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Sangramos
by Judith Alarcón Bardera |
Estoy harta de hablar de entrevistas de
trabajo y microeconomía. Este mes mi columna
se tiñe de rojo menstruación: me
apetece hablar de cosas de chicas. Será
porque hace poco me dijeron que escribo a
lo Carrie Bradshaw, la de la serie de HBO
Sex in the City que, entre cóctel y polvete,
escribe su propia columna para el ficticio
The New York Star. Gracias, fans.
Hace unos años, empujada por el resentimiento
y las malas experiencias vividas al
lado de un necio me tiré al mullido regazo
de una hembra. No hablo de pijama, pelis y
helado, sino de sexo. Las dos teníamos relaciones
súper disfuncionales con hombres
que pretendían ser nuestros hijos, y de los
que nosotras pretendíamos ser madres.
Hastiadas y vencidas por la impotencia de
la estereotípica relación "cuanto más
cabrón seas, más te besaré los pies", un día
descubrimos que besar a una chica es
suave. Y nos gustó. Convertimos ese beso
suave en sinécdoque, dando por hecho que
así serian las cosas si extendíamos una noche
de magreo lésbico a una relación, con
sus mañanas de alientos y pedos bizarros.
Los más astutos ya habréis deducido por el
tono melancólico (y por el uso del pretérito
imperfecto) que la relación no ha sobrevivido
hasta el día de hoy. No, no fue todo tan
suave, pero por suerte fue una relación muy
fértil en cuanto a aprendizajes: el primero,
que por muy open minded que una sea, lo
de ser bisexual ni se hace, ni se cultiva. Al
cabo de unos meses de dieta de mejillón,
las dos soñábamos con chorros de leche a
reacción despegando de nuestros higiénicos
dildos de silicona fucsia.
El segundo aprendizaje fue constatar
cuán diferentes somos hombres y mujeres
en realidad. Feministas no se me pongan
violentas. Gracias a mi pareja hembra pude
comprobar que las tretas melodramáticas y
demás estrategias emocionales no eran solo
patrimonio mío, sino del universo femenino.
Caso hipotético: ¿no os jode cuando
vuestros machos dicen sí nada más plantear
el "tenemos que comprar una nevera
más grande"? Llevabais media hora preparando
argumentos mentalmente mientras
os depilabais las cejas y, cuando al fin ponéis
la cuestión sobre el tablero de juego, él
os lanza una mirada despistada, afirmando
con la cabeza indolentemente. Pero, ¿qué
es lo que nos jode exactamente? ¿Lo barato
que resulta el triunfo sin una lucha dialéctica
descarnada? Nooooo, así no funcionan
nuestras mentes femeninas. Lo que nos
repatea es que nos han quitado la oportunidad
de crearles la misma necesidad que
nosotras sentimos, el saber que ya no naufragaremos
en el mismo mar de agonía hasta
que no tengamos la nevera nueva, el
hecho de que no compartiremos las horas
de búsqueda del grial sintiendo el mismo
apremio. Ellos no necesitan esta conexión
para refrigerar las acelgas. Nosotras sí.
¿Y qué me decís del tan típico "tú no me
entiendes" femenino con el que terminan
muchas discusiones? Yo traduzco: lo que las
hembras queremos decir en realidad es: "tu
no me escuchas como mi mejor amiga lo
haría". Porque este es el quid de la cuestión
femenina: cuando os contamos algo, no lo
hacemos porque queramos saber vuestra
opinión. Au contraire, mes amis. Solo queremos
vomitarlo mientras nos miráis haciendo
caras de asombro, congoja, asco o
regocijo, según el caso. Y al vomitarlo, casi
tres cuartas partes del problema desaparecen
instantáneamente. "Ah, ¿sí?, - apuntará
el pícaro -, entonces no existirían las amargadas
y las victimistas, y la depresión sería
solo patrimonio del hombre". De acuerdo,
no puedo negar que gozamos revolcándonos
en nuestra mierda como todo hijo de
vecino, pero ahí os suelto el dato estadístico:
según la OMS el 80% de los suicidas
europeos son hombres (y si queréis saber
los datos de los demás continentes, vosotros
mismos, que esto no es un reportaje de
investigación). Chistes machistas están
permitidos, pero ¿a que de repente las
sesiones de cotilleos y confidencias ya no
parecen tan repipis cuando, al parecer, son
el mejor preventivo para la autodestrucción
definitiva?
Anyway, en estos días de ministerios por
la igualdad y listados que incluyen a las 150
mujeres que sacuden el mundo (no me
jodas, ¿&alguna vez habéis conocido alguna
abuela que no dominase el cotarro, aunque
fuera en la sombra?), en los que los hombres
van consiguiendo, pasito a pasito,
igualarnos y no al revés (pongamos la baja
por paternidad como ejemplo); como iba
diciendo, en estos días de aparente progreso...
¿para cuándo tampones y compresas
gratuitos o por lo menos con descuento de
la Seguridad Social? Por no hablar de los
sujetadores, ¿o es que acaso tiene que ser
un lujo cuidar correctamente de nuestras
glándulas mamarias? ¿Y la semana de baja
laboral por periodo menstrual (malbendición que con frecuencia va acompañada de
brotes psicóticos y calambres en la barriga)?
¿Para cuándo la píldora masculina? Y
sobre todo, ¿cuándo entenderemos que el
porno "para mujeres" tiene que comprender
menos besuqueos y blablablás y más
vejaciones y violaciones en grupo? ¡Clinton,
Bachelet, Merkel... yo os invoco!
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