BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 78 | September 10, 2009

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iLike | nº 79


FRONTIERS | nº 78


Pairs | nº 77


Yellow | nº 76


Conspiracies | nº 75

Illustration: Lilli Langenhein




DERECHITO A LA CÁRCEL

Ni Gaudí ni Fórum de las Culturas

by Julián Socorro

Cuando se subió al vuelo de Aerolíneas Argentinas que lo llevaría a la España de sus bisabuelos por primera vez, Leandro Pozos, un músico argentino de 26 años, sentía la ilusión propia de quien emprende un viaje especial. Mientras cruzaba el océano Atlántico a 10.000 metros de altura se embriagaba con la sensación de libertad que supone “desengancharse de la rutina y encontrarse con uno mismo”. Pero al tocar suelo catalán, el avión no fue el único en “bajar de las nubes”. La policía de inmigración lo detuvo y en cuestión de minutos pasó de turista a presidiario.

Prisión Express
Los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) se crearon en 1985, con 6 dependencias distribuidas por el territorio español, uno de ellos en la Zona Franca de Barcelona. Su fin es el de contener a los extranjeros que llegan o que ya están habitando en este país sin el permiso correspondiente, a la espera de su deportación. El ingreso en una de estas prisiones lo dictamina un juez, previa detención del individuo por parte de las fuerzas de orden. Según la legislación actual el plazo máximo de reclusión es de 40 días, pero actualmente se están debatiendo en el Congreso las modificaciones a la ley de inmigración (Ley Orgánica 4/2000). Y si se siguiera la corriente del resto de la UE dicho plazo se podría ampliar sensiblemente.

La idea es dar tiempo a las autoridades para expulsar a los reclusos. Ya sea a través de un vuelo a su país de origen o algún otro medio al alcance de la mano.

Estos centros se vanaglorian de no tener un “régimen penitenciario”, como expresa el Ministerio del Interior. “Pero es una mera formalidad. En la práctica son similares. Es una experiencia dura. Se pasa mal”, expresaba David Casadevall letrado perteneciente el Colegio de Abogados y asiduo defensor público de los internos.

Buena cuenta de ello puede dar Omar un joven boliviano de 22 años que permaneció 35 días recluido en las dependencias de la Zona Franca. Cuando llegó al CIE, ya había estado 3 días en un calabozo de la Jefatura Superior de Policía en Via Laietana, esperando para comparecer ante el juez. Tras un breve paso por el juzgado de Santa Eulalia donde no tuvo oportunidad de expresarse ante el magistrado, se le dictó sentencia. Ésta consistió en una orden de expulsión y una orden de encarcelamiento preventivo en el CIE barcelonés.

Vida en el CIE
“Al llegar a la cárcel los policías que me escoltaban entregaron mis efectos personales que estaban guardados en una bolsita transparente. Me volvieron a revisar e hicieron que me desnudara. Luego me permitieron tomar mi primera ducha en 4 días”, afirmó Omar.

El centro está provisto de dos pisos. En el primero hay un comedor y una “sala de recreación” de unos 12 metros por 6. Allí hay una TV y unas cuantas sillas y mesas metálicas. Además hay con un baño con 4 letrinas y un patio de tamaño similar a una cancha de futbolito. “No se podía disfrutar mucho del sol porque la mitad está cubierto” aseguró Omar. En el segundo piso se encuentran las celdas. éstas son habitaciones con 2, 3 ó hasta 4 literas, y cuentan con una pica la cual hace las veces de urinario. Es que “se te permite ir al WC sólo durante los ratos libres”, sentenció.

A pesar de no tratarse de un régimen penitenciario como expone orgullosamente el Ministerio del Interior, “nuestra cotidianeidad estaba totalmente planificada”, afirmó Omar. “Nuestro día empezaba a las 8 de la mañana cuando te despiertan los guardias y te hacen bajar para desayunar un café con leche y un croissant. Luego a las 13 horas te dan de comer y de vuelta te encierran en tu celda. A las 16 horas te vuelven a bajar para que estires las piernas. Y a las 22 de nuevo te recluyen en la celda hasta el otro día”, explicó Denis, otro ciudadano boliviano que fue privado de libertad en esta cárcel.

Una historia de abusos
En 1999 recién se comenzó a reglamentar este tipo de instituciones, casi 15 años después de que aparecieran a la luz pública. Durante este período muchas fueron las denuncias por abusos cometidos dentro de sus muros. Así lo manifestaron 3 abogados en un su web Defensa jurídica (www. nodo50.org/defensajuridica).

En 1989 un abogado “defensor del pueblo” se encontró con “muchos extranjeros encerrados en celdas individuales 24 horas al día y en la oscuridad, incluso haciendo sus necesidades en ella”. Los abusos incluso llegaron a oídos del poder judicial cuando en 1992 “el Fiscal General del Estado denunció las malas condiciones del CIE de Málaga”, según afirma dicha web especializada.

Hoy en día las condiciones siguen sin ser las más apropiadas. Varias ONG como SOS Racisme, que se ocupa de denunciar y velar por los derechos de los inmigrantes, han expresado su “preocupación por la falta de transparencia y por el secretismo que no permite la visita de estas organizaciones de derechos humanos”, según explicó su encargada de prensa. Además agregó que no cuentan con la asistencia médica necesaria para este tipo de centros, lo cual pudimos comprobar con el testimonio de Omar, quien fue atacado por otro interno de origen marroquí.

“Este chico se la pasaba gritando toda la noche y con mis paisanos le decíamos que dejara dormir. Entonces uno de ellos le gritó: ‘Concha de tu madre deja dormir’”, confesó el joven. Al día siguiente y sin previo aviso este individuo golpeó a Omar en el ojo y después corrió a refugiarse detrás de uno de los guardias. “Cuando fui a increparlo el guardia me habló a mí. Me dijo que no le hiciera nada que nosotros (bolivianos) somos buenos, que me quedara tranquilo. Yo le decía que cómo me iba a ir a mi país de vuelta con el ojo así. Allí adentro lo único que me hicieron fue limpiarme un poco la sangre de la nariz. Pero no me dieron ni una aspirina. Y me dolía mucho. Tenía la zona del ojo toda hinchada. Pedí algún antiinflamatorio pero me dijeron que no era necesario pedir una ambulancia porque no tenía nada. Yo le dije que tal vez para él no era nada. Pero para mí sí lo era”, explicó sensiblemente afectado por el hecho.

Los CIE no cuentan con una enfermería propia y para cualquier emergencia médica deben pedir una ambulancia externa.

Voluntad política y presupuesto
Los casos de las tres personas detenidas son diferentes. Leandro Pozos venía de Argentina con todos los requisitos necesarios para ser un turista en nuestro país. Tenía tique de vuelta, casi 2.000 euros en efectivo y reserva de hotel. Sólo le faltaba la carta de invitación que le tiene que preparar una persona radicada en España. De nada sirvió que en el consulado español de Buenos Aires le dijeran que la carta no era indispensable. Fue detenido y posteriormente llevado al CIE barcelonés. Curioso resultó el comentario realizado por el oficial que lo detuvo: “Tienes que tener suerte también, depende de quién te toque y del humor con que se haya levantado”, graficando la frágil situación de los afectados.

Por otra parte tanto Omar como Denis vinieron con intenciones de quedarse a vivir. Y de hecho fueron detectados y cuestionados dos veces antes de caer recluidos. Pero un error judicial a la hora de detener a uno y la imposibilidad de retener al otro, por razones desconocidas incluso por él mismo, los dejaron en libertad. Y hoy circulan libremente por la capital catalana.

En cada uno de los casos los afectados expresaron su intención de cumplir la legislación vigente y abandonar el país inmediatamente si así lo requería el Gobierno. Fue entonces cuando ofrecieron a los jueces pagarse un pasaje aéreo para volver a sus lugares de origen. Pero la solicitud fue rechazada por los magistrados ordenando su detención obligatoria.

Este hecho fue incluso cuestionado por el abogado Casadevall quien declaró que “se debería permitir a los recién llegados volver ipso facto a su país si se ofrecen a pagar un billete en el momento. Pero no hay voluntad política de crear una forma legal y un procedimiento que lo facilite”.

Fue el mismo jurista quien dejó entrever otro problema a la hora de dirimir a quiénes detener por esta causa. “Es normal que haya delincuentes mezclados con el resto de inmigrantes porque la policía está instruida para detener, en lo posible, a extranjeros en el momento de cometer algún delito ya que esto agiliza el trámite de expulsión”. Este punto es muy significativo ya que “al atrapar a una persona en la calle sin más, deben identificarlo y muchas veces no tienen ningún pasaporte y no admiten su nacionalidad. El Gobierno no tiene presupuesto para enfrentarse a los gastos que conlleva el proceso”, sentenció Casadevall.

Esta forma de afrontar la inmigración ilegal parece viable en un país sumido en una crisis financiera que además de exacerbar los ánimos xenófobos también presenta una laguna de ideas eficientes para hacer de éste un mundo más justo.

¡Atracador! ¡Piratas!

by Marc Viaplana

No conocemos personalmente a Enric Duran ni tenemos tratos con los modernos corsarios somalís, pero los mencionamos juntos aquí para celebrar sus actividades como los ataques más eficaces de los últimos años, perpetrados contra el capitalismo, y también para admitir que tienen más agallas que nosotros, que apenas sabemos escribir. Da igual si Enric está familiarizado o no con Clément Duval o Vittorio Pini, dos anarquistas expropiadores que en la década de 1880 hicieron en París lo mismo que él aquí: sufragar la causa que defendían con el producto del robo o la restitución, dos palabras que a nosotros nos suenan igual. Y no importa si en Somalia son ácratas o si sólo piensan en pasarla bien; sus acciones demuestran que la anarquía no es privilegio de los anarquistas y que el sentido común lleva a ella con más precisión que las obras completas de Proudhon o Bakunin.

Enric ha atracado más bancos (¡treinta y nueve!) que Durruti, Ascaso, Jover y la banda Bonnot juntos, pero, no más listo que aquellos sino más acorde con los tiempos, lo ha hecho con arma tan corta como un bolígrafo y papel timbrado, con lo que el único animal maltratado habrá sido algún gerifalte (ave rapaz que se alimenta de pequeños mamíferos, ¡oh, coincidencia!) caído de la butaca de una sala de dirección.

La estrategia de Duran se nos antoja más cercana a la ilegalidad pacifista (desplumar sin herir) de Marius Jacob, otro expropiador clásico que financiaba la idea desparramando mansiones de ricos, pero, mejor aún, Enric está en la calle. Tras dos meses de detención, no saben qué hacer con él y lo sueltan. La “prisión provisional” sin fianza basada en el “riesgo de fuga” no se aguanta, puesto que se ha entregado él mismo, la maniobra perfecta. Si ya no se le podía llamar ladrón porque a un ladrón no se le suponen cualidades éticas, ahora no se lo puede acusar de prófugo ni de cobarde.

Igual que los objetores de los años ochenta, que tras quedar exentos por decreto (había demasiados) al aprobarse la ley de objeción de conciencia decidieron re-objetar para pasar de insumisos a desertores y seguir poniendo al sistema en un brete, Enric sabe que la continuación de su obra está aquí, que su mensaje tiene mucha más fuerza copiado de la memoria de una causa penal que divulgado en octavillas fotocopiadas o a través de la red. Otra vez como los anarquistas de antaño, cuyos alegatos en el tribunal (Parsons en Chicago, Kropotkin en Lyon, Pallàs en Barcelona, Grave y Faure en París, etc.) hicieron más por la idea que cualquier manual, con lo que los procesos anarquistas no tardaron en celebrarse a puerta cerrada y en ser proscrita la divulgación del texto de la causa.

En su Abolim la banca afirma que “no negociaré penas menores para evitar cumplir condena, ni pagaré una fianza, ni multa, ni negociaré la deuda”. No pocos han debido ser los consejos de administración que se han estrujado los sesos para encontrar la solución. Los bancos saben que no van a recuperar sus 1000 binladens, o, por lo menos, que no se los va a devolver Enric, pero tampoco van a pasar la púa a cuentas incobrables o a gastos imprevistos porque eso sentaría un precedente, así que ¿qué hacer?

Lo mejor está por llegar. Mientras tanto, buscad a Enric en la red y bajaos su breviario.

Leer Somalia y anarquía en la misma frase habrá erizado el pelo a más de un militante de la CGT. Le aconsejamos que se relaje y no se preocupe, que todo lo que se encrespa acaba sosegándose, y si no es así, es que sigue calculando la anarquía por el número de carnés, pero nosotros, demócratas que no somos, preferimos la acción individual al acopio, y el grupo de afinidad al partido. Los piratas somalís no son anarquistas, quizá no practiquen la propaganda por el hecho, pero aplaudimos rabiosamente su interpretación de la ilegalidad como legítima respuesta a las atrocidades que en las últimas dos décadas se han cometido contra su pueblo.

No entraremos en disquisiciones sobre si reina allí la critarquía o impera la adhocracia; no queremos ser tachados de anarcocapitalistas que confunden caos y anarquía, pero estamos avisados de que no hay estado central en Somalia desde 1991 y sabemos que a partir de aquella fecha barcos pesqueros con diferentes banderas empezaron a expoliar sus mares, y que países europeos y asiáticos estuvieron emponzoñando sus costas mediante tratos con dictadores efímeros que les hicieron una rebaja del 99% para deshacerse de residuos tóxicos — uranio, plomo, mercurio, etc.— que el tsunami de 2004 orilló allí y el efecto fue de cientos de víctimas.

Desde principios de los años 90, las actividades de los somalís costeños —pescadores muchos de ellos— se limitaron en su mayor parte a la defensa de sus aguas, pero tras la invasión etíope de 2006, “para proteger la soberanía de la nación”, con respaldo made in USA “para contener el creciente poder islamista que da refugio a terroristas de Al-Qaeda”, empezaron a menudear los ataques contra los mismos expoliadores intrusos de antes, que pasaron así de denunciables a denunciantes.

El setenta por ciento de la población nativa apoya la piratería como forma de defensa nacional, pero nadie lo cuenta. Las únicas víctimas mortales han derivado de enfrentamientos iniciados por extranjeros que se lucran allí, pero eso no importa. Pesqueros furtivos de Europa y de Asia siguen exprimiendo anualmente la costa somalí por tres veces el valor del total de rescates, da igual. La situación es insostenible —dicen los que tienen intereses allí— y ya se han dictado nuevas leyes —la antigua patente de corso— para perseguir a los malhechores en sus propias aguas. Lo nunca visto.

Barcelona Victoriana

Pudor legislatiu

by Jean Martin du Bruit

Les lleis les proposen els que tenen diners, i resulta que molts d’ells són víctimes de les seves contradiccions. La Rambla és cada cop més, i tornem al doble sentit, un reducte orwellià. L’autor anglès que immortalitzà amb Homenatge a Catalunya els fets de maig a la popular artèria també hi és representat per la nova moda barcelonina: control ciutadà. Ara resulta que el gremi d’hostalers considera impúdic i perjudicial veure desfilar manades de turistes en biquini. No els agrada, consideren que la imatge de marca de la ciutat en surt malmesa. No toquin el parc temàtic! Són les conseqü̈ències de centrar guanys en el turisme, vendre una imatge i creure que tot és dominable. és l’estiu, fa calor, Cacaolat, la sensació. La gran majoria de visitants es senten frescos després d’un bany i volen perllongar el seu benestar mentre passegen. Alguns comerciants es mostren cofois per poder observar precioses nòrdiques amb poca roba. Jo també.

El debat és absurd. Cada dia veiem com el senyor del tatuatge al cul fa la seva ruta ramblera despullat. I no és l’únic. Quan Espanya guanyà l’Eurocopa vaig compartir una nit amb un home nu que no escandalitzava, era part del paisatge. Quin és el problema? Hi ha solució?

Mogut des del cor diria que el més senzill seria deixar de presumir de progressisme i treure’s la màscara si el poder vol endurir les ja de per si absurdes lleis cíviques que ens regeixen. Sent racional parlaria en primer lloc d’hipocresia i en segon lloc d’espai i usos topogràfics. Hipocresia basada en una dicotomia entre públic i privat. És possible, no ho afirmo, que aquells que critiquen els turistes oblidin que s’enriqueixen gràcies als generosos dinerets que deixen a casa nostra, com també és possible que la seva amnèsia s’aprofundeixi quan s’apaguen els llums i actuen com volen a les seves llars. Cuando el río suena agua lleva, i molts són els rumors de la dissipada existència dels que s’omplen les butxaques en un tres i no res. No els podem sancionar?

El líquid element no s’omplirà de sang. Els comerciants de la zona són més lúcids i parlen de la llibertat del carrer, on tothom pot fer el que vulgui mentre no ofengui els altres. I, que jo sàpiga, anar lleugeret contra la canícula no és cap pecat, només faltaria que un ajuntament socialista i d’esquerdes multés a la gent per ensenyar carn. Medievalismes i farses postmoderns. El carrer és una cosa inviolable. La propietat privada té altres normes i usos, per això els comerciants volen imposar mesures destinades a mantenir la decència a les seves terrasses i exigir la samarreta com a premissa per menjar i beure. Ningú els pot dir res de res, doncs és lícit que a casa seva imposin hàbits des del respecte.

No hi ha escàndol, però sí reflexió sobre com convertim el lloc on vivim. Sembla que a mesura que avança el segle, l’ésser humà es veu transportat a un nou món d’estructures delimitades, fronteres mentals i físiques bastant incomprensibles. Els bitllets de metro ens desitgen que gaudim del trajecte quan a l’andana sentim una veu feixista que ens exigeix no fumar, no suïcidar-nos i no fer res dolent segons el seu demencial criteri. Amb la roba passa el mateix. El crit amarg de Jordi Clos, president dels hostalers, té un vessant hipòcrita que amenaça altres llums amb el desig d’establir quadrícules on desenvolupar activitats amb un uniforme predeterminat. A la platja banyador, a la ciutat pantalons. No ens salvaran els tristos superhereus de BCN. Em donareu una bossa per vomitar si en tinc ganes? Em multareu? Civisme i sinceritat, si us plau.

Got to Grow Up to Get Down

by Anna Gurney

“Instead of considering all the evidence, I just applied some common sense – otherwise known as prejudice – and came up with a totally wrong answer.”

This scathing dismissal, by Stephen Hawking, of a concept generally considered positive, has got me thinking about the notion of common sense. On the one hand it is a way of describing logical thinking, on the other, a way of moulding collective thought to encourage the automatic acceptance of social norms, like the idea that cheaper is better.

Defying common sense can bring you out of your comfort zone. The results are often negative (think of the TV stunt where a pogo stick bounces ever so carefully towards a skateboard), but it always plants questions in your mind. I once saw a book hanging from a tree on a crowded street I used every day. Why was there a book hanging from a tree? I was curious and stopped in my tracks to look at it – hardback, open a crack, and quite clearly planted with a purpose. Should I cross the pavement to open it? Everyone else was ignoring the book, so I let hesitation hold me back. The morning continued as normal, but I should have stepped out of my routine that day. These kind of oddities encourage us to reflect and be critical.

The urban environment we move in is often taken for granted; “someone else” designs it and manages it. As individuals we think of ourselves as powerless and having little voice. Subcity, a group in Barcelona, are making us challenge these ideas by running campaigns that cause us to question common sense and that draw attention to two of their big criticisms of the city – the need for more green space in the city centre (their Revolución Natural campaign) and the lack of public toilets (Pixing, which will be making a comeback during La Mercè).

The Revolución Natural argument revolves not only around the obvious health and sustainability issues, but also the idea that parks make you feel better: nature contrasts with cement-laden streets and affects our emotions and interrelations. City dwellers everywhere talk of getting away, but why confine ourselves to an existence of toil-vs.-holidays when we could make our neighbourhoods more like the places we escape to? Subcity made their point by planting flowers in unexpected places. In the Born, neighbours came together to water and maintain the garden that appeared overnight in their plaza, and drain covers were removed and replaced with flowers to draw attention to the water that passes under the city. The interventions were designed to jolt people out of their rhythm, and when combined with their flyers and blog, which explain the philosophy behind the campaign, they go beyond action to initiate contemplation.

When tree roots break through the pavement, they demonstrate that nature still grows up even as concrete would stamp it down. It’s an analogy to the goals of Subcity; by focusing on specific problems and cooperating, individuals can develop a voice and a platform from which to make demands. In raising awareness and informing the public, they’ve created an alternative to the “common sense” that restricts us.

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