BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 79 | October 15, 2009

Reunit virtualment el comitè d’Arroz Negro, format per Sergi Bellver, Albert Lladó i Jordi Corominas i Julián, ha decidit proclamar guanyador a Hugo Izarra pel relat “La Tercera Ley de Newton-John” i atorgar l’accèsit a Esther Rodríguez Cabrales per “El grajo”.

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La Tercera Ley de Newton-John

by Hugo Izarra

Llegamos a casa al amanecer, con las primeras luces, bajo la fina lluvia de septiembre. Lorraine llevaba el pelo recogido y había azucenas en el alféizar. Ella hizo lo posible por pasar por alto este detalle, pero yo sabía que David Wittgenstein estaba detrás de todo aquello.

Fue su patológica insistencia por recobrar a mi esposa la razón por la que decidí inscribirnos a los dos en las Jornadas Por El Amor Perpetuo y La Plenitud Conyugal En La Edad Madura. Lo hice movido por la angustia de perderla y también por mi inquebrantable fe en el matrimonio. Lorraine sólo aceptó venir porque admiraba a Olivia Newton-John y ella oficiaba las ceremonias, era la Suma Sacerdotisa de Baato.

—Deja esas flores ahí, Lorraine —le advertí, poniendo en práctica los consejos del Grupo.

—Frank, maldita sea... Aparca tu paranoia un rato —respondió ella, desoyendo cualquier enseñanza.

—Estoy intentando ser razonable —le dije—. Si aceptas ese ramo, estás introduciendo la semilla de la perdición en nuestras vidas, Lorraine.

—¡Es un jodido ramo de flores, Frank! ¡No pienso dejarlo pudrirse en la ventana!

—Tíralo. Sé valiente, Lorraine. Afronta el trance. Tienes que dar este paso.

—¡Maldito demente de los cojones!

Estábamos mejorando. En los últimos días la había notado fría y distante. Al menos, ahora era capaz de provocar cierta tensión entre ambos. Indudablemente, las Leyes de Newton-John comenzaban a operar en nosotros, a bucear en nuestro conflicto, como decía la Madre Olivia.

La Primera Ley de Newton-John es, precisamente, ésa: “Bucear en el conflicto”. Era evidente que íbamos por el buen camino. La profundidad del conflicto no escapaba, a aquella altura, a ninguno de los dos.

La Segunda Ley de Newton-John aconseja “sentarse a hablarlo”. Un planteamiento contundente y lógico. Fue ése mi siguiente paso: luchar por que la lógica se impusiese y salvar, de este modo, nuestro matrimonio. La senté en el sofá del salón y la forcé para que soltase el maldito ramo de azucenas, la representación material y última de nuestra desgracia.

—¡Jodido loco! —gritaba Lorraine—. ¡Deja mis flores en paz!

Qué equivocada estaba. No había aprendido nada de Baato. Nada de disciplina interior, ni de amor dosificado, ni de vínculos de luz. Joder, ella sólo iba allí porque Grease era su musical favorito. Qué lástima me daba.

Pero yo sí me había aplicado en las Sagradas Enseñanzas de Baato. Y conocía a la perfección la Tercera Ley de Newton-John, la que dice: “Alejar la semilla del mal”. Y eso fue lo que hice. En vista de que Lorraine no transigía en deshacerse del condenado ramo, decidí ir directamente a por Wittgenstein, el destructor de hogares, el germinador de la semilla de nuestro fracaso matrimonial.

Fui hasta el Starbucks donde trabajaba y le esperé en el coche. Eran las siete y aún estaba cerrado. Mientras acariciaba mi 32 mm, recordé la Cuarta Ley de Newton-John. La Cuarta Ley dice: “Celebrar el amor”.

Celebrar el amor, me repetí. Y me imaginé los sesos de Wittgenstein estampados contra la persiana metálica.

Hugo Izarra nació en Vigo en 1980 y estudió Ciencias de la Comunicación en Madrid. Se dedicó al periodismo social y cultural durante unos años. En la actualidad, compagina la literatura con su trabajo como redactor en un gabinete de comunicación. Es autor de los poemarios Gominolas para los patos, Ruinas incompletas, Manual de primeros exilios, Eyacula, que algo queda y La soledad es una puta con dientes de oro, además de la novela inédita Prohibido tirar de la anilla.hugoizarra.blogspot.com

El Grajo

by Esther Rodríguez Cabrales

Nadie lo diría, y es que la gente es ciega en el infierno. ¿Cómo si no el perpetuo caminar en círculos? Pero yo vi muy bien al ángel de la perversión. Debía llevar mi primera ronda del centenar de vueltas cuando me dijo muy claramente: “¿Quieres volver a verla?”. No pude negarme. Era tanto el deseo y se hacía tan larga la espera...

Para qué decir que las opciones eran grotescas como ser rata, cucaracha, araña o simplemente las mondas de una patata o una piedra áspera. La menos perniciosa era adoptar la forma del grajo. Se me hacía la boca agua al pensar que volvería a verla después de muerto. Ella que siempre ha sentido devoción por las aves. Me acogería entre sus sabrosos muslos y acariciaría mi plumaje. Yo me despertaría por dentro arrebujándome entre su carne. ¡Qué delicia!

El precio... bajar un par de niveles en el infierno.

Volé algo torpe a través del cielo atardecido. Qué azul era el azul. Qué puro se veía todo después de pernoctar en el infierno. A lo lejos divisé su ventana. Estaba abierta de par en par. Volé renacido y espoleado por mi deseo. Ella canturreaba coplas mientras barría el suelo de la casa. Me apoyé en la barandilla y retuve ese olor a lilas que desprendían sus pechos. Me armé de valor y le dije: “Graj graj graj”. Estaba preciosa, exuberante, tremendamente bella y me alegré cuando vi que no estaba vestida de luto. Pero algo insólito sucedió entonces. Ella se giró de golpe y al verme zarandeó la escoba para echarme de la barandilla. “¡Pajarraco!”, me gritaba con los ojos locos. ¡A mí, que tanto la he amado! Pude meterme en la casa para evitar los golpes, pero ella continuaba con sus aspavientos mortales. Yo le intentaba explicar, pero sólo se oía el graj graj extranjero saliendo de aquel pequeño cuerpo que me representaba. La escoba iba y venía con furia. En varias ocasiones me golpeó y me dejó aturdido. Yo batía mis alas frenéticamente y tuve que agarrarme con el pico en los visillos que vestían la ventana, pero ella no cejaba en su empeño de expulsarme de su vida.

Descolgó los visillos y los sacudió a la calle.

C
a
í como caen las piedras a un jardín, sin apenas hacer ruido. Triste y malherido volvía mi oscuro hogar, un par de plantas más abajo y comencé una nueva ronda de perpetuos círculos ciegos.

Esther Rodríguez Cabrales (Madrid, 1973). Soñadora desde que nació. No hay día que no escriba, a escondidas, en su cárcel-burócrata donde trabaja desde hace siglos valorando fondos de inversión. Hace un tiempo creó un blog llamado Horizontes y fantasmas en donde publica esos textos que surgen clandestinamente entre asientos contables. Es asidua de la Fundación José Hierro, su útero literario, al que acude para leer sus textos sin sentirse culpable. Siempre que puede intenta participar en los recitales que la fundación organiza. No ha publicado ningún libro, aunque cree que hasta los sesenta años tiene tiempo para hacerlo. Sin embargo, ella escribe y actualmente trabaja en una novela corta. Cuenta con un poemario y hasta un poemario infantil que algún día ilustrará ella misma, aunque una de sus pasiones son los cuentos. Estudiante tardía de Filología hispánica y madre de un endiablado ángel al que considera su más exigente lector.www.diariodeesther.blogspot.com

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