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Arroz Negro |
La Tercera Ley de Newton-John
by Hugo Izarra
Llegamos a casa al amanecer, con las primeras
luces, bajo la fina lluvia de septiembre.
Lorraine llevaba el pelo recogido y había azucenas
en el alféizar. Ella hizo lo posible por
pasar por alto este detalle, pero yo sabía que
David Wittgenstein estaba detrás de todo
aquello.
Fue su patológica insistencia por recobrar
a mi esposa la razón por la que decidí inscribirnos
a los dos en las Jornadas Por El Amor
Perpetuo y La Plenitud Conyugal En La Edad
Madura. Lo hice movido por la angustia de
perderla y también por mi inquebrantable fe
en el matrimonio. Lorraine sólo aceptó venir
porque admiraba a Olivia Newton-John y ella
oficiaba las ceremonias, era la Suma Sacerdotisa
de Baato.
—Deja esas flores ahí, Lorraine —le advertí,
poniendo en práctica los consejos del Grupo.
—Frank, maldita sea... Aparca tu paranoia
un rato —respondió ella, desoyendo cualquier
enseñanza.
—Estoy intentando ser razonable —le
dije—. Si aceptas ese ramo, estás introduciendo
la semilla de la perdición en nuestras
vidas, Lorraine.
—¡Es un jodido ramo de flores, Frank! ¡No
pienso dejarlo pudrirse en la ventana!
—Tíralo. Sé valiente, Lorraine. Afronta el
trance. Tienes que dar este paso.
—¡Maldito demente de los cojones!
Estábamos mejorando. En los últimos
días la había notado fría y distante. Al menos,
ahora era capaz de provocar cierta tensión
entre ambos. Indudablemente, las Leyes de
Newton-John comenzaban a operar en nosotros,
a bucear en nuestro conflicto, como
decía la Madre Olivia.
La Primera Ley de Newton-John es, precisamente,
ésa: “Bucear en el conflicto”. Era
evidente que íbamos por el buen camino. La
profundidad del conflicto no escapaba, a
aquella altura, a ninguno de los dos.
La Segunda Ley de Newton-John aconseja
“sentarse a hablarlo”. Un planteamiento contundente
y lógico. Fue ése mi siguiente paso:
luchar por que la lógica se impusiese y salvar,
de este modo, nuestro matrimonio. La senté
en el sofá del salón y la forcé para que soltase
el maldito ramo de azucenas, la representación
material y última de nuestra desgracia.
—¡Jodido loco! —gritaba Lorraine—. ¡Deja
mis flores en paz!
Qué equivocada estaba. No había aprendido
nada de Baato. Nada de disciplina interior,
ni de amor dosificado, ni de vínculos de
luz. Joder, ella sólo iba allí porque Grease era
su musical favorito. Qué lástima me daba.
Pero yo sí me había aplicado en las Sagradas
Enseñanzas de Baato. Y conocía a la perfección
la Tercera Ley de Newton-John, la
que dice: “Alejar la semilla del mal”. Y eso fue
lo que hice. En vista de que Lorraine no transigía
en deshacerse del condenado ramo, decidí
ir directamente a por Wittgenstein, el
destructor de hogares, el germinador de la
semilla de nuestro fracaso matrimonial.
Fui hasta el Starbucks donde trabajaba y le
esperé en el coche. Eran las siete y aún estaba
cerrado. Mientras acariciaba mi 32 mm, recordé
la Cuarta Ley de Newton-John. La
Cuarta Ley dice: “Celebrar el amor”.
Celebrar el amor, me repetí. Y me imaginé
los sesos de Wittgenstein estampados contra
la persiana metálica.
Hugo Izarra nació en Vigo en 1980 y estudió
Ciencias de la Comunicación en Madrid. Se dedicó
al periodismo social y cultural durante unos años.
En la actualidad, compagina la literatura con su
trabajo como redactor en un gabinete de comunicación.
Es autor de los poemarios Gominolas para los
patos, Ruinas incompletas, Manual de primeros
exilios, Eyacula, que algo queda y La soledad es
una puta con dientes de oro, además de la novela
inédita Prohibido tirar de la anilla.hugoizarra.blogspot.com
El Grajo
by Esther Rodríguez Cabrales
Nadie lo diría, y es que la gente es ciega en el
infierno. ¿Cómo si no el perpetuo caminar en
círculos? Pero yo vi muy bien al ángel de la
perversión. Debía llevar mi primera ronda del
centenar de vueltas cuando me dijo muy claramente:
“¿Quieres volver a verla?”. No pude
negarme. Era tanto el deseo y se hacía tan larga
la espera...
Para qué decir que las opciones eran grotescas
como ser rata, cucaracha, araña o simplemente
las mondas de una patata o una
piedra áspera. La menos perniciosa era adoptar
la forma del grajo. Se me hacía la boca
agua al pensar que volvería a verla después de
muerto. Ella que siempre ha sentido devoción
por las aves. Me acogería entre sus sabrosos
muslos y acariciaría mi plumaje. Yo
me despertaría por dentro arrebujándome
entre su carne. ¡Qué delicia!
El precio... bajar un par de niveles en el infierno.
Volé algo torpe a través del cielo atardecido.
Qué azul era el azul. Qué puro se veía todo
después de pernoctar en el infierno. A lo lejos
divisé su ventana. Estaba abierta de par en
par. Volé renacido y espoleado por mi deseo.
Ella canturreaba coplas mientras barría el
suelo de la casa. Me apoyé en la barandilla y
retuve ese olor a lilas que desprendían sus pechos.
Me armé de valor y le dije: “Graj graj
graj”. Estaba preciosa, exuberante, tremendamente
bella y me alegré cuando vi que no estaba
vestida de luto. Pero algo insólito sucedió
entonces. Ella se giró de golpe y al verme
zarandeó la escoba para echarme de la barandilla.
“¡Pajarraco!”, me gritaba con los ojos
locos. ¡A mí, que tanto la he amado! Pude meterme
en la casa para evitar los golpes, pero
ella continuaba con sus aspavientos mortales.
Yo le intentaba explicar, pero sólo se oía el graj
graj extranjero saliendo de aquel pequeño
cuerpo que me representaba. La escoba iba y
venía con furia. En varias ocasiones me golpeó
y me dejó aturdido. Yo batía mis alas frenéticamente
y tuve que agarrarme con el pico
en los visillos que vestían la ventana, pero ella
no cejaba en su empeño de expulsarme de su
vida.
Descolgó los visillos y los sacudió a la calle.
C
a
í como caen las piedras a un jardín, sin
apenas hacer ruido. Triste y malherido volvía
mi oscuro hogar, un par de plantas más abajo
y comencé una nueva ronda de perpetuos
círculos ciegos.
Esther Rodríguez Cabrales (Madrid, 1973).
Soñadora desde que nació. No hay día que no
escriba, a escondidas, en su cárcel-burócrata donde
trabaja desde hace siglos valorando fondos de
inversión. Hace un tiempo creó un blog llamado
Horizontes y fantasmas en donde publica esos
textos que surgen clandestinamente entre asientos
contables. Es asidua de la Fundación José Hierro, su
útero literario, al que acude para leer sus textos sin
sentirse culpable. Siempre que puede intenta
participar en los recitales que la fundación
organiza. No ha publicado ningún libro, aunque
cree que hasta los sesenta años tiene tiempo para
hacerlo. Sin embargo, ella escribe y actualmente
trabaja en una novela corta. Cuenta con un
poemario y hasta un poemario infantil que algún
día ilustrará ella misma, aunque una de sus
pasiones son los cuentos. Estudiante tardía de
Filología hispánica y madre de un endiablado
ángel al que considera su más exigente lector.www.diariodeesther.blogspot.com
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