BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 95 | March 17, 2011

COLUMNS

Boomtown Cogs
Raúl Muniente Sariñena




Onda Sonora
Sonia Fernández Pan




Voice Over
Simon Friel




Se Fue al Otro Barrio
Jordi Corominas i Julián




Tarta de Cucaracha
Simón Lorenzo Ortiz & Sara_Dice




Fem Pais
Núria Ferrer & Jordi Corominas i Julián




These Books are Made for Walking
Sergi Bellver




La Cuina Guarra
Tiffany Carter




Chispa Ibérica
Judith Alarcón Bardera




Artist Testing
El Staff




Arroz Negro
El Públic




La Plaça de Sant Jaume
Judit Ortiz Cardona




Afrodisio Aguado
Don Jeremy




Made in Barna
Vera Ciria

Sangramos

by Judith Alarcón Bardera

Estoy harta de hablar de entrevistas de trabajo y microeconomía. Este mes mi columna se tiñe de rojo menstruación: me apetece hablar de cosas de chicas. Será porque hace poco me dijeron que escribo a lo Carrie Bradshaw, la de la serie de HBO Sex in the City que, entre cóctel y polvete, escribe su propia columna para el ficticio The New York Star. Gracias, fans.

Hace unos años, empujada por el resentimiento y las malas experiencias vividas al lado de un necio me tiré al mullido regazo de una hembra. No hablo de pijama, pelis y helado, sino de sexo. Las dos teníamos relaciones súper disfuncionales con hombres que pretendían ser nuestros hijos, y de los que nosotras pretendíamos ser madres. Hastiadas y vencidas por la impotencia de la estereotípica relación "cuanto más cabrón seas, más te besaré los pies", un día descubrimos que besar a una chica es suave. Y nos gustó. Convertimos ese beso suave en sinécdoque, dando por hecho que así serian las cosas si extendíamos una noche de magreo lésbico a una relación, con sus mañanas de alientos y pedos bizarros. Los más astutos ya habréis deducido por el tono melancólico (y por el uso del pretérito imperfecto) que la relación no ha sobrevivido hasta el día de hoy. No, no fue todo tan suave, pero por suerte fue una relación muy fértil en cuanto a aprendizajes: el primero, que por muy open minded que una sea, lo de ser bisexual ni se hace, ni se cultiva. Al cabo de unos meses de dieta de mejillón, las dos soñábamos con chorros de leche a reacción despegando de nuestros higiénicos dildos de silicona fucsia.

El segundo aprendizaje fue constatar cuán diferentes somos hombres y mujeres en realidad. Feministas no se me pongan violentas. Gracias a mi pareja hembra pude comprobar que las tretas melodramáticas y demás estrategias emocionales no eran solo patrimonio mío, sino del universo femenino.

Caso hipotético: ¿no os jode cuando vuestros machos dicen sí nada más plantear el "tenemos que comprar una nevera más grande"? Llevabais media hora preparando argumentos mentalmente mientras os depilabais las cejas y, cuando al fin ponéis la cuestión sobre el tablero de juego, él os lanza una mirada despistada, afirmando con la cabeza indolentemente. Pero, ¿qué es lo que nos jode exactamente? ¿Lo barato que resulta el triunfo sin una lucha dialéctica descarnada? Nooooo, así no funcionan nuestras mentes femeninas. Lo que nos repatea es que nos han quitado la oportunidad de crearles la misma necesidad que nosotras sentimos, el saber que ya no naufragaremos en el mismo mar de agonía hasta que no tengamos la nevera nueva, el hecho de que no compartiremos las horas de búsqueda del grial sintiendo el mismo apremio. Ellos no necesitan esta conexión para refrigerar las acelgas. Nosotras sí.

¿Y qué me decís del tan típico "tú no me entiendes" femenino con el que terminan muchas discusiones? Yo traduzco: lo que las hembras queremos decir en realidad es: "tu no me escuchas como mi mejor amiga lo haría". Porque este es el quid de la cuestión femenina: cuando os contamos algo, no lo hacemos porque queramos saber vuestra opinión. Au contraire, mes amis. Solo queremos vomitarlo mientras nos miráis haciendo caras de asombro, congoja, asco o regocijo, según el caso. Y al vomitarlo, casi tres cuartas partes del problema desaparecen instantáneamente. "Ah, ¿sí?, - apuntará el pícaro -, entonces no existirían las amargadas y las victimistas, y la depresión sería solo patrimonio del hombre". De acuerdo, no puedo negar que gozamos revolcándonos en nuestra mierda como todo hijo de vecino, pero ahí os suelto el dato estadístico: según la OMS el 80% de los suicidas europeos son hombres (y si queréis saber los datos de los demás continentes, vosotros mismos, que esto no es un reportaje de investigación). Chistes machistas están permitidos, pero ¿a que de repente las sesiones de cotilleos y confidencias ya no parecen tan repipis cuando, al parecer, son el mejor preventivo para la autodestrucción definitiva?

Anyway, en estos días de ministerios por la igualdad y listados que incluyen a las 150 mujeres que sacuden el mundo (no me jodas, ¿&alguna vez habéis conocido alguna abuela que no dominase el cotarro, aunque fuera en la sombra?), en los que los hombres van consiguiendo, pasito a pasito, igualarnos y no al revés (pongamos la baja por paternidad como ejemplo); como iba diciendo, en estos días de aparente progreso... ¿para cuándo tampones y compresas gratuitos o por lo menos con descuento de la Seguridad Social? Por no hablar de los sujetadores, ¿o es que acaso tiene que ser un lujo cuidar correctamente de nuestras glándulas mamarias? ¿Y la semana de baja laboral por periodo menstrual (malbendición que con frecuencia va acompañada de brotes psicóticos y calambres en la barriga)? ¿Para cuándo la píldora masculina? Y sobre todo, ¿cuándo entenderemos que el porno "para mujeres" tiene que comprender menos besuqueos y blablablás y más vejaciones y violaciones en grupo? ¡Clinton, Bachelet, Merkel... yo os invoco!

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