BCN WEEK | Barcelona's Alternative Newsweekly
Vol 1, No 76 | June 18, 2009

Reunit virtualment, el comitè d’Arroz Negro format per Sergi Bellver, Albert Lladó i Jordi Corominas i Julián ha decidit proclamar guanyadors ex aequo a Manuel Sánchez Vicente i Gilda Manso pels relats “Del revés” i “Tres gatos muertos”.

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Del revés

by Manuel Sánchez Vicente

“¿Dónde está el semáforo?”, me pregunté antes de cruzar el paso de cebra de mi calle. “Se lo ha tragado la tierra”, pensé. Absorto, y contraviniendo las normas cívicas que me inculcaron de pequeño, tiré el papel del chicle al suelo, pero las rayas blancas del paso de cebra engulleron el envoltorio. Una fuerza succionadora se tragó a una señora que había a mi lado, luego desaparecieron los coches bajo el subsuelo y los chopos de las aceras se esfumaron uno tras otro con un sonido parecido a la explosión de una pompa de jabón gigante. Comencé a correr, pero algo tiró de mi tobillo hacia abajo y desaparecí bajo el asfalto. Traspasé la corteza terrestre y vi el semáforo de mi calle. Corrí boca abajo hasta él. Intenté pulsar el botón para cruzar el paso de cebra, pero todo estaba del revés y se me hizo difícil. Subí las escaleras de mi casa como pude, haciendo una especie de pino-puente, y abrí la nevera para beber algo. Intenté echar un trago de cerveza, pero el líquido se me cayó al suelo. Después de lamer el charco intenté dormir algo, pero no fui capaz de encontrar la postura en el sofá ni de ponerme el pijama, así que bajé, o no sé si subí, a la calle de nuevo. Entré en un bar a sacar tabaco (después de pelearme con el pomo de la puerta), pero se me cayeron todas las monedas y tuve que pedir un pitillo. Encender el cigarro en esa posición fue todo un reto, incluso me quemé el flequillo con la llama del mechero. Me costó acostumbrarme a ver las cosas y a la gente del revés. La vida cotidiana no era fácil, aunque gracias a mi fuerza de voluntad conseguí adaptarme. Me eché una novia, y no encontrábamos la postura adecuada para hacer el amor hasta que aprendó a hacer el pino. Por no hablar de mi empleo. Tuve que cambiar mi trabajo de reponedor en un supermercado por otro de limpiador de fosas sépticas. Ya me he acostumbrado a vivir así, pero hoy cuando iba a cruzar el semáforo de mi calle he notado una fuerza succionadora que tiraba de mis muñecas hacia arriba.

Manuel Sánchez Vicente: Periodista y guionista de televisión, entre las pasiones de este salamantino figuran el cine, la fotografía, la literatura en general y los relatos cortos en particular, género al que dedica parte de su tiempo. Ha ganado varios premios de cuentos y gracias a uno de ellos ha publicado el libro de relatos El desguace.

Tres gatos muertos

by Gilda Manso

Aunque no podía explicarlo de una manera clara, Verónica sabía que si una cosa sucede una vez, se trata de un hecho aislado; si sucede dos veces, ya es tendencia. Y los gatos muertos eran tres.

Habían aparecido en el medio de la calle, frente a la casa de rejas blancas, la que estaba al lado del almacén del barrio. Uno el martes, otro el miércoles, otro el jueves, con la innegable rigidez de la muerte. Los autos los esquivaban como podían, hasta que Verónica reprimía el asco y la pena y los corría hacia la zanja, mirando de reojo la casa de rejas blancas, porque Verónica no creía en las casualidades.

En esa casa pasaba algo raro, Verónica lo percibía. Demasiado silencio siempre, demasiada quietud. Todos en la cuadra sabían que la casa estaba habitada por una pareja con dos hijos pequeños, y nadie sabía nada más.

–¿Y qué se supone que vas a hacer, Verónica? ¿Tocarles el timbre y preguntarles por los gatos muertos? Ni se te ocurra, ¿me escuchaste?

El padre de Verónica habló claro y Verónica, niña obediente, le ofreció un dócil “Sí, papá”, y luego salió a la vereda, cruzó la calle y no tocó el timbre de la casa extraña sino que se trepó a las rejas y saltó al interior con la impunidad que creía que le otorgaba el tener doce años, en busca de las respuestas al misterio de los gatos muertos. Y adentro no halló gatos muertos ni vivos, pero encontró a los hijos de los dueños de la casa atados a la cama, quemados, cortados, y mudos de espanto. Y encontró un teléfono y llamó a su padre, y le dijo que llamara a la policía antes de que los padres de los nenes volvieran del trabajo.

Y mientras la policía y los canales de televisión se ocupaban del caso del día, Verónica vio cómo el almacenero, escondido tras el escudo del tumulto, le agregaba un polvillo innecesario y por lo tanto sospechoso a un plato de leche que, instantes después, le ofrecería a un gato que esperaba con relamida ansiedad. Entonces Verónica se resignó a ser heroína no como hecho aislado sino como tendencia, y llamó a un policía que estaba cerca suyo, y le dijo que el almacenero era un asesino de gatos, y que lo que sucede tres veces sucede cuatro, y que los gatos muertos eran tres.

Gilda Manso: Es escritora y periodista. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1983. Se desempeña como redactora, correctora y cronista en diversos medios gráficos. Su cuento "Sombras chinescas" integra la antología Ronda de cuentos (Editorial Dunken, 2008). Además, publica relatos en las revistas Letralia y Narrativas.

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