BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 68 | October 9, 2008

Merry Crisis | nº 70


Popular Culture | nº 69


UNDERGROUND | nº 68


Posa't Guapa | nº 67


Pakcelona | nº 66


Doin' it Guiri Style | nº 65


Óhpitalé | nº 64


Green is the New Black | nº 63


Democratize Me! | nº 62

UN PAÍS EXTRAÑO

The shortest distance between Einstein and Lesseps is a dotted line.

by Sonia Fernández Pan
Photos by Alfredo Lahoz


El metro es un país extraño. Cada metrópolis tiene el suyo, con sus garabatos por debajo de calles y edificios. Es un país sin sol, con su logística de burócratas perfectamente uniformados al que se accede con un sencillo y cómodo visado de entrada, previa adquisición de un billete de cartón. Es un país donde ocurren un sinfín de historias que nunca llegan a suceder, una gran habitaciín de lectura sin estanterías de libros, una intermitente sala de espera sin esas láminas que alguna vez fueron cuadros que nos gritaban modernidad y vanguardia.

El metro es un experimento sobre nuestra capacidad de movernos estáticamente al que acompaña una idea de progreso ya huérfana, como tantas de las franquicias que decoran nuestros paisajes cotidianos. Los espacios siempre están ahí, esperando una posibilidad de acción -la nuestra - que los arranque de su condición inerte. El metro no es un lugar a priori: es un medio de transporte. Seamos perversos por un momento y hagamos funcionar el metro como un experimento, como si fuese un espacio que no sirve para viajar por la ciudad, como si fuese un país que no quiere ser extraño, como si fuese una lugar que pide ser habitado.

El metro sabe que nadie lo tiene en consideración. Da igual la ciudad sobre la que se sostiene: los comportamientos humanos que se generan en su interior suelen ser metódicamente similares. Sentados o de pie, leyendo, mirando a los otros con cierto reparo a ser descubiertos, observando un cuadro interno reflejado en cristales que actúan como espejos porque afuera no hay imágenes que contemplar desde los vagones, sólo la intuición de estar en algún espacio del recorrido que une y separa dos estaciones.

Seamos más perversos todavía. Científicos heterodoxos que se suben al metro. No ahora. A principios del siglo XX: cuando estos países extraños se inauguran a lo largo y ancho del subsuelo urbano. Estamos en un tiempo de grandes revoluciones empíricas, persiguiendo explicaciones sobre el comportamiento de la materia, viajando en metro para conocer las teorías de nuestros colegas científicos en la conferencia de Solvay de 1927, en Bruselas. Pongamos por caso que volvemos a casa, con el debate sobre una teoría cuántica todavía en el aire. El metro es un buen lugar para meditar y sacar conclusiones.

Tras el tiempo de la mecánica clásica y sus paseos en bicicleta, emergen la mecánica cuántica y su desafío al sentido común que inaugura la conciencia de un mundo minúsculo: el atómico. Con la física cuántica, la estabilidad del entramado científico asume conceptos como incertidumbre, inestabilidad, cuantificación. Y los urbanitas interiorizan el metro como apoyo para su movilidad constante. Con la heterodoxia que caracteriza las metáforas, jugamos a dividir a los seres humanos en mecánicos, los que van en bicicleta, en coche, a pie; los otros, nosotros, seríamos seres humanos cuánticos: subimos a un vagón de metro sin poder bajar en la zona intermedia que separa dos estaciones, una continuidad a base de discontinuidades. Así mismo sucede con el espectro de emisión de luz en sistemas tan sencillos como el átomo de hidrógeno. La luz se cuantifica en pequeñas porciones que no pueden separarse, concepto opuesto a las teorías que sustentaban nuestra creencia de que la luz se emitía en una continuidad. El valor de un cuanto es fijo, como la distancia que separa las estaciones donde se para el metro.

¿Y si, en vez de seres humanos, fuesen electrones los que viajasen en el vagón del metro? Las preocupaciones literarias, los pensamientos existenciales, la citas con retraso, el olor de los desconocidos... todo ello carecería de importancia: los electrones son completamente idénticos y no gravitan en la supuesta diferencia igualitaria de los seres humanos. Un vagón de metro sólo podría contener dos electrones: uno con su espín hacia arriba y otro con su espín hacia abajo. Es lo que se denomina el principio de exclusión de Pauli, el cual impide que haya dos electrones en el mismo estado. En un vagón de metro sólo podrían viajar uno o dos, pues cada uno posee una diferente dirección en su espín. Pocas veces nos encontramos solos o con otro único pasajero dentro de un mismo vagón. Tampoco tenemos espín. Pero hay algo de atómico en el metro más allá de estas analogías, una intuición de energía que no siempre llegamos a sentir.

La física cuántica es un país extraño, como el metro. El primero se rige por la matemática, el segundo por la movilidad estática de sus pasajeros. Y si el mundo atómico no se comporta como hubiésemos esperado a principios de siglo, el mundo subterráneo del metro es un paradigma de monotonía que nunca ha esperado nada diferente. Pero en ambos la energía se intercambia de un modo discreto. Cuando no sacamos un libro obligado a una lectura intermitente, el libro del metro - que jamás es de física cuántica, sino más bien un entretenimiento pasajero que no nos distraiga tanto como para pasarnos de parada -, recorremos con discreción al resto de compañeros de viaje dentro de esa intimidad un tanto obscena que nos permite mirar fijamente a alguien porque, seguramente, no se levantará de su sitio para decirnos que dejemos de observarlo. Toda comunicación con los desconocidos se rige por el orden de lo visual.

El metro no es un bar, uno no entra allí a hacer amigos, no se compite con los músicos nómadas agarrando un carrito con un altavoz y un micrófono para compartir disertaciones absurdas. Tampoco se sube uno al vagón para metaforizar acerca de los principios de la mecánica cuántica. Uno se sube al metro porque tiene que llegar a algún sitio y no quiere hacerlo en bicicleta o caminando, por pereza o exceso de distancia, porque no tiene coche, porque en la calle llueve y el paraguas se ha quedado en casa. También los hay que suben al metro porque son poetas y no saben cómo dar a conocer su obra, deambulan entre estación y estación ofreciendo pensamientos a cambio de un euro; los hay que deciden trabajar allí dentro, vendiendo pañuelos de papel, mecheros o canciones que nadie quiere oír; los hay que, sencillamente, piden limosna; los hay que duermen o se duermen; los hay que se enamoran cada dos estaciones; los hay que sacan su utillaje estético y se maquillan delante de un espejo diminuto; los hay que miran hacia el suelo y se distraen con una taxonomía del calzado de los otros; los hay que se complacen con su imagen reflejada en los espejos, narcisos posmodernos; los hay que tienen miedo de caerse al andén cuando se abran las compuertas; los hay que se ahogan con el exceso de perfumes excesivos; los hay que se deleitan con el ruido que amuebla el viaje, férreos defensores del sonido aleatorio como sutil forma musical; los hay que gritan mucho para obsequiar al resto de pasajeros con su conversación extranjera pensando que nadie les entiende; los hay que buscan compañeros para una pelea; los hay que odian viajar en metro. El metro es un país extraño en el que todos somos turistas. Pero también es un país que podemos habitar y experimentar.



Una Historia de Mierda

by Julián Socorro
Photos by Alex Ubach Carrera

Todas las ciudades tienen sus historias oscuras. Pasajes que se ocultan al público o que, simplemente, conviene mantener en el anonimato. Barcelona no es una excepción. Con una población de 1 millón y medio de habitantes la capital catalana tiene una historia complicada con su sistema de alcantarillado. Una historia llena de mierda.






El clavegueram de Barcelona fue diseñado por el ingeniero Pedro García Faria en 1891. La parte del Eixample ya había sido ideada por Ildefonso Cerdá, quien no contempló espacio suficiente para el drenaje. Fue entonces cuando, empujados por un afloramiento de las epidemias, el ayuntamiento de Barcelona le encomendó a García Faria la construcción del mismo. Así nacía el esqueleto de la "ciudad invisible". Un intento de soborno por parte de una constructora que se quiso adjudicar la faena, y el consiguiente rechazo del Ingeniero le llevaron a quedar marginado del proyecto que él mismo había ideado. El amargo final terminó de consumarse cuando García tuvo que pelear el cobro del diseño en los tribunales.

Según Giuseppe Garriga, asistente técnico del departamento de saneamiento del ayuntamiento, la ciudad cuenta con "1500 kilómetros de eficientes cloacas". Se trata de un encaramado de túneles que encausan las aguas fecales y de lluvias, instaladas justo debajo de cada calle de nuestra ciudad que se pueden visitar con guía llamando al Centro de Recursos municipal al 932 374 743. "El olor no era insoportable sino persistente, difuso" describió el poeta Pepe Gómez autoproclamado "usuario de la red", contando su experiencia bajo tierra.

Justo cuando parecía que la paz y la prosperidad había llegado al reino del desperdicio humano, aparecimos nosotros, los que vivimos arriba para volver a salpicar su honor con manchas casi indelebles. En 1993 el ayuntamiento cedió un edificio ubicado en la intersección de las avenidas Paseo San Joan y Diagonal a la Fundación Pedro García Faria con el fin de abrir el museo del clavegueram. La falta de visitantes y el evidente deterioro de sus instalaciones, las cuales nunca fueron objeto de mantenimiento por parte de la fundación encargada, culminaron con su cierre el año 2000. Pero esto no quedo hasta aquí. Ya que el año 2005, y tras la fiesta de San Joan, unos vándalos irrumpieron en el inmueble rompiendo vidrios y grafiteando las paredes, desastre que se sumó a la gran cantidad de facturas impagadas de luz, agua y teléfono que empapelaban el suelo. A pesar de los 7 avisos dados por el conserje del Museo, Jordi Torné, a la Fundación al final fueron los servicios municipales quienes 20!!!, días después acudieron a limpiar y tapiar la finca que permanece cerrada hasta el día de hoy. Este año el ayuntamiento recuperará el control del museo. Ahora sólo cabe esperar que la nueva administración recupere la honra del ingeniero que aceptó el reto de lidiar con los excrementos de la ciudad de moda en Europa.


Through the Roof and Underground

by Elliotsdöttir

Ladies and gentleman, the underground is dead. Yes, dead, and as much as you poke it with a stick from afar, it ain’t moving.

To me, "underground" signifies something you cannot access, something almost forbidden and so exquisite that few humans can acknowledge its significance and still show their faces in public. The word has been abused, raped, stepped on, and the concept it represents has been mass murdered. In theory, the underground should stand against the flaccid flow of shallow trends, but the term itself has become just another label, one to market something conventional as "different." Or rather, "desigual."

Many painters, musicians, and filmmakers get called "underground," not necessarily because they belong to an inaccessible subculture, but because the mainstream can’t put a finger on what they’re doing or how to sell it. In my Catalan art school with my little Catalan classmates, my drawings often receive the tag underground because when you try to translate your personal viewpoint onto paper in an absurd yet sincere way, then, yes, you are a fucking weirdo. But why that equals "underground," I don’t really know.

Back in the day, when people had more balls than now, there was an underground railroad: American slaves escaping to fucking freedom and equality. A century later, Sartre and Camus literally ran around Paris with seriously anti-establishment ideas in their clandestine print media. In the late 70s, the status quo meant nothing to those 14 year old hardcore punk kids playing in Hermosa Beach, California, smashing into each other because they didn’t want the 9 to 5, the car, the marriage, the mortgage, the dog and the goldfish.

Now, however, we glance at these past transgressions with a nostalgia born of distance and time, a perfect flavorless emotional package with which to manufacture the new underground. I hope, for the sake of human rebelliousness, that the real underground is still alive in some remote garage that I'm not aware of, and living under another name.

Foteu-vos

by Marc Recasens

Duc una estona ficant el nas a tots els portals del carrer Ample. Cerco una porta negra, sense marques. La trobo. Pitjo el timbre. Espero. Potser m’equivoco? Se sent un clac, i, finalment, s’obre la porta metàl•lica. A l'altre costat algú m'ha estat observant. Decideix que puc passar. Ens han pres el pèl? Som a punt d'entrar a qualsevol altre lloc: una llar Sant Jordi de jubilats underground o la seu clandestina d'un club d'escacs. Quan finalment franquegem l'accés al bar, veig sense parpellejar la realitat. És molt pitjor del que pensava.

Em parlaren d'un bar on tot és gratis. El boca orella també comentava que era mig il•legal, mig amagat i obert a determinades hores, mai el cap de setmana. I quan pregunto que com pot ser, la resposta és prou sospitosa: com que el Big Tobacco ja no pot fer obertament publicitat del seus productes a la Unió Europea, una part dels diners se'ls gasten en aquests bars on no cal pagar res, com si fos l'adveniment de la profecia d'en Pujol: un dia els catalans ho tindrem tot pagat, tot, allà on anem. Jo fantasiejava amb que fos una mena de speakeasy, un d'aquells bars clandestins dels anys de la prohibició als Estats Units, plens de cambrers d'aspecte perillós amb el corbatí de l'esmòquing, el somriure i la voluntat torçats, on noies magres vestides de nit, amb llurs pits plens de xampany al ritme d'un foxtrot - lent-lent-ràpid-ràpid - evitaven, jovials, d'ensopegar amb les perles dels seus llargs collars. Però no.

Es tracta d'un local interior, sense cap mena de finestra, pintat de blanc i tristament entapissat amb una d'aquestes moquetes tan sospitoses, - presumible hàbitat de simpàtiques bestioles microscòpiques - i moblat amb aquella mena de sofàs en els que és impossible estar-hi còmode o entaular cap conversa. Qualsevol raonament és trepitjat amb música de ràdio-formula, allaus de gent que s'aboca sobre una cervesa esbravada i aigualida, o un vi negre infecte, servit en minúsculs gots que una hostessa malcarada raciona gelosament. Però encara gaudim de l'aparició sobtada d'un relacions públiques esforçant-se mentre fa fallits trucs de màgia a jovenetes en edat treure's, ja era hora!, els ferros dentals. Amb la dentadura a lloc, les vol induir al noble art i pràctica de fumar. No és que tingui res contra la nicotina, ans al contrari, i en principi tampoc no hi ha res a objectar respecte a pervertir l'adolescència. Sí que cal rebel•lar-se, però, contra aquest intent tan barroer de donar gat per llebre amb aires d'exclusivitat idiota, altar de la sordidesa i la mentida.

Només ens queda el consol de no haver esmentant el promotor de tan meravellós indret. Però comptat i debatut potser caldria conèixer qui són aquests genis, llum i far de la mercadotècnia moderna, contractats per Lucky Strike.

Week Alternative Media SL @ 2007 all rights reserved | contact: info@bcnweek.com | Links