, por lo menos,
que no se los va a devolver Enric, pero tampoco
van a pasar la púa a cuentas incobrables
o a gastos imprevistos porque eso sentaría
un precedente, así que ¿qué hacer?
Lo mejor está por llegar. Mientras tanto,
buscad a Enric en la red y bajaos su breviario.
Leer Somalia y anarquía en la misma frase
habrá erizado el pelo a más de un militante
de la CGT. Le aconsejamos que se relaje
y no se preocupe, que todo lo que se
encrespa acaba sosegándose, y si no es así,
es que sigue calculando la anarquía por el
número de carnés, pero nosotros, demócratas
que no somos, preferimos la acción
individual al acopio, y el grupo de afinidad
al partido. Los piratas somalís no son anarquistas,
quizá no practiquen la propaganda
por el hecho, pero aplaudimos rabiosamente
su interpretación de la ilegalidad como
legítima respuesta a las atrocidades que en
las últimas dos décadas se han cometido
contra su pueblo.
No entraremos en disquisiciones sobre si
reina allí la critarquía o impera la adhocracia;
no queremos ser tachados de anarcocapitalistas
que confunden caos y anarquía,
pero estamos avisados de que no hay estado
central en Somalia desde 1991 y sabemos
que a partir de aquella fecha barcos
pesqueros con diferentes banderas empezaron
a expoliar sus mares, y que países europeos
y asiáticos estuvieron emponzoñando
sus costas mediante tratos con dictadores
efímeros que les hicieron una rebaja del
99% para deshacerse de residuos tóxicos —
uranio, plomo, mercurio, etc.— que el
tsunami de 2004 orilló allí y el efecto fue de
cientos de víctimas.
Desde principios de los años 90, las actividades
de los somalís costeños —pescadores
muchos de ellos— se limitaron en su
mayor parte a la defensa de sus aguas, pero
tras la invasión etíope de 2006, “para proteger
la soberanía de la nación”, con respaldo
made in USA “para contener el creciente
poder islamista que da refugio a terroristas
de Al-Qaeda”, empezaron a menudear los
ataques contra los mismos expoliadores intrusos
de antes, que pasaron así de denunciables
a denunciantes.
El setenta por ciento de la población nativa
apoya la piratería como forma de defensa
nacional, pero nadie lo cuenta. Las
únicas víctimas mortales han derivado de
enfrentamientos iniciados por extranjeros
que se lucran allí, pero eso no importa. Pesqueros
furtivos de Europa y de Asia siguen
exprimiendo anualmente la costa somalí
por tres veces el valor del total de rescates,
da igual. La situación es insostenible —dicen
los que tienen intereses allí— y ya se
han dictado nuevas leyes —la antigua patente
de corso— para perseguir a los malhechores
en sus propias aguas. Lo nunca
visto.
Barcelona Victoriana
Pudor legislatiu
by Jean Martin du Bruit
Les lleis les proposen els que tenen diners, i
resulta que molts d’ells són víctimes de les
seves contradiccions. La Rambla és cada cop
més, i tornem al doble sentit, un reducte orwellià.
L’autor anglès que immortalitzà amb
Homenatge a Catalunya els fets de maig a la
popular artèria també hi és representat per la
nova moda barcelonina: control ciutadà. Ara
resulta que el gremi d’hostalers considera
impúdic i perjudicial veure desfilar manades
de turistes en biquini. No els agrada, consideren
que la imatge de marca de la ciutat
en surt malmesa. No toquin el parc temàtic!
Són les conseqü̈ències de centrar guanys en
el turisme, vendre una imatge i creure que tot
és dominable. és l’estiu, fa calor, Cacaolat, la
sensació. La gran majoria de visitants es senten
frescos després d’un bany i volen perllongar
el seu benestar mentre passegen. Alguns comerciants
es mostren cofois per poder observar
precioses nòrdiques amb poca roba.
Jo també.
El debat és absurd. Cada dia veiem com el
senyor del tatuatge al cul fa la seva ruta ramblera
despullat. I no és l’únic. Quan Espanya
guanyà l’Eurocopa vaig compartir una nit
amb un home nu que no escandalitzava, era
part del paisatge. Quin és el problema? Hi ha
solució?
Mogut des del cor diria que el més senzill
seria deixar de presumir de progressisme i
treure’s la màscara si el poder vol endurir les
ja de per si absurdes lleis cíviques que ens regeixen.
Sent racional parlaria en primer lloc
d’hipocresia i en segon lloc d’espai i usos
topogràfics. Hipocresia basada en una dicotomia
entre públic i privat. És possible, no
ho afirmo, que aquells que critiquen els
turistes oblidin que s’enriqueixen gràcies als
generosos dinerets que deixen a casa nostra,
com també és possible que la seva amnèsia
s’aprofundeixi quan s’apaguen els llums i actuen
com volen a les seves llars. Cuando el río
suena agua lleva, i molts són els rumors de la
dissipada existència dels que s’omplen les
butxaques en un tres i no res. No els podem
sancionar?
El líquid element no s’omplirà de sang. Els
comerciants de la zona són més lúcids i parlen
de la llibertat del carrer, on tothom pot fer
el que vulgui mentre no ofengui els altres. I,
que jo sàpiga, anar lleugeret contra la
canícula no és cap pecat, només faltaria que
un ajuntament socialista i d’esquerdes multés
a la gent per ensenyar carn. Medievalismes i
farses postmoderns. El carrer és una cosa inviolable.
La propietat privada té altres normes
i usos, per això els comerciants volen imposar
mesures destinades a mantenir la decència
a les seves terrasses i exigir la samarreta
com a premissa per menjar i beure. Ningú els
pot dir res de res, doncs és lícit que a casa
seva imposin hàbits des del respecte.
No hi ha escàndol, però sí reflexió sobre
com convertim el lloc on vivim. Sembla que a
mesura que avança el segle, l’ésser humà es
veu transportat a un nou món d’estructures
delimitades, fronteres mentals i físiques bastant
incomprensibles. Els bitllets de metro
ens desitgen que gaudim del trajecte quan a
l’andana sentim una veu feixista que ens exigeix
no fumar, no suïcidar-nos i no fer res dolent
segons el seu demencial criteri. Amb la roba
passa el mateix. El crit amarg de Jordi Clos,
president dels hostalers, té un vessant
hipòcrita que amenaça altres llums amb el
desig d’establir quadrícules on desenvolupar
activitats amb un uniforme predeterminat. A
la platja banyador, a la ciutat pantalons. No
ens salvaran els tristos superhereus de BCN.
Em donareu una bossa per vomitar si en tinc
ganes? Em multareu? Civisme i sinceritat, si
us plau.
Got to Grow Up to Get Down
by Anna Gurney
“Instead of considering all the evidence, I
just applied some common sense – otherwise
known as prejudice – and came up
with a totally wrong answer.”
This scathing dismissal, by Stephen Hawking,
of a concept generally considered positive,
has got me thinking about the notion
of common sense. On the one hand it is a
way of describing logical thinking, on the
other, a way of moulding collective thought
to encourage the automatic acceptance of
social norms, like the idea that cheaper is
better.
Defying common sense can bring you
out of your comfort zone. The results are
often negative (think of the TV stunt where
a pogo stick bounces ever so carefully towards
a skateboard), but it always plants
questions in your mind. I once saw a book
hanging from a tree on a crowded street I
used every day. Why was there a book
hanging from a tree? I was curious and
stopped in my tracks to look at it – hardback,
open a crack, and quite clearly planted
with a purpose. Should I cross the pavement
to open it? Everyone else was ignoring
the book, so I let hesitation hold me back.
The morning continued as normal, but I
should have stepped out of my routine that
day. These kind of oddities encourage us to
reflect and be critical.
The urban environment we move in is
often taken for granted; “someone else”
designs it and manages it. As individuals
we think of ourselves as powerless and
having little voice. Subcity, a group in Barcelona,
are making us challenge these
ideas by running campaigns that cause us
to question common sense and that draw
attention to two of their big criticisms of
the city – the need for more green space in
the city centre (their Revolución Natural
campaign) and the lack of public toilets
(Pixing, which will be making a comeback
during La Mercè).
The Revolución Natural argument revolves
not only around the obvious health
and sustainability issues, but also the idea
that parks make you feel better: nature
contrasts with cement-laden streets and
affects our emotions and interrelations.
City dwellers everywhere talk of getting
away, but why confine ourselves to an existence
of toil-vs.-holidays when we could
make our neighbourhoods more like the
places we escape to? Subcity made their
point by planting flowers in unexpected
places. In the Born, neighbours came together
to water and maintain the garden
that appeared overnight in their plaza, and
drain covers were removed and replaced
with flowers to draw attention to the water
that passes under the city. The interventions
were designed to jolt people out of
their rhythm, and when combined with
their flyers and blog, which explain the
philosophy behind the campaign, they go
beyond action to initiate contemplation.
When tree roots break through the pavement,
they demonstrate that nature still
grows up even as concrete would stamp it
down. It’s an analogy to the goals of Subcity;
by focusing on specific problems and cooperating,
individuals can develop a voice
and a platform from which to make demands.
In raising awareness and informing
the public, they’ve created an alternative
to the “common sense” that restricts
us.
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