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Todo Virgilio tiene su Dante, Isabel
como Fernando. El paseo de hoy,
como toda historia que se precie,
nace de causas y fenece en consecuencias,
bonito pueblo. En enero
de 2005 clausuró sus puertas la
mítica Sal de Gràcia, extraña discoteca
donde era posible ligar sin
jugar a miraditas pierde tiempo.
Hablábamos, reíamos y, en ocasiones,
dormíamos acompañados. Lo
confieso, tuve que buscarme la vida
a partir de las tres de la madrugada.
Cerraban los bares y vagaba como
alma en pena. Tal era la desesperación
de mi grupo que llegamos a ir
durante medio año al Martins para
engañar a su portero y jugar al
bingo entre osos y travestis. Aquello
pasó y entrar en Casa Fuster
era un imposible. Ni modernos ni
modernistas. Descubrimos bares
clandestinos, puertas temporales
que siempre cierran y evitan asomarse
a la nocturnidad del martes,
luna condenada por lo estricto del
calendario que salvábamos en garajes
herméticos, demasiado caros
para nuestro precario bolsillo.
Hace poco constatamos que el frío
vence a la plaza y a cualquier pakistaní
que se precie. Su deserción nos
obligaba a realizar un esfuerzo
mental. José Luis, ese ser, encontró
la solución por don de experiencia
y resolución que le convierte en el
mejor escritor ágrafo de España, ña
ña ña. Chicos, conozco tres bares
en el Ensanche, abren hasta las
seis. Calles vacías con focos de observación
ocultaban cámaras. Dejamos
atrás el sex shop de Córcega.
El obelisco del cinco de oros es un
símbolo fálico monárquico. La
Diagonal suele ser aburrida porque
la línea recta es una imposición,
por eso conviene tomarla
como simple referencia orientativa
y perderse en sus arterias adyacentes.
La soledad con agua mojada
del servicio municipal de limpieza
es una burla de mal gusto. Pasas
horas en un bar e ignoras si el líquido
elemento es lluvia o limpieza. Da
igual. Discutimos en Séneca sobre
la ubicación exacta de la librería
Europa, pozo de fascistas y analfabetos
aficionados a la maquinilla
eléctrica. Las rejas de los negocios,
plagadas de grafitis que contribuían
a resaltar la irrealidad del
momento, instalaron la duda. José
Luis insistía y esgrimía hallarse en
el sitio exacto. Callamos y proseguimos.
Rebajas en Balmes. Caballero,
compre esa americana. 600
euros al 50%, casi como las multas
municipales. Un ruido lejano
advertía discotecas. El maestro nos
obligó a ascender hacia Tuset, antiguo
refugio de aquellos que en la
actualidad dominan el panorama y
proclaman que los años setenta
dieron el gran empujón a la
creación barcelonesa. Si me aposento
en un sofá dorado también
lo diré, mientras tanto me conformaré
con contaros cómo fatigamos
la leve cuesta y alcanzamos el
objetivo con gran estupor ante lo
desconocido.
Es aquí. Mi idea de Tuset Street
es más bien pobre. Pensé que José
Luis quería gastarnos una broma y
llevarnos al bar burgués que lleva
su nombre. De eso nada, monada.
Una larga entrada beige y un pasillo
infinito, no man’s land serpentino
encasillado entre grises construcciones,
rotundo contraste de oficina
y vicio, movimiento matutino para
el rascacielos y eternidad temporal,
y ahora entenderán su intríngulis,
con focos amarillentos e hilo sonoro
de David Lynch. La claustrofobia
de ese espacio de la nada en medio
del todo se genera mediante pequeños
detalles como el brillo de
sus muros, limpios como los chorros
del oro, de esa higiene que duele
por sus destellos. Además, la forma
del recinto no estable, es como si el
arquitecto hubiese fumado mucho
pensando en irregularidades capaces
de albergar el universo en un
santiamén. Sí amigos, lo que sigue
es verdad y lo declaro Alice in
Wonderland en mano. Ausencia de
cartel inicial. Vitrinas con maniquíes
decapitados vestidos de novia
con rojo pasión. La música inquieta.
La parte central está invadida por
fotos en blanco y negro de coches
paleolíticos, bello preludio de un
mastodóntico parking escondido
en una esquina. Accedemos al
depósito automovilístico y deambulamos
entre marcas y el cemento
numerado. Lo etílico hace retumbar
nuestros pasos. Nos disparamos
again hacia la travesía, intuimos su
final, giramos a la izquierda, oteamos
tiendas de ropa hortera y se
nos aparece la virgen de la reminiscencia
proustiana. Siempre me
gustaron los periódicos deportivos.
Cuando era pequeño los devoraba
de cabo a rabo y siempre hasta llegar
a los anuncios eróticos. Sauna
Yuma. Veinte años nos contemplan.
El papel adquirió vida en partículas
de segundo. La casa de putas
más famosa de mi infancia es un
disparate felliniano con tonos rojos,
cuadrados discordes y olor años
veinte, película expresionista parapetada
en un ángulo muerto del
que sólo puedes escapar dando
marcha atrás, coitus interruptus
con destino al Mercadona que
aterriza en la Oda a la Pàtria.
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Dibuixos: Nil Bartolozzi // bartolozzinil.blogspot.com
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