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Foto: Jordi Corominas i Julián
LA MUERTE
SOBRE RUEDAS
El Guitarrista en la Morgue
by Jordi Corominas i Julián
Herodio Hematocrito aparece como No Conectado.
Recibirá los mensajes que le envíes
la próxima vez que inicie sesión. Mi contacto
estaba muerto en el Messenger. Pulsé 4
teclas, dejé un saludo y se obró el milagro de
la resurrección. Una amiga me habló de un
guitarrista que trabajaba, cosas de vivir en
Barcelona y tener menos de treinta años, en
la morgue. Morgue. Extraordinaria palabra.
Evoca a Edgar Allan Poe y te traslada a grandes
obras de la historia del cine como... ¡mecagüen
mis muertos! Ahora no me acuerdo
de ninguna, pero mi limitada memoria,
siempre menor a medida que mis horas van
agotándose, agita la visión de un Tom Cruise
desquiciado en su afán de encontrar en el
depósito de cadáveres a su hermosa partenaire
de la fiesta enmascarada. Eyes wide
shut.
El siglo XX ha contribuido, con sus virtudes
y excesos, a configurar en el inconsciente
colectivo la imagen de la señora de la guadaña
como una estadística. El Titanic y su
derrota ante la naturaleza iniciaron una
senda imperfecta que con el progreso tecnológico
fue ganando precisión, aunque
aún hoy en día algunos fanáticos con sotana
nieguen el Holocausto.
Vivir, comer, reír, follar, dormir. La sociedad
del ocio disipado y larga esperanza de
vida no piensa en la muerte. Por eso cuando
algún hecho luctuoso se acerca más de la
cuenta elevamos las antenas. El peligro de la
innombrable es real. La escasa relevancia
del último suspiro nace a partir de un exceso
de información que provoca el olvido y
lleva a la distancia, inútil truco de ignorancia
derribador de barreras seculares. ¿Existe
la morgue? ¿No es una ficción narrativa? ¿En
serio es todo como en CSI Miami?
(1:06AM) Jordi: ¿Qué tal tío? ¿Te dijo
María Helena lo de la charla?
(1:07AM) Herodio: Sí. ¿Qué tal todo? Fliparás
palomitas.
(1:07AM) Jordi: ¿Qué haces exactamente?
(1:11AM) Herodio: Ahora chateo contigo,
pero ya sé que quieres que te hable de las
profundidades de mi abismo laboral, jajaja.
(1:11AM) Jordi: Algo así, dispara, venga.
Alguien tiene que trasladar los cuerpos a
esa habitación sin vistas. Ese hombre es Herodio
Hematocrito. En términos técnicos su
ocupación es la de auxiliar sanitario. Él se
autodenomina piloto de camillas porque,
en los pocos ratos libres de los que dispone
en el trabajo, se lo pasa bomba con las carreras
de velocidad por los pasillos, un pequeño
alivio en su tarea de transportar enfermos
por el hospital. Dentro del cuerpo de
camilleros hay puestos con funciones especiales.
Uno de ellos consiste en transportar
los fallecidos a su penúltima morada, la
morgue, una estancia llena de neveras en
que se consignan los cuerpos. Muchos van
directos a la furgoneta del tanatorio; otros
en cambio pasan más horas congelados al
ser donantes de órganos a los que se les realizan
extracciones.
Herodio suple al auxiliar que cumple esa
función. Tiene un busca para estar localizable
en todo el arco del recinto sanitario. El
aparatito suena sálo para informar de un
exitus. Una persona ha dejado de respirar
para siempre. Nuestro amigo les llama fiambres
o callaos. Considera que callao es más
entrañable, así intenta que su mano a mano
con la dama negra sea más llevadero. La rutina
anula impactos y el corazón adquiere
hielos protectores. En ocasiones el intrépido
camillero tiene que entrar en boxes donde
la familia llora la pérdida. Ora et labora.
Abre el sudario, introduce el organismo exánime,
pon cara de póquer y diles con amabilidad
a los allegados que no pueden acompañarte.
No te preocupes si vas a una sala
con un óbito inesperado. Ya se te han secado
las lágrimas de ver tanto desconsuelo
ajeno. Casi, casi conviene recordar una canción
italiana y entonar c’e chi aspetta la pioggia
per non piangere da solo. Sigue esas reglas
y circularás por el camino sin
obsesionarte con tu cometido, influencia
inconsciente que hace enfocar parte de las
cosas, sean sociales o artísticas, de manera
distinta. Puedes portear la parihuela con
toda naturalidad, no es muy distinto a cualquier
otra labor; la diferencia estriba en enfrentarse
a un hecho humano que sigue
siendo un gran tabú que pierde trascendencia
si lo incorporas a tu cotidianidad y lo
aceptas como quien gana su sueldo reponiendo
yogures en el supermercado. Muchos
camilleros consideran que es menos
duro ver a un fiambre que a cualquier persona
llena de tubos mientras agoniza en la
UCI. Al fin y al cabo tratar con un muerto es
más tranquilo que hacerlo con un vivo, duele
menos subir una escalera con dos piernas
que ver amputaciones y el sueño inocente
de quien acaba de perder un trozo de sí mismo
y despertará incapaz de aceptar una
nueva pesadilla.
(1:29AM) Jordi: Oye, cuéntame alguna chocante,
de esas que se te ponen los pelos
como escarpias.
(1:31AM) Herodio: Tampoco creas que me
recreo tanto con los callaos.
(1:31AM) Jordi: Va hombre, no seas terco,
suelta alguna memorable.
(1:35AM) Herodio: No hay nada de necrofilias
ni necrofagias. Aunque ahora que
pienso tengo un par que te gustarán...
Un par no. Efemérides a carretas. Una
destaca sobremanera. Un miércoles por la
noche recibió una llamada a su querido busca.
Le reclamaban para un servicio en la habitación
11.1. Llegó, vio y procedió a cargar,
nunca mejor dicho, con el muerto, cuando
de repente giró el cuerpo y captó resistencia
por parte del fallecido, vivito y coleando
pese a su avanzada edad. Nunca hay que
matar al mensajero, pero esta vez se había
equivocado de número. El callao estaba en
la 11.2.
(1:41AM) Jordi: ¿Y la música?
(1:43AM) Herodio: Ya me conoces, tampoco
toco black metal. Mi aspecto tampoco
luce en negro.
(1:43AM) Jordi: Me refiero a cómo llevas ser
custodio de la muerte de día y músico de
noche...
(1:47AM) Herodio: 2+2 son 4, poco más
puedo decir. Otros están el taxi por la mañana
y duermen por la noche. Cada vida
tiene estas pequeñas circunstancias.
(1:49AM) Jordi: You know the day destroys
the night, night divides the day you know
the day...
(1:51AM) Herodio: Eso es, vayamos al grano.
Si la existencia fuera perfecta, Herodio
Hematocrito dedicaría sus minutos a tocar
la guitarra. En la morgue no imagina acordes
ni sobrevuela melodías. La frialdad de
su cometido no evita que nos brinde una
bella reflexión sobre música mortuoria. En
su opinión existe un gran número de personas
que tienen entre sus composiciones favoritas
temas que aluden a la muerte; escuchamos
demasiada música en inglés y la
mayoría tararea la letra sin darse cuenta de
su significado. Su canción funérea favorita
es “The End” de The Doors. El tema que
Francis Ford Coppola usó en la apertura de
Apocalypse now trata del final de una relación
desde una admirable riqueza de matices
que tienen su colofón en una de las frases
previas al cierre: The end of nights we
tried to die. El fin de las noches en que intentamos
morir. Verso profético para Morrison,
con quien su poesía nos lleva a un tema
muy delicado que corrobora la idea de tabú
desde otra perspectiva. ¿Por qué ignoramos
el suicidio? ¿Por qué la autodestrucción masiva
de la sociedad de consumo corre un tupido
velo sobre los insatisfechos que deciden
poner un anticipado punto y final?
(1:59AM) Jordi: ¿Conoces la respuesta?
(2:00AM) Herodio: Tengo hambre, voy a ver
qué tal va la comida.
(2:03AM) Jordi: ¿Spaghetti?
(2:09AM) Herodio: No, demasiado largo de
explicar, una guarrada con patatas, pollo y
especias. ¿Crees que ya tenemos todo?
(2:10AM) Jordi: Sí, siempre quedan pequeños
flecos por cubrir. Ya lo descubriremos
cuando salga el artículo.
(2:14AM) Herodio: ¿Y eso?
(2:15AM) Jordi: Dejemos la última palabra
al lector. Sabe más que nosotros.
(2:26AM) Herodio Hematocrito aparece
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sesión.
 D.O.G.R.I.P.
Bone yard blues
by Dan Scott
For animals, death is not an event. Of
course, they die in the most flamboyant of
ways, en masse - throwing themselves off
cliffs, tearing their own family members
limb from limb, leaving their picked carcasses
in steaming hot deserts. In fact, when it
comes to ways and means of dying, the animal
kingdom is far more creative than the
human population, which prefers silent
death, perhaps in a magnolia-coloured
ward, or in our sleep, as our family lie awake,
worrying in neighbouring rooms. What animals
lack are all the rites of passage, metaphysical
terror and wailing grief that come
with human passing.
The only animal with any sense of occasion
in death is the elephant, having the
good grace to carry itself to a graveyard and,
only then, die (if only great-aunt Mary
would do the same, you say). No animal,
sick of a meaningless life, leaves a suicide
note. No animal, terrified of oblivion, demands
an obelisk in its honour. So why is it
we have to foist our very human obsessions
onto these dumb creatures? Why do we
scoop Flossy off the motorway, put her in a
plastic bag and bury her under a cross made
of lollipop sticks?
20 km outside Barcelona, close to Torrelles
de Llobregat, is the Cementiri de Petits
Animals, self-styled as the largest pet cemetery
in mainland Europe. Perhaps it can
offer some clues. It’s the final resting place
of 2000 animals, from dogs to parakeets, the
prize corpse being a fire-dog that rescued
eight people from a burning house in 1992.
We visited on a quiet Sunday afternoon, expecting
locked gates, but instead were greeted
by the caretaker, an elderly man who
spoke in a thick Catalan we couldn’t penetrate.
Our dog-eared Catalan phrasebook
was of no use there. He immediately assumed
we were grieving pet owners and offered
us a tour. Obligingly, we followed.
“The basic charge is 200 euros, and then
rent is 50 a year, depending on the size of
the plot”. We nodded, looking forlorn, not
wanting to upset the fiction. He led us
through a warren of paths. “Here is for dog
families, up to 6 in a plot”. Elaborate marble
plinths listed generations of canines – Lada
1980-2007, Duc 2007-2008, Rufus 2006-2008.
Some plots boasted Disney-style sculptures
of the deceased whilst others favoured oil
paintings or more subtle poetic eulogies.
We climbed up steep steps to the top tier of
graves. Most were the concrete silo type,
with the remains inserted in the wall and
then fronted with dogged Polaroids of shaggy
creatures running to fetch sticks, or posing
with paw on ball. The highest level
plots were sought after, and reserved for
larger dogs, “They have a nicer view here as
well”. Sure enough, the elevation looked out
over a large evergreen wood. The view cost
more, though: 10 euros extra on the yearly
rent. Finally, we reached the parakeet section,
tiny holes in the wall with even tinier
photos of tiny birds perched amidst nondescript
foliage. Our guide pointed to the
soil. “Here’s our vineyard, we made wine
last year”. Grapevines, growing from earth
fertilized by Lada and Duc, crawled up the
wall next to the dead parakeets. We passed
on an offer of a glass. The tour was over.
So, did we learn anything beyond the going
rate for dead rabbit stewardship? These
bizarre death rituals are certainly more for
the benefit of the griever (or curious tourist)
than the deceased; much like hospitals or
day care. We keep people alive to make
everyone else feel better. And we bury them
in pretty holes to ease our guilt about not
being dead too. Ultimately, the lollipop in
the garden is a more personal, and cheaper,
tribute; Flossy would have wanted it that way.
Demasiado Viejo Para Morir Joven
by Marc Viaplana
Más digno de parabién que de lamentar es
que en esta ciudad, cuando se trata de rocanrol,
prefiramos agonizar a morir; y bueno
debe de ser que Barcelona tenga tantos barrios
bonitos por visitar, a los que ir, mejores
que el otro, al que solamente se va a palmar.
Quizá se lo debamos a cierto subdesarrollo
anterior, esos cuarenta años de cuarentena, o
a nuestra –pretérita también y consecuencia
de lo ya dicho– poca pericia en el idioma del
rock: “aquí –me contaba un taxista nocturno
a quien poco le faltó para ofrecerme un porro
mientras me asistía en una operación de
huída del Primavera Sound–, a principios de
los setenta, los discos de los Dors (¿o dijo
Durs?) o Led Zeppelin (estuve tentado de
pedirle que me lo apuntara, pero hacía frío y
aún estábamos lejos de casa) eran ilegales, y
teníamos que pillarlos destranquis en el mercado
de San Antonio”. O sea: los domingos,
rocanrol.
En el norte de África –una África mucho
más atrasada que ese gran pedazo de tierra
que ahora llamamos, sin retintín ni desdén,
África–, estábamos mal comunicados con
Europa y tan lejos de Estados Unidos como
antes lo había estado Colón. Así, la España de
vía estrecha (una argucia franquista para prevenir
ataques judeomasónicos en ferrocarril)
y la estrategia educativa que nos impuso el
francés, y así evitar que llegáramos lejos, nos
apartó primero de la ONU con aquel grandioso
lema en que la lírica local agotó todo su
ingenio, “Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos
dos”, y luego nos privó del rocanrol.
Acaso fue ésta –el destierro en propia tierra–
la única maniobra grande y libre que
salvó vidas en la patria, esa patria que aquí
acentuamos gravemente. No nos dejaron
elegir y, de tener la oportunidad, habríamos
preferido el nocivo firmamento del rock a la
enrarecida atmósfera peninsular, y habríamos
elegido «muerte» antes que compartir estertores
con el general de los últimos días, que
habrían sido más si Carrero Blanco en lugar
de volar hubiera podido.
Pero de haber sabido antes, antes de saber
de su muerte, cómo se deletreaba Jimi Hendrix
–con nombre de pila español– o de haber
conocido en vida a Jim Morrison o a Janis Joplin,
habríamos empezado antes a destripar la
guitarra y a chillar mejor, pero quizá, tal vez,
puede ser, nuestro recuento de muertos habría
sido mayor. Y nuestras madres, las de la
generación de la Talidomida, aquel específico
reparador que resultó tósigo y derivó en
una legión de bebés nada reglamentarios, seguro
que preferían a sus hijos al rocanrol.
El caso es que cuando España, y en especial
Barcelona, la misma desde la cual un lustro
antes, ávidos de emanuelas y emociones,
habían peregrinado a Perpiñán nuestros padres,
se enteró de que ahí afuera había rock y
estrellato, sus más notables meteoritos ya se
habían chafado contra la tierra y hubo que
conformarse con la esquela de Elvis o Sid Vicious,
dos perecimientos tan cantados y predecibles
como su My Way, en cuya prepóstuma
versión, hay que decir, dejaron mucho
que desear, ya que cuando se trató de espichar,
lo hicieron de cualquier manera.
Claro que hubo más bajas, y sigue habiéndolas,
pero fueron o son tránsitos, en su mayoría,
de miembros vivos en bandas muertas
o por lo menos de un esplendor sin vigencia,
de rockeros ya inducidos a inscribir la zarpa
(quizá para no causar agravio a los analfabestias
entre ellos) en alguna filial del Salón de la
Fama del Rock; rockeros que vivían de los intereses
de los intereses y que más que sucumbir
al abuso de algo, sucumbieron al abuso
repetido, continuado y reiterativo de todo.
Habrá sin duda quien encuentre contradicción
en mi cita del viejo, aburrido y cansado
Rey de la Patilla, pero incluso decrépito, harto
y desmayado, en 1973, Su Majestad del Tupé
aún vendía más elepés que nadie en la categoría
de macho y solitario, aunque, por supuesto,
no tantos como su cadáver pútrido,
tumefacto y sepultado, que en 1977 empezó a
despachar 20.000.000 de discos por semana.
Y aquí, treinta años después, los que sobrevivimos
a todo aquello, que fuimos casi
todos –quizá no pusimos el suficiente empeño,
quizá no practicamos lo bastante, quizá
ya había pasado el momento–, nos miramos
con esquivez a la nueva generación de zutanos
y perenganos ansiosos de escalar peldaños
en los Cuarenta Principales... y suspiramos
por que les dé una embolia.
Tricota que Tricota
(amb final casassassià)
by Martí Sales
La mort duu calça curta i juga a pilota a la platja. La mort es diu Esteve. Té cinc germans: Isabel,
Anna Maria, Maria Rosella i Oriol. Estiuegen a Tossa. Vaig rebre una postal de l’Esteve, l’altre
dia, molt críptica. Citava els Beatles: la felicitat és una patata calenta. No sé si no sap gaire
anglès o és que em pren el pèl. Dimarts passat a la meva cosina li va caure un test al cap. La
morta és ta cosina. La mort està cosida. A la gepa. La duem enganxada com el gomet al quadre
acabat de vendre, com el brodat groc de les Martin’s. No és la fi de res: és anar al supermercat,
és beure’t una cervesa, és alta i prima, de perfil i el perfil de tot, una possibilitat
vestida per l’ocasió, més alta encara, encara més prima i molt esmunyedissa, una parroquiana
de cua d’ull. Patates fregides, amanida o arròs blanc: l’acompanyament del bistec qu’ets.
El baix continu. I hi podem construir acords al damunt o fer pogo o jugar al dodecafonisme
o partir-la en quatre per quatre i ballar tecno tota la nit, empastillats –Sant Simó el que més.
L’altre catxondo, Sant Llorenç, fou màrtir: el van posar damunt d’una graella i el van rostir
viu. Els torturadors li deien, què, ja n’has tingut prou, te’n penedeixes? Ell feu: crec que per
l’altre cantó no estic gaire fet, em podríeu donar la volta, si us plau? Estar viu és una impertinència,
cap regal, un què. No el gran què. Els estimbats tot s’ho miren amb ulls rodons i es
fan més preguntes que nosaltres, què et pensaves. I si li donem la mà i hi caminem abraçats,
el cap a la seva espatlla? I si la convides a sopar, la presentes als amics i li fas l’amor? I si fas
que t’estimi, que t’esculli per ganes i no per obligació? Fer-ho bé, fer-ho bonic. Fem-ho bonic.
Tot. Els esbarzers ho saben, les flames també i si t’asseus a l’última fila de la classe i pares
l’orella contra el pupitre, ho sentiràs. No és cap lletania, és un hit, un single que hi ha a totes
les cases al costat del setrill, el sucre i la sal, al moble del menjador amb el Thriller del Michael
Jackson, els discs de la Rocío Jurado, del Joan Manel Serrat i els totxos de Le Carré. Un
clàssic. Top 40. Els millors caps de vendes, els millors distribuïdors, els millors compositors.
La Coca-Cola i la Bíblia empal·lideixen al seu costat, lívides d’enveja, apretant els punys, clavant-
se les ungles, fent-se sang: els falta classe. La mort és un tirabuixó a la patilla d’un integrista,
la mort és el rínxol engominat del Little Richard, la mort són molts números, molts
cap-i-potes, moltes samarretes suades i una tona d’escridassats. La mort no és cap gran
dama. La mort és un lleva-taps o una tauleta de nit, una de dues. La postal de Vic, clavada al
suro. El suro, de Cassà de la Selva. Tothom la balla, tothom la dansa, amb més o menys ganes,
amb més o menys coneixement –alguns en tenen menys que una sargantana. Els
col·legues suïcides no la deixen tranquil·la. El suïcida major hi balla a la plaça, amb tot el neguit,
amb tota la rauxa, i es descamisa amb ella, per ella. La mare la guarda al traster, la tieta
hi pensa tothora i el nòvio menja hamburgueses d’amagat de tots, vius i morts. Els ocells no
en saben res i piulen d’esma. I vas perdent punts, o guanyant-ne, i el còmput és el jersei i ui
quan s’acabi la llana. Ui què. Uh? Eh! O, ah...
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