 |
 |
|
Arroz Negro |
Una bota de postre
by María Zaragoza
No existen categorías que encuadren
la huída con mesura, que puedan
definir este correr hacia delante,
este alejarse de las amenazas que
nosotros mismos hemos conseguido
crear sin siquiera hablar el mismo
idioma, olvidando que abandoné a
mi marido en la luna de miel por
quedarme contigo, ese hombre que
se encorva y habla de quemar
coches y alzar el fuego por encima
de los edificios de papel que hemos
construido los hombres para fugarnos
de nuestra ansiedad y nuestra
locura tan ambigua como egocéntrica
y hermosa. No te conocía de
nada. No hablo francés, sólo te
interpreto. No me importa nada si
me hablas de ver una película juntos
y yo pienso que me estás hablando
del tiempo y, sin embargo, me llevas
de la mano al cine a ver À bout de
souffle y creo que me estás ofreciendo
una bota incendiaria de postre,
como todo lo incendias y no me
importa. Pero al final de la escapada
de esa película todo queda en una
mueca grotesca, el amor se desborda
hasta no existir y tú sonreías pero yo
no comprendí nada porque no
hablo tu idioma, o quizá sí, quizá lo
entendí mejor que tú precisamente
porque no lo hablo. Y es por eso que
no me gustó lo que esa bota incendiada
tenía que contarme.
De camino a tu casa, cuando yo
ya había olvidado que quizá me casé
hace dos meses con un hombre que
ya no recuerdo, prendes fuego a los
coches que encontramos y orinas
sobre la puerta del Víctor Hugo. Te
ríes como una bestia salvaje y yo
encuentro que lo único que faltaría
para que fuese perfecto es que encontrase
la destrucción tan hermosa
como tú la encuentras, porque yo
no lo hago. Me atrae, no puedo
evitarlo, estoy condenada a que me
atraiga esta forma tan tuya de hacer
arder los castillos de naipes del ser
humano, de pintar en sus paredes y
escupir a los policías que pasean tan
tranquilos por la orilla del Sena, tú,
tan absurdo y perfecto gracias a la
aleatoriedad de tus actos vandálicos
que no distinguen entre clases
sociales ni se inclinan ante ningún
intocable, lanzando un hermoso
lapo dorado desde le pont neuf y yo
me descubro corriendo para que no
nos metan en el calabozo y estropeen
esta huída perfecta y absurda
que tan sólo ha dado comienzo. Nos
detenemos casi sin respiración,
estás hermoso y colorado por la prisa.
Quizá es que ha empezado a llover
pero a mí me parece que tienes la
boca llena de agua y es por eso que
me apetece guiñar los ojos y pensar
en la música de Boris Vian que
bailaba en Madrid antes de saber
que acabaría en este portal, escondida
de la policía francesa, así que
pregunto sin más qué significa Je
bois como si tú me pudieras entender,
como si hablases mi idioma,
bueno que puede que mi idioma lo
hables pero no es el español, por
supuesto, sino el otro, y dices baise
moi y, como no, yo pienso que me
estás pidiendo un beso cuando lo
que quieres es otra cosa que pronto
descubro con los ojos abiertos como
pájaros. Definitivamente tienes la
boca llena de agua, pero es la mía,
que se desborda para apagar los
fuegos que has ido encendiendo por
París, tu hogar, ese lugar donde soy
una desplazada, una turista en tus
brazos, una fugitiva que te sigue a
donde quieras ir a morir haciendo
caras burlonas para convertir en un
chiste mi existencia completa y lo
absurdo de que abandonase todo
para unirme a un pirómano con el
que no me entiendo ni en su lengua
ni en la mía. Pero no importa, estoy
corriendo calle abajo esperando
que me ofrezcas una bota de postre,
aunque sea en la cara.
Sí, es posible que esté preparada
para recibirla, es muy probable que
intente acotar la huida por île Sant
Louis porque temo escuchar los
disparos, que me llames dégueulasse
y yo sólo sepa en el fondo del corazón
qué significa esa palabra, como si te
mirases en un espejo para decírmelo
y fuese tan necesario que todo no
acabase así porque hemos tenido la
suerte de encontrarnos.
Vivo en el Barrio Chino
by Rebeca Yanke
Por alguna razón que desconozco
la fruta la compro en la tienda de la
señora de Ecuador. La señora me
cuenta que su hijo mayor se ha
separado, que la mujer de él le
pone demasiado pronto problemas
para ver al niño. La señora me
dice: “Volví a ver al hombre con el
que me veía, pero que no me gusta,
ésas no son maneras”. Me suele
cobrar lo que compro uno de sus
tres hijos, no tiene más de quince
años, seguro. Le gusta escuchar
salsa, o algo parecido. Incluso
baila. A veces yo le digo: “Quiero
un aguacate, uno que me pueda
comer ahora mismo”. Y él lo elige
por mí. Otras veces me regala dos
tomates, dice que va bien hacerse
una ensalada con ellos, así con el
aguacate. También anda por ahí un
señor que es bizco. No sé si es hermano,
tío o recogido. Recuerdo que
en Nochevieja tenían una fiesta en
la tienda. Supongo que todo es más
caro ahí que en cualquier otro
lugar, pero es la que tengo cerca.
Aún más cerca está la tienda de la
alta señorita china con acento
inmaculado. Habla español. Hoy le
vi leyendo prensa china. Me permití
el lujo de tocar el papel de ese
periódico. Creo que quería saber si
por alguna razón era distinto al que
conozco. Me dijo que había alcanzado
la asombrosa suma de 100
euros en su tienda. 100 euros en
ocho meses, y me regaló una botella
de aceite de oliva. Eso me tocó. Y
luego pasé por el restaurante coreano.
Porque quería comer fideos.
Porque a las seis de la tarde ahí no
hay nadie. Sólo la señora menuda y
sonriente con su camiseta amarilla
y su mandil verde. Y su sonrisa y su
silencio. Hoy veía gimnasia rítmica.
Por primera vez me dijo algo por
propia iniciativa, fue: “Ella es coreana.
La gimnasta”. Era una chica
guapísima y, al parecer, según esa
magnífica voz que siempre acompaña
las retransmisiones de gimnasia
y patinaje en este país, era la
mejor. Yo también me siento mejor
después de haber visitado otros
mundos durante un rato.
 |
|
 |