BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 83 | February 11, 2010

Reunit virtualment el comitè d’Arroz Negro, format per Sergi Bellver, Albert Lladó i Jordi Corominas i Julián, ha decidit proclamar guanyadores ex-aequo la María Dolores García Pastor i la Roxana Popelka pels relats “La rara” i “Una señora bien”.

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COLUMNS

Boomtown Cogs
Raúl Muniente Sariñena




Onda Sonora
Neill Higgins




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Se Fue al Otro Barrio
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7 Segundos
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La Fatxa
Isolda Dosrius Déulafeu




La Cuina Guarra
Tiffany Carter




Chispa Ibérica
Judith Alarcón Bardera




Artist Testing
El Staff




Arroz Negro
El Públic




La Plaça de Sant Jaume
Judit Ortiz Cardona




Afrodisio Aguado
Don Jeremy




Made in Barna
Vera Ciria

Arroz Negro

La rara

by María Dolores García Pastor

Siempre he sido un poco rara, esa al menos es la opinión general. Y cuando digo general me refiero a mis padres y hermanos, a mis amigos y novios o amantes y a un montón de gente más que comparte o ha compartido conmigo palabras, momentos y en ocasiones hasta fluidos.

Las causas podrían ser muchas y muy variadas pero nada que ver con que de pequeña fuera disléxica ni con que tuviera un canario epiléptico o un novio daltónico ni con que hubiera estado casada con un hemofílico. Tampoco es por mi manera de vestir ni porque lleve el pelo de colores ni porque sea budista y vegetariana. Si siempre me han considerado una chica rara es porque leo. Lo juro, no miento. En casa no había libros y mis amigos siempre me disculpaban ante los suyos diciendo en voz baja y como si fuera un pecado: “No, es que ella lee mucho”.

Es por eso que el día del santo de mi madre nadie se extrañó cuando me presenté a comer acompañada de Miguel de Cervantes. No les extrañó, en primer lugar, porque yo soy la rara pero también porque ellos no leen. El único que tuvo un conato de suspicacia fue mi cuñado Paco, “¿El de los premios?”, preguntó. Pero enseguida mi hermana le quitó la idea de la cabeza, “Sí, hombre, ¿tú estás tonto? No ves que ese vive en Madrid”. Y se quedó tan ancha.

Cuando Miguel y yo llegamos no pararon de oírse risitas y comentarios maliciosos. Nadie pasó por alto que mi amigo era manco; tampoco su peculiar manera de expresarse o vestirse. Miguel no se privó de ponerse sus ajustadísimas calzas de paño ni su jubón escarlata, y en casa le tomaron por miembro de una tribu urbana: que si punky que si new romantic, no se ponían de acuerdo. Comimos, conversamos y fluía la felicidad porque todos en casa creían que al fin iban a casar a la rarita de la niña.

Pandilla de ingenuos. Lo mío con Miguel es del todo platónico. Empezamos a vernos la noche de la presentación de mi primer libro. Me encanta el chocolate, pero ese día me di un atracón a causa de mi absoluta felicidad y de mi extrema necesidad de compartir con alguien mis sentimientos y me precipité en una vorágine de after eigth, marrón glacé y trufas. Lo que vino después no es muy difícil de imaginar.

El sofocón posterior me llevó al jardín que hay en mi zona comunitaria. Y allí estaba él. Me extrañó encontrar a alguien en aquel lugar a esas horas. Tampoco tenía constancia de que aquel tipo fuera uno de mis vecinos. Aun así, y como además de rara soy educada, le saludé. Con su verborrea Miguel me agasajó con mil cumplidos. Me dijo que había leído mi novela y le había gustado mucho. “Coño, un fan”, pensé. Hasta que al ponernos bajo la farola que hay al lado de la acacia me fijé en cómo iba vestido. Bajo su capa pude ver sus calzas y su jubón. Casi me da un pasmo.

Miguel me pidió que le dedicara el libro. Y yo era incapaz de reaccionar. Al final le puse unas palabras impersonales y sosas: “Para Miguel con cariño y un fuerte abrazo de letras”. Todavía me sobresalto recordando que el gran Miguel de Cervantes me pidió esa noche que le firmara mi libro. Rara, sí, muy rara pero Cervantes se había leído mi novela y le había gustado tanto que se había presentado en mi casa para pedirme una dedicatoria. No negaré que por un momento llegué a pensar que todo había sido una alucinación por la excesiva ingesta de cacao. Sin embargo, cuando el día del santo de mi madre Miguel me acompañó a casa y aguantó estoicamente el taladro de mi familia supe que más que rara también era una chica afortunada. En mi mundo de letras y libros había lugar para la amistad. Y así yo no juzgo el aspecto de mi amigo ni su edad y tampoco hago referencia al hecho de que Miguel está muerto. A cambio, él jamás dirá que yo le parezco rara. Es perfecto.

Una señora bien

by Roxana Popelka

Carmen, de 37 años termina de extenderse la crema hidratante por todo el cuerpo. Le gustaría parecer bella como Jean Fonda, aunque sea una vulgar mujer de clase media barata con aspiraciones truncadas. Ya en el internado anhelaba convertirse en miembro numerario de la alta burguesía. Pero la realidad le deparó un marido comercial dedicado los cinco días de la semana a la venta de productos farmacéuticos: viajante por las provincias de Castilla y León que conoce al dedillo, al igual que los clubes de alterne que frecuentaba, ahora precintados por orden judicial. Aunque Carmen, su mujer, de esto no sabe nada. Mejor, ya tiene demasiados problemas cotidianos con la asistenta y con los niños de colegio concertado, de uniforme devaluado por la baja calidad del paño de sus pantalones, y ese color azul oscuro rancio que mantienen las dominicas desde el descubrimiento de América.

Hoy es un día normal para Carmen. Se levanta a las 8:30 y después de la ducha se aplica crema para pieles normales en su baño azulejado en tonos pastel, adosado a la habitación matrimonial. Sus hijos de 7 y 5 años desayunan en la cocina. Se están tirando migas de pan por debajo de la mesa y escupiendo cereales al chocolate. Los cereales caen al suelo. Viene Consuelo y los recoge. La asistenta de Carmen se agacha sin decir ni pío, y junta uno a uno los cereales que tiran los hijos maleducados de colegio concertado, donde aprenden a rezar el padrenuestro – de memoria–, que canturrean ante las monjas solitarias que cuelgan sus bragas blancas en el tendal, al anochecer, para que nadie las vea. Y piden una ayuda económica una vez al mes en concepto de obras de caridad para después adoctrinar a su antojo. Aunque Carmen y sus amigas se sienten orgullosas de mandar a sus hijos al concertado, con los uniformes bien limpios y planchados por asistentas procedentes de Colombia o de Ecuador, que llaman a sus hijos una vez a la semana desde locutorios que llevan el nombre de Amazonas o Paraná, y guardan las fotografías de sus familiares en monederos cuadrados forrados en piel de imitación, y se reúnen los domingos en parques y jardines del extrarradio de la ciudad donde se citan con sus compatriotas, y hablan de las horas extras y de las puñeteras manías de las señoras bien para las que trabajan, como frotar los calcetines a mano antes de meterlos en la lavadora, o fregar el parquet con vinagre y limón, al menos dos veces a la semana.

Pero Carmen, no nos engañemos, no es feliz, percibe que su vida es una auténtica mierda, aunque disponga de una visa oro, o de un Mazda MX – 5 Roadster Coupé descapotable para ir a Mercadona. Siente un vacío existencial incapaz de llenar ni siquiera con sus clases de pintura de los martes por la tarde, y a veces, como ahora, se deja llevar por un sueño inútil, por un sueño inalcanzable: convertirse en una artista comparable a Frida Khalo. Y cuando sus hijos están en el concertado y Consuelo tiene el día libre, Carmen hojea el diario de la artista editado por el Círculo de Lectores y piensa en el aparatoso accidente sufrido por Frida Khalo que le rompió el cuello, las costillas, la columna vertebral y la pelvis, y comprende que el dolor es algo que no se puede compartir.

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