BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 73 | March 12, 2009

FEATURES

DIY | nº 81


Europeanism | nº 80


iLike | nº 79


Frontiers | nº 78


Pairs | nº 77


Yellow | nº 76


Conspiracies | nº 75


Resurrection | nº 74


DEATH | nº 73

Foto: Jordi Corominas i Julián




LA MUERTE SOBRE RUEDAS

El Guitarrista en la Morgue

by Jordi Corominas i Julián

Herodio Hematocrito aparece como No Conectado. Recibirá los mensajes que le envíes la próxima vez que inicie sesión. Mi contacto estaba muerto en el Messenger. Pulsé 4 teclas, dejé un saludo y se obró el milagro de la resurrección. Una amiga me habló de un guitarrista que trabajaba, cosas de vivir en Barcelona y tener menos de treinta años, en la morgue. Morgue. Extraordinaria palabra. Evoca a Edgar Allan Poe y te traslada a grandes obras de la historia del cine como... ¡mecagüen mis muertos! Ahora no me acuerdo de ninguna, pero mi limitada memoria, siempre menor a medida que mis horas van agotándose, agita la visión de un Tom Cruise desquiciado en su afán de encontrar en el depósito de cadáveres a su hermosa partenaire de la fiesta enmascarada. Eyes wide shut.

El siglo XX ha contribuido, con sus virtudes y excesos, a configurar en el inconsciente colectivo la imagen de la señora de la guadaña como una estadística. El Titanic y su derrota ante la naturaleza iniciaron una senda imperfecta que con el progreso tecnológico fue ganando precisión, aunque aún hoy en día algunos fanáticos con sotana nieguen el Holocausto.

Vivir, comer, reír, follar, dormir. La sociedad del ocio disipado y larga esperanza de vida no piensa en la muerte. Por eso cuando algún hecho luctuoso se acerca más de la cuenta elevamos las antenas. El peligro de la innombrable es real. La escasa relevancia del último suspiro nace a partir de un exceso de información que provoca el olvido y lleva a la distancia, inútil truco de ignorancia derribador de barreras seculares. ¿Existe la morgue? ¿No es una ficción narrativa? ¿En serio es todo como en CSI Miami?

(1:06AM) Jordi: ¿Qué tal tío? ¿Te dijo María Helena lo de la charla?
(1:07AM) Herodio: Sí. ¿Qué tal todo? Fliparás palomitas.
(1:07AM) Jordi: ¿Qué haces exactamente?
(1:11AM) Herodio: Ahora chateo contigo, pero ya sé que quieres que te hable de las profundidades de mi abismo laboral, jajaja.
(1:11AM) Jordi: Algo así, dispara, venga.

Alguien tiene que trasladar los cuerpos a esa habitación sin vistas. Ese hombre es Herodio Hematocrito. En términos técnicos su ocupación es la de auxiliar sanitario. Él se autodenomina piloto de camillas porque, en los pocos ratos libres de los que dispone en el trabajo, se lo pasa bomba con las carreras de velocidad por los pasillos, un pequeño alivio en su tarea de transportar enfermos por el hospital. Dentro del cuerpo de camilleros hay puestos con funciones especiales. Uno de ellos consiste en transportar los fallecidos a su penúltima morada, la morgue, una estancia llena de neveras en que se consignan los cuerpos. Muchos van directos a la furgoneta del tanatorio; otros en cambio pasan más horas congelados al ser donantes de órganos a los que se les realizan extracciones.

Herodio suple al auxiliar que cumple esa función. Tiene un busca para estar localizable en todo el arco del recinto sanitario. El aparatito suena sálo para informar de un exitus. Una persona ha dejado de respirar para siempre. Nuestro amigo les llama fiambres o callaos. Considera que callao es más entrañable, así intenta que su mano a mano con la dama negra sea más llevadero. La rutina anula impactos y el corazón adquiere hielos protectores. En ocasiones el intrépido camillero tiene que entrar en boxes donde la familia llora la pérdida. Ora et labora. Abre el sudario, introduce el organismo exánime, pon cara de póquer y diles con amabilidad a los allegados que no pueden acompañarte. No te preocupes si vas a una sala con un óbito inesperado. Ya se te han secado las lágrimas de ver tanto desconsuelo ajeno. Casi, casi conviene recordar una canción italiana y entonar c’e chi aspetta la pioggia per non piangere da solo. Sigue esas reglas y circularás por el camino sin obsesionarte con tu cometido, influencia inconsciente que hace enfocar parte de las cosas, sean sociales o artísticas, de manera distinta. Puedes portear la parihuela con toda naturalidad, no es muy distinto a cualquier otra labor; la diferencia estriba en enfrentarse a un hecho humano que sigue siendo un gran tabú que pierde trascendencia si lo incorporas a tu cotidianidad y lo aceptas como quien gana su sueldo reponiendo yogures en el supermercado. Muchos camilleros consideran que es menos duro ver a un fiambre que a cualquier persona llena de tubos mientras agoniza en la UCI. Al fin y al cabo tratar con un muerto es más tranquilo que hacerlo con un vivo, duele menos subir una escalera con dos piernas que ver amputaciones y el sueño inocente de quien acaba de perder un trozo de sí mismo y despertará incapaz de aceptar una nueva pesadilla.

(1:29AM) Jordi: Oye, cuéntame alguna chocante, de esas que se te ponen los pelos como escarpias.
(1:31AM) Herodio: Tampoco creas que me recreo tanto con los callaos.
(1:31AM) Jordi: Va hombre, no seas terco, suelta alguna memorable.
(1:35AM) Herodio: No hay nada de necrofilias ni necrofagias. Aunque ahora que pienso tengo un par que te gustarán...

Un par no. Efemérides a carretas. Una destaca sobremanera. Un miércoles por la noche recibió una llamada a su querido busca. Le reclamaban para un servicio en la habitación 11.1. Llegó, vio y procedió a cargar, nunca mejor dicho, con el muerto, cuando de repente giró el cuerpo y captó resistencia por parte del fallecido, vivito y coleando pese a su avanzada edad. Nunca hay que matar al mensajero, pero esta vez se había equivocado de número. El callao estaba en la 11.2.

(1:41AM) Jordi: ¿Y la música?
(1:43AM) Herodio: Ya me conoces, tampoco toco black metal. Mi aspecto tampoco luce en negro.
(1:43AM) Jordi: Me refiero a cómo llevas ser custodio de la muerte de día y músico de noche...
(1:47AM) Herodio: 2+2 son 4, poco más puedo decir. Otros están el taxi por la mañana y duermen por la noche. Cada vida tiene estas pequeñas circunstancias.
(1:49AM) Jordi: You know the day destroys the night, night divides the day you know the day...
(1:51AM) Herodio: Eso es, vayamos al grano.

Si la existencia fuera perfecta, Herodio Hematocrito dedicaría sus minutos a tocar la guitarra. En la morgue no imagina acordes ni sobrevuela melodías. La frialdad de su cometido no evita que nos brinde una bella reflexión sobre música mortuoria. En su opinión existe un gran número de personas que tienen entre sus composiciones favoritas temas que aluden a la muerte; escuchamos demasiada música en inglés y la mayoría tararea la letra sin darse cuenta de su significado. Su canción funérea favorita es “The End” de The Doors. El tema que Francis Ford Coppola usó en la apertura de Apocalypse now trata del final de una relación desde una admirable riqueza de matices que tienen su colofón en una de las frases previas al cierre: The end of nights we tried to die. El fin de las noches en que intentamos morir. Verso profético para Morrison, con quien su poesía nos lleva a un tema muy delicado que corrobora la idea de tabú desde otra perspectiva. ¿Por qué ignoramos el suicidio? ¿Por qué la autodestrucción masiva de la sociedad de consumo corre un tupido velo sobre los insatisfechos que deciden poner un anticipado punto y final?

(1:59AM) Jordi: ¿Conoces la respuesta?
(2:00AM) Herodio: Tengo hambre, voy a ver qué tal va la comida.
(2:03AM) Jordi: ¿Spaghetti?
(2:09AM) Herodio: No, demasiado largo de explicar, una guarrada con patatas, pollo y especias. ¿Crees que ya tenemos todo?
(2:10AM) Jordi: Sí, siempre quedan pequeños flecos por cubrir. Ya lo descubriremos cuando salga el artículo.
(2:14AM) Herodio: ¿Y eso?
(2:15AM) Jordi: Dejemos la última palabra al lector. Sabe más que nosotros.
(2:26AM) Herodio Hematocrito aparece como No Conectado. Recibirá los mensajes que le envíes la próxima vez que inicie sesión.

D.O.G.R.I.P.

Bone yard blues

by Dan Scott

For animals, death is not an event. Of course, they die in the most flamboyant of ways, en masse - throwing themselves off cliffs, tearing their own family members limb from limb, leaving their picked carcasses in steaming hot deserts. In fact, when it comes to ways and means of dying, the animal kingdom is far more creative than the human population, which prefers silent death, perhaps in a magnolia-coloured ward, or in our sleep, as our family lie awake, worrying in neighbouring rooms. What animals lack are all the rites of passage, metaphysical terror and wailing grief that come with human passing.

The only animal with any sense of occasion in death is the elephant, having the good grace to carry itself to a graveyard and, only then, die (if only great-aunt Mary would do the same, you say). No animal, sick of a meaningless life, leaves a suicide note. No animal, terrified of oblivion, demands an obelisk in its honour. So why is it we have to foist our very human obsessions onto these dumb creatures? Why do we scoop Flossy off the motorway, put her in a plastic bag and bury her under a cross made of lollipop sticks?

20 km outside Barcelona, close to Torrelles de Llobregat, is the Cementiri de Petits Animals, self-styled as the largest pet cemetery in mainland Europe. Perhaps it can offer some clues. It’s the final resting place of 2000 animals, from dogs to parakeets, the prize corpse being a fire-dog that rescued eight people from a burning house in 1992. We visited on a quiet Sunday afternoon, expecting locked gates, but instead were greeted by the caretaker, an elderly man who spoke in a thick Catalan we couldn’t penetrate. Our dog-eared Catalan phrasebook was of no use there. He immediately assumed we were grieving pet owners and offered us a tour. Obligingly, we followed.

“The basic charge is 200 euros, and then rent is 50 a year, depending on the size of the plot”. We nodded, looking forlorn, not wanting to upset the fiction. He led us through a warren of paths. “Here is for dog families, up to 6 in a plot”. Elaborate marble plinths listed generations of canines – Lada 1980-2007, Duc 2007-2008, Rufus 2006-2008. Some plots boasted Disney-style sculptures of the deceased whilst others favoured oil paintings or more subtle poetic eulogies. We climbed up steep steps to the top tier of graves. Most were the concrete silo type, with the remains inserted in the wall and then fronted with dogged Polaroids of shaggy creatures running to fetch sticks, or posing with paw on ball. The highest level plots were sought after, and reserved for larger dogs, “They have a nicer view here as well”. Sure enough, the elevation looked out over a large evergreen wood. The view cost more, though: 10 euros extra on the yearly rent. Finally, we reached the parakeet section, tiny holes in the wall with even tinier photos of tiny birds perched amidst nondescript foliage. Our guide pointed to the soil. “Here’s our vineyard, we made wine last year”. Grapevines, growing from earth fertilized by Lada and Duc, crawled up the wall next to the dead parakeets. We passed on an offer of a glass. The tour was over.

So, did we learn anything beyond the going rate for dead rabbit stewardship? These bizarre death rituals are certainly more for the benefit of the griever (or curious tourist) than the deceased; much like hospitals or day care. We keep people alive to make everyone else feel better. And we bury them in pretty holes to ease our guilt about not being dead too. Ultimately, the lollipop in the garden is a more personal, and cheaper, tribute; Flossy would have wanted it that way.

Demasiado Viejo Para Morir Joven

by Marc Viaplana

Más digno de parabién que de lamentar es que en esta ciudad, cuando se trata de rocanrol, prefiramos agonizar a morir; y bueno debe de ser que Barcelona tenga tantos barrios bonitos por visitar, a los que ir, mejores que el otro, al que solamente se va a palmar.

Quizá se lo debamos a cierto subdesarrollo anterior, esos cuarenta años de cuarentena, o a nuestra –pretérita también y consecuencia de lo ya dicho– poca pericia en el idioma del rock: “aquí –me contaba un taxista nocturno a quien poco le faltó para ofrecerme un porro mientras me asistía en una operación de huída del Primavera Sound–, a principios de los setenta, los discos de los Dors (¿o dijo Durs?) o Led Zeppelin (estuve tentado de pedirle que me lo apuntara, pero hacía frío y aún estábamos lejos de casa) eran ilegales, y teníamos que pillarlos destranquis en el mercado de San Antonio”. O sea: los domingos, rocanrol.

En el norte de África –una África mucho más atrasada que ese gran pedazo de tierra que ahora llamamos, sin retintín ni desdén, África–, estábamos mal comunicados con Europa y tan lejos de Estados Unidos como antes lo había estado Colón. Así, la España de vía estrecha (una argucia franquista para prevenir ataques judeomasónicos en ferrocarril) y la estrategia educativa que nos impuso el francés, y así evitar que llegáramos lejos, nos apartó primero de la ONU con aquel grandioso lema en que la lírica local agotó todo su ingenio, “Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos”, y luego nos privó del rocanrol.

Acaso fue ésta –el destierro en propia tierra– la única maniobra grande y libre que salvó vidas en la patria, esa patria que aquí acentuamos gravemente. No nos dejaron elegir y, de tener la oportunidad, habríamos preferido el nocivo firmamento del rock a la enrarecida atmósfera peninsular, y habríamos elegido «muerte» antes que compartir estertores con el general de los últimos días, que habrían sido más si Carrero Blanco en lugar de volar hubiera podido.

Pero de haber sabido antes, antes de saber de su muerte, cómo se deletreaba Jimi Hendrix –con nombre de pila español– o de haber conocido en vida a Jim Morrison o a Janis Joplin, habríamos empezado antes a destripar la guitarra y a chillar mejor, pero quizá, tal vez, puede ser, nuestro recuento de muertos habría sido mayor. Y nuestras madres, las de la generación de la Talidomida, aquel específico reparador que resultó tósigo y derivó en una legión de bebés nada reglamentarios, seguro que preferían a sus hijos al rocanrol.

El caso es que cuando España, y en especial Barcelona, la misma desde la cual un lustro antes, ávidos de emanuelas y emociones, habían peregrinado a Perpiñán nuestros padres, se enteró de que ahí afuera había rock y estrellato, sus más notables meteoritos ya se habían chafado contra la tierra y hubo que conformarse con la esquela de Elvis o Sid Vicious, dos perecimientos tan cantados y predecibles como su My Way, en cuya prepóstuma versión, hay que decir, dejaron mucho que desear, ya que cuando se trató de espichar, lo hicieron de cualquier manera.

Claro que hubo más bajas, y sigue habiéndolas, pero fueron o son tránsitos, en su mayoría, de miembros vivos en bandas muertas o por lo menos de un esplendor sin vigencia, de rockeros ya inducidos a inscribir la zarpa (quizá para no causar agravio a los analfabestias entre ellos) en alguna filial del Salón de la Fama del Rock; rockeros que vivían de los intereses de los intereses y que más que sucumbir al abuso de algo, sucumbieron al abuso repetido, continuado y reiterativo de todo. Habrá sin duda quien encuentre contradicción en mi cita del viejo, aburrido y cansado Rey de la Patilla, pero incluso decrépito, harto y desmayado, en 1973, Su Majestad del Tupé aún vendía más elepés que nadie en la categoría de macho y solitario, aunque, por supuesto, no tantos como su cadáver pútrido, tumefacto y sepultado, que en 1977 empezó a despachar 20.000.000 de discos por semana.

Y aquí, treinta años después, los que sobrevivimos a todo aquello, que fuimos casi todos –quizá no pusimos el suficiente empeño, quizá no practicamos lo bastante, quizá ya había pasado el momento–, nos miramos con esquivez a la nueva generación de zutanos y perenganos ansiosos de escalar peldaños en los Cuarenta Principales... y suspiramos por que les dé una embolia.

Tricota que Tricota

(amb final casassassià)

by Martí Sales

La mort duu calça curta i juga a pilota a la platja. La mort es diu Esteve. Té cinc germans: Isabel, Anna Maria, Maria Rosella i Oriol. Estiuegen a Tossa. Vaig rebre una postal de l’Esteve, l’altre dia, molt críptica. Citava els Beatles: la felicitat és una patata calenta. No sé si no sap gaire anglès o és que em pren el pèl. Dimarts passat a la meva cosina li va caure un test al cap. La morta és ta cosina. La mort està cosida. A la gepa. La duem enganxada com el gomet al quadre acabat de vendre, com el brodat groc de les Martin’s. No és la fi de res: és anar al supermercat, és beure’t una cervesa, és alta i prima, de perfil i el perfil de tot, una possibilitat vestida per l’ocasió, més alta encara, encara més prima i molt esmunyedissa, una parroquiana de cua d’ull. Patates fregides, amanida o arròs blanc: l’acompanyament del bistec qu’ets. El baix continu. I hi podem construir acords al damunt o fer pogo o jugar al dodecafonisme o partir-la en quatre per quatre i ballar tecno tota la nit, empastillats –Sant Simó el que més. L’altre catxondo, Sant Llorenç, fou màrtir: el van posar damunt d’una graella i el van rostir viu. Els torturadors li deien, què, ja n’has tingut prou, te’n penedeixes? Ell feu: crec que per l’altre cantó no estic gaire fet, em podríeu donar la volta, si us plau? Estar viu és una impertinència, cap regal, un què. No el gran què. Els estimbats tot s’ho miren amb ulls rodons i es fan més preguntes que nosaltres, què et pensaves. I si li donem la mà i hi caminem abraçats, el cap a la seva espatlla? I si la convides a sopar, la presentes als amics i li fas l’amor? I si fas que t’estimi, que t’esculli per ganes i no per obligació? Fer-ho bé, fer-ho bonic. Fem-ho bonic. Tot. Els esbarzers ho saben, les flames també i si t’asseus a l’última fila de la classe i pares l’orella contra el pupitre, ho sentiràs. No és cap lletania, és un hit, un single que hi ha a totes les cases al costat del setrill, el sucre i la sal, al moble del menjador amb el Thriller del Michael Jackson, els discs de la Rocío Jurado, del Joan Manel Serrat i els totxos de Le Carré. Un clàssic. Top 40. Els millors caps de vendes, els millors distribuïdors, els millors compositors. La Coca-Cola i la Bíblia empal·lideixen al seu costat, lívides d’enveja, apretant els punys, clavant- se les ungles, fent-se sang: els falta classe. La mort és un tirabuixó a la patilla d’un integrista, la mort és el rínxol engominat del Little Richard, la mort són molts números, molts cap-i-potes, moltes samarretes suades i una tona d’escridassats. La mort no és cap gran dama. La mort és un lleva-taps o una tauleta de nit, una de dues. La postal de Vic, clavada al suro. El suro, de Cassà de la Selva. Tothom la balla, tothom la dansa, amb més o menys ganes, amb més o menys coneixement –alguns en tenen menys que una sargantana. Els col·legues suïcides no la deixen tranquil·la. El suïcida major hi balla a la plaça, amb tot el neguit, amb tota la rauxa, i es descamisa amb ella, per ella. La mare la guarda al traster, la tieta hi pensa tothora i el nòvio menja hamburgueses d’amagat de tots, vius i morts. Els ocells no en saben res i piulen d’esma. I vas perdent punts, o guanyant-ne, i el còmput és el jersei i ui quan s’acabi la llana. Ui què. Uh? Eh! O, ah...

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