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Arroz Negro |
Del revés
by Manuel Sánchez Vicente
“¿Dónde está el semáforo?”, me pregunté
antes de cruzar el paso de cebra de mi calle.
“Se lo ha tragado la tierra”, pensé. Absorto, y
contraviniendo las normas cívicas que me
inculcaron de pequeño, tiré el papel del chicle
al suelo, pero las rayas blancas del paso de
cebra engulleron el envoltorio. Una fuerza
succionadora se tragó a una señora que había
a mi lado, luego desaparecieron los coches
bajo el subsuelo y los chopos de las aceras se
esfumaron uno tras otro con un sonido parecido
a la explosión de una pompa de jabón
gigante. Comencé a correr, pero algo tiró de
mi tobillo hacia abajo y desaparecí bajo el
asfalto. Traspasé la corteza terrestre y vi el
semáforo de mi calle. Corrí boca abajo hasta
él. Intenté pulsar el botón para cruzar el paso
de cebra, pero todo estaba del revés y se me
hizo difícil. Subí las escaleras de mi casa como
pude, haciendo una especie de pino-puente, y
abrí la nevera para beber algo. Intenté echar
un trago de cerveza, pero el líquido se me cayó
al suelo. Después de lamer el charco intenté
dormir algo, pero no fui capaz de encontrar la
postura en el sofá ni de ponerme el pijama, así
que bajé, o no sé si subí, a la calle de nuevo.
Entré en un bar a sacar tabaco (después de
pelearme con el pomo de la puerta), pero se
me cayeron todas las monedas y tuve que
pedir un pitillo. Encender el cigarro en esa posición
fue todo un reto, incluso me quemé el
flequillo con la llama del mechero. Me costó
acostumbrarme a ver las cosas y a la gente del
revés. La vida cotidiana no era fácil, aunque
gracias a mi fuerza de voluntad conseguí
adaptarme. Me eché una novia, y no encontrábamos
la postura adecuada para hacer el
amor hasta que aprendó a hacer el pino. Por
no hablar de mi empleo. Tuve que cambiar mi
trabajo de reponedor en un supermercado
por otro de limpiador de fosas sépticas. Ya me
he acostumbrado a vivir así, pero hoy cuando
iba a cruzar el semáforo de mi calle he notado
una fuerza succionadora que tiraba de mis
muñecas hacia arriba.
Manuel Sánchez Vicente: Periodista y guionista
de televisión, entre las pasiones de este salamantino
figuran el cine, la fotografía, la literatura en
general y los relatos cortos en particular, género
al que dedica parte de su tiempo. Ha ganado
varios premios de cuentos y gracias a uno de ellos
ha publicado el libro de relatos El desguace.
Tres gatos muertos
by Gilda Manso
Aunque no podía explicarlo de una manera
clara, Verónica sabía que si una cosa sucede
una vez, se trata de un hecho aislado; si sucede
dos veces, ya es tendencia. Y los gatos muertos
eran tres.
Habían aparecido en el medio de la calle,
frente a la casa de rejas blancas, la que estaba
al lado del almacén del barrio. Uno el martes,
otro el miércoles, otro el jueves, con la innegable
rigidez de la muerte. Los autos los
esquivaban como podían, hasta que Verónica
reprimía el asco y la pena y los corría hacia la
zanja, mirando de reojo la casa de rejas blancas,
porque Verónica no creía en las casualidades.
En esa casa pasaba algo raro, Verónica lo
percibía. Demasiado silencio siempre, demasiada
quietud. Todos en la cuadra sabían que
la casa estaba habitada por una pareja con
dos hijos pequeños, y nadie sabía nada más.
–¿Y qué se supone que vas a hacer, Verónica?
¿Tocarles el timbre y preguntarles
por los gatos muertos? Ni se te ocurra, ¿me
escuchaste?
El padre de Verónica habló claro y Verónica,
niña obediente, le ofreció un dócil “Sí, papá”,
y luego salió a la vereda, cruzó la calle y no
tocó el timbre de la casa extraña sino que se
trepó a las rejas y saltó al interior con la impunidad
que creía que le otorgaba el tener doce
años, en busca de las respuestas al misterio
de los gatos muertos. Y adentro no halló gatos
muertos ni vivos, pero encontró a los hijos de
los dueños de la casa atados a la cama, quemados,
cortados, y mudos de espanto. Y
encontró un teléfono y llamó a su padre, y le
dijo que llamara a la policía antes de que los
padres de los nenes volvieran del trabajo.
Y mientras la policía y los canales de televisión
se ocupaban del caso del día, Verónica
vio cómo el almacenero, escondido tras el
escudo del tumulto, le agregaba un polvillo
innecesario y por lo tanto sospechoso a un
plato de leche que, instantes después, le ofrecería
a un gato que esperaba con relamida
ansiedad. Entonces Verónica se resignó a ser
heroína no como hecho aislado sino como
tendencia, y llamó a un policía que estaba
cerca suyo, y le dijo que el almacenero era un
asesino de gatos, y que lo que sucede tres
veces sucede cuatro, y que los gatos muertos
eran tres.
Gilda Manso: Es escritora y periodista. Nació en
Buenos Aires, Argentina, en 1983. Se desempeña
como redactora, correctora y cronista en diversos
medios gráficos. Su cuento "Sombras chinescas"
integra la antología Ronda de cuentos (Editorial
Dunken, 2008). Además, publica relatos en las
revistas Letralia y Narrativas.
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