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Una de las experiencias más hermosas
del arte de pasear es hacerlo
solo en un sentido totalitario,
cuando las calles se han vaciado y
unos pocos reductos sobreviven al
ritmo que teje la ciudad con su sinfonía
colectiva. Cuando era adolescente
decidí salir un martes a la
aventura del desconocimiento en
un viaje iniciático imprevisible.
Cerré la puerta de casa. Era medianoche
y Barcelona vivía de su resaca
post-olímpica siendo todavía
una urbe del siglo XX , con un cierto
toque folklórico que lo neoconservador
ha sepultado para siempre.
Recuerdo caminar por la
avenida Gaudí envuelto en un silencio
sepulcral, virar hacia la Diagonal,
acariciar el Arco de Triunfo
y sentir que las luces eran las reinas
porque muchos dormían y los
demás permanecían en el anonimato.
Lo divertido de la efeméride
es que iba a tientas, ignorante absoluto
del nomenclátor, desorientado
por falta de referentes visuales.
A medida que transcurren las
décadas nuestra experiencia se
amplía y el espacio se agranda.
Cuando alcancé plaza Cataluña
me sorprendí al ver cómo unos pocos
turistas jugaban al fútbol. Eran
las tres de la madrugada y chutaban
incólumes, sin ningún tipo de
amenaza municipal, gritando libres
entre estatuas y estrellas. Observé
el panorama y descendí la
Rambla, que aún mantenía sus señas
de identidad.
Cerca del Liceu me abordó una
prostituta. Era rubia, tenía bigote y
seguramente algo colgando entre
las piernas. Le dije que no y proseguí
mi marcha hasta Marina por
inercia, pensando que la fiesta era
infinita y nada podía cerrar los locales
de esa antigua zona industrial.
A las cinco opté por coger el
metro y abrazar mis sábanas como
expediente de reposo antes del
instituto. Funcionó, y aprendí la
lección del goce que significa sentirse
pequeño por la gracia de los
edificios y el aura urbana, reina
poderosa que oculta muchos misterios
cuando brilla la luna y Morfeo
campa a sus anchas por lógica
horaria.
Por aquel entonces mi relación
con bares, discotecas y otros garitos
era escasa, de novato sin grandes
aspiraciones ociosas. Tres lustros
después tengo una opinión
formada y varias preguntas, tormentos
con interrogantes imposibles
de resolver por culpa de llaves,
respetos y pudores.
¿Qué hay detrás de todas esas
puertas cerradas a cal y canto?
A nuestro paso somos vírgenes
para con los portales por normas
de convivencia y el malestar de
asumir esos pequeños ruidos contrarios
a la ausencia de sonido. No
penetramos los accesos y aceptamos
la energía de balcones cargados
de música y risas, fiestas privadas
que llegamos a intuir por ese
resquicio violador de la privacidad.
Las voces retumban, pero hay
muchas más que abandonaron la
fiesta. La poética del bar huérfano
de clientes es fascinante. El otro
día pasé por delante del punto ciego,
un tugurio de Gracia que cerró
casi por decreto. Tenía dos plantas
y en la segunda era aconsejable
acomodarse sin prejuicios. El vicio
y la perversión eran la ley omnímoda,
selecta clausura de la que
sólo queda un triste candado y una
obscena pintada que alienta al
consumo de cocaína. ¿Cómo debe
ser su interior? ¿Se acumulan las
telarañas? ¿Acude alguien a limpiar
el antro?
Las tres es la hora bruja. Te doy
cinco minutos más, no quiero
multas. Venga, toma un vaso de
plástico. Hasta luego. Fregonas
danzando, ojos rojos. Cuando los
camareros abandonan sus puestos
de trabajo dan pie a fallecimientos
temporales, como cuando éramos
niños y pensábamos que las ocho
horas de sueño eran morir para renacer.
Las cuatro paredes respiran
y el extractor carbura. Los insectos
pululan y los olores impregnan
maderas y logos de diseño. Esa
existencia de la nada es una de las
grandes bases poéticas del universo
al marcar un grado diferencial
muy potente entre interior y exterior
desde una tenebrosa premisa
que la leyenda ama romper para
activar nuestra fantasía; de otro
modo es imposible entender las
maledicencias que tantos arrojan
sobre el tramo comprendido entre
Drassanes y el obelisco de la Diagonal.
Los sótanos de Barcelona,
pues antes la burguesía prefería el
entresuelo al ático, como territorio
de orgías y depravación, sexo de
lujo y refinamientos erótico-festivos.
Este ejemplo es un botón del
traje, plagado de recovecos porque
cada habitación contiene en su
esencia el don de la posibilidad. Lo
bueno de sus barreras prohibidas
es constatar que la ciudad siempre
será una balsa de imaginación
donde navegar y perderse, porque
por mucho que crezcamos debemos
mantener la inocencia que
nos permite ser malvados.
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Dibuixos: Nil Bartolozzi // bartolozzinil.blogspot.com
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